«Querida Nadia, querida hija indefensa, ésta es la casa donde naciste.»
El conductor subió una bolsa de comida y un portamantas lleno de ropa de cama; se sentó en una silla y comenzó a liarse un cigarrillo.
Parecía tan preocupado por la cuestión de la vivienda que incluso obsequió a Shtrum con comentarios acerca de las recomendaciones oficiales en materia de higiene y sobre los empleados de la Dirección Regional de la Vivienda que aceptaban sobornos.
De la cocina llegaba ruido de cacerolas.
– Una auténtica ama de casa -dijo el conductor, y le guiñó el ojo a Shtrum.
Shtrum miró otra vez por la ventana.
– Todo en orden -dijo el conductor-. Les daremos una tunda a los alemanes en Stalingrado, la gente volverá en masa de la evacuación y el tema de la vivienda empeorará aún más. Hace poco volvió a la fábrica un obrero que había resultado herido dos veces. Su casa, naturalmente, había sido bombardeada, así que a él y a su familia los instalaron en un sótano insalubre; y su mujer, por supuesto, estaba encinta, y sus dos hijos eran tuberculosos. El sótano se les inundó y el agua les llegaba a la altura de las rodillas. Pusieron tablas sobre los taburetes y así se desplazaban de la cama a la mesa, de la mesa al hornillo. Luego el hombre comenzó a presentar solicitudes. Escribió al comité del Partido, al raikom; escribió incluso a Stalin; pero no obtuvo más que promesas. Una noche cogió a su mujer, sus hijos y sus trastos y se instaló en el cuarto piso que estaba reservado para el soviet del distrito. Una habitación de ocho metros y cuarenta y tres centímetros. ¡Vaya escándalo se armó! Fue llamado por el fiscal, que le dijo que debía desalojar la habitación en veinticuatro horas o le caerían cinco años en un campo y sus hijos serían internados en un orfanato. ¿Qué hizo él? Había recibido condecoraciones en la guerra, de modo que se las clavó en el pecho, en carne viva, y se colgó allí mismo, en el taller, durante la pausa del almuerzo. Los muchachos se dieron cuenta, cortaron la cuerda y la ambulancia se lo llevó a toda prisa al hospital. En un abrir y cerrar de ojos le dieron lo que pedía, antes incluso de que saliera del hospital.
Ha tenido suerte: el espacio es pequeño, pero con todas las comodidades. Le salió bien la jugada.
Cuando el conductor terminó de contar la historia, hizo su entrada Nadia.
– Y si roban el equipaje, ¿quién se hace responsable? -preguntó el conductor.
Nadia se encogió de hombros y dio una vuelta por las habitaciones, soplándose los dedos congelados.
En cuanto Nadia entró en la casa, Shtrum se sintió de nuevo irritado.
– Al menos desabróchate el cuello -le dijo, pero Nadia le dio la espalda y gritó en dirección a la cocina:
– ¡Mamá, me muero de hambre!
Liudmila Nikoláyevna desplegó una energía tan extraordinaria aquel día que Shtrum pensó que, si hubieran dispuesto de semejante fuerza en el frente, los alemanes habrían retrocedido cien kilómetros más desde Moscú.
El fontanero encendió la calefacción; las tuberías se hallaban en buen estado, aunque, a decir verdad, apenas calentaban. Llamar al hombre del gas no fue tarea fácil. Liudmila Nikoláyevna logró hablar por teléfono con el director de la red de gas, que envió a un empleado del servicio de reparaciones. Liudmila Nikoláyevna encendió todos los quemadores, colocó encima las planchas y, aunque la llama era débil, pudieron quitarse los abrigos. Después de los servicios del conductor, el fontanero y el hombre del gas, la bolsa del pan se había aligerado considerablemente.
Hasta bien entrada la noche, Liudmila Nikoláyevna se ocupó de las tareas domésticas. Envolvió la escoba con un trapo y quitó el polvo del techo y las paredes. Limpió la araña, sacó las flores secas a la escalera de servicio, reunió un montón de cachivaches, papeles viejos y trapos; Nadia, refunfuñando, tuvo que bajar tres veces el cubo de la basura.
Liudmila Nikoláyevna lavó toda la vajilla de la cocina y el comedor, y Víktor Pávlovich, bajo sus órdenes, secó los platos, los tenedores y los cuchillos, pero su mujer no le confió el servicio de té. Se puso a hacer la colada en el lavabo, desheló la mantequilla sobre el fuego y seleccionó las patatas que habían traído de Kazán.
Shtrum llamó por teléfono a Sokolov y respondió María Ivánovna.
– He mandado a Piotr Lavréntievich a la cama; estaba cansado del viaje, pero si se trata de un asunto urgente, lo despierto.
– No, no, sólo quería charlar con él -explicó Shtrum.
– Estoy tan contenta -dijo Maria Ivánovna-. Sólo tengo ganas de llorar.
– Venga a vernos -le propuso Shtrum-. ¿Quiere visitarnos esta noche?
– Ni hablar; hoy, imposible -dijo riendo Maria Ivánovna-. ¡Con todo el trabajo que tenemos Liudmila y yo!
Maria le preguntó sobre el racionamiento de la electricidad, las cañerías del agua, y Víktor, inesperadamente brusco, la interrumpió:
– Ahora llamo a Liudmila; ella continuará con usted esta conversación sobre tuberías.
Y enseguida añadió en tono jocoso:
– ¡Qué pena tan grande que no pueda venir! Habríamos leído el poema de Flaubert Max y Maurice.
Pero ella no respondió a la broma.
– La llamaré más tarde -replicó-. Con todo el trabajo que me está dando una sola habitación, me imagino lo que será para Liudmila.
Shtrum comprendió que la había ofendido con su tono grosero. Y de repente deseó estar en Kazán. ¡Qué extraño es el ser humano!
Después Shtrum intentó llamar a los Postóyev, pero su teléfono parecía estar cortado.
Telefoneó a su colega, el doctor en ciencias Gurévich, pero los vecinos le dijeron que se había ido con su hermana a Sokólniki.
Llamó a Chepizhin, pero nadie contestó. De repente sonó el teléfono y una voz de chico preguntó por Nadia, que en ese momento estaba haciendo su enésimo viaje con el cubo de basura.
– ¿De parte de quién? -preguntó Shtrum, severo.
– No tiene importancia, un conocido.
– Vitia, ya has hablado demasiado por teléfono, ayúdame a mover el armario -le llamó Liudmila Nikoláyevna.
– ¿Con quién quieres que hable? Nadie me necesita en Moscú -dijo Shtrum-. Si al menos me dieras algo que llevarme al estómago… Sokolov se ha llenado la panza y se ha ido a dormir ya.
Daba la impresión de que Liudmila sólo había aportado más desorden a la casa: había pilas de ropa por doquier, platos