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El tiempo había perdido su flujo uniforme, se había vuelto loco, se lanzaba hacia delante, como una onda expansiva; de repente se congelaba, daba vueltas sobre si mismo como los cuernos de un carnero.

Sin embargo, al final los hombres levantaron la cabeza: el viento había arrastrado el humo y el polvo y flotaba una penumbra confusa. La tierra se apaciguó y aquel rugido continuo y compacto fue espaciándose en explosiones separadas. Un desagradable cansancio se apoderó de sus almas; parecía que hubieran exprimido de su interior todas sus fuerzas vivas para no dejar más que la angustia.

Cuando Klímov se puso en pie, vio a un soldado alemán que yacía a su lado. Allí estaba, cubierto de polvo y maltratado por la guerra, un alemán de pies a cabeza. Klímov no temía a los alemanes, estaba seguro de su propia fuerza, de su asombrosa capacidad para apretar el gatillo, lanzar granadas, asestar un golpe de culata o acuchillar un segundo antes que su adversario.

Pero ahora estaba desconcertado, asombrado ante el pensamiento de que, ensordecido y cegado, se había sentido consolado por la presencia de aquel alemán, cuya mano había confundido con la de Poliakov. Se miraron. Ambos habían sido abatidos por la misma fuerza, y ninguno de los dos se sentía capaz de luchar contra ella; parecía que esa fuerza no protegía a ninguno de los dos, sino que constituía una terrible amenaza para ambos.

Se examinaban en silencio, los dos habitantes de la guerra. El automatismo perfecto e infalible, el instinto de matar que tanto el uno como el otro poseían, no había funcionado.

Poliakov, sentado algo más lejos, miraba también la cara barbuda del alemán. Y aunque no le gustara quedarse callado durante mucho rato, esta vez guardaba silencio.

La vida era terrible. Era como si pudieran comprender, como si cada uno pudiera leer en los ojos del otro que la fuerza que los había empujado a aquel foso y les había hundido la cara en el barro continuaría oprimiéndoles después de la guerra, tanto a los vencedores como a los vencidos.

Como obedeciendo un acuerdo tácito se apresuraron a trepar al exterior del cráter exponiendo la espalda y la nuca a un tiro fácil, pero absolutamente seguros de que aquello no iba a ocurrir.

Poliakov resbaló, pero el alemán que se arrastraba a su lado no le ayudó y el viejo rodó hasta el fondo, renegando y maldiciendo la luz clara, hacia la cual se encaramó con renovada obstinación. Cuando Klímov y el alemán alcanzaron la superficie, los dos se pusieron a mirar uno hacia el este, el otro hacia el oeste-, no fuera a ser que sus jefes hubieran visto que los dos habían salido del mismo agujero sin haberse disparado. Luego, sin volverse, sin ni siquiera un adiós, ambos se dirigieron a sus respectivas trincheras a través de las colinas y los valles recién labrados, todavía humeantes.

Nuestra casa ya no está, la han arrasado -dijo asustado Klímov a Poliakov, que se afanaba en llegar a su lado-. ¿Es posible que os hayan matado a todos, hermanos míos?

En aquel instante los cañones y las metralletas abrieron fuego y la infantería alemana comenzó a avanzar. Las tropas alemanas habían dado inicio a la gran ofensiva. Aquél fue el día más duro de Stalingrado.

– Toda la culpa es de ese maldito de Seriozha -farfulló Poliakov.

Aún no comprendía lo que había pasado, que todos habían muerto en la casa 6/1, los sollozos y las exclamaciones de Klímov le irritaban.

24

Durante el ataque aéreo una bomba golpeó el local subterráneo donde estaba instalado el puesto de mando del batallón y enterró al comandante de regimiento Beriozkin, al comandante de batallón Dirkin y al telefonista, que se encontraban allí en ese momento. Sumidos en una oscuridad espesa, ensordecidos, ahogados por el polvo de ladrillo, Beriozkin en un primer momento pensó que estaba muerto, pero Dirkin, tras un breve momento de silencio, estornudó y preguntó:

– ¿Está vivo, camarada mayor?

– Sí -respondió Beriozkin.

Al oír la voz de su comandante, Dirkin recuperó su buen humor de siempre.

– Entonces, todo está en orden -dijo ahogándose por el humo, tosiendo y escupiendo, aunque a su alrededor no hubiera ningún orden.

Dirkin y el telefonista estaban cubiertos de cascajos y todavía no sabían si tenían algún hueso roto; no podían palparse. Una viga de hierro se combaba sobre sus cabezas y les impedía erguirse, pero era evidente que esa viga les había salvado la vida. Dirkin encendió una linterna. Envueltos en polvo, vieron algo espantoso. Sobre sus cabezas se agolpaban piedras, hierros retorcidos, cemento dilatado cubierto de aceite lubricante, cables rotos. Una sacudida de bomba más y de aquel estrecho refugio no quedaría nada en pie: el hierro y las piedras cederían sobre ellos.

Durante un rato permanecieron en silencio, acurrucados, mientras una fuerza frenética aporreaba contra los talleres.

«Estos talleres -pensó Beriozkin-, incluso muertos trabajan para la defensa: no resulta fácil quebrar cemento y hierro, destrozar un armazón.»

Después auscultaron las paredes, las palparon y comprendieron que no podrían salir por sus propias fuerzas.

El teléfono estaba intacto, pero mudo: el cable había sido cortado.

Apenas podían hablar porque el estruendo de las explosiones cubría sus voces y, a causa del polvo, les asaltaban continuos accesos de tos.

Beriozkin, que el día antes yacía en cama con fiebre alta, ahora no sentía debilidad. En la batalla su fuerza doblegaba a comandantes y oficiales. Pero no se trataba de una fuerza militar y guerrera: era la fuerza sencilla y razonable de un hombre. Pocos eran los que la conservaban y manifestaban en el infierno del combate, y precisamente los hombres que poseían esa fuerza humana, civil, familiar y razonable eran los verdaderos maestros de la guerra.

El bombardeo cesó y los tres hombres atrapados bajo las ruinas oyeron un zumbido metálico. Beriozkin se sonó la nariz, tosió y dijo:

– Aúlla una manada de lobos, los tanques se dirigen a la fábrica de tractores -y añadió-: Nosotros estamos en su camino.

Tal vez porque las cosas no podían ir peor, el comandante de batallón Dirkin entonó entre accesos de tos, con voz alta y alérgica, la canción de una película:

Qué alegría, hermanitos, qué bella es la vida.

Con nuestro jefe no se puede sufrir…

El telefonista pensó que el comandante de batallón había perdido la cabeza; pero, de todos modos, tosiendo y escupiendo, se unió a su canto:

Mi mujer me llorará, pero se volverá a casar.

Se volverá a casar; pronto me olvidará…

Mientras tanto, en la superficie, entre el estruendo del taller, rodeado de humo, polvo y el rugido de los tanques, Glushkov se despellejaba las manos y con los dedos ensangrentados retiraba piedras, trozos de hormigón, doblaba las barras del armazón. Glushkov trabajaba febrilmente, como un loco; sólo la locura podía ayudarle a mover pesadísimas vigas de hierro, a realizar un trabajo para el cual se necesitaría la fuerza de diez hombres,

Beriozkin volvió a ver la luz polvorienta y sucia, mezclada con el fragor de las explosiones, con el rugido de los tanques alemanes, los disparos de los cañones y las ametralladoras. Y sin embargo era la luz del día, suave y clara; y al verla, el primer pensamiento de Beriozkin fue: «Ves, Tamara, no tienes de qué preocuparte, ya te dije que no es nada terrible».

Los brazos firmes y vigorosos de Glushkov le rodearon. Con la voz entrecortada por los sollozos, Dirkin gritó: -Camarada comandante del regimiento, soy el comandante de un batallón muerto.

Hizo un círculo con la mano alrededor. -Vania está muerto. Nuestro Vania está muerto. Señaló el cadáver del comisario del batallón que yacía de costado en un aterciopelado charco de sangre negra y aceite.

En comparación, el puesto de mando del regimiento había sufrido pocos daños; sólo la mesa y la cama habían quedado sepultadas bajo la tierra.

Al ver a Beriozkin, Pivovárov maldijo alegremente y se precipitó hacia él.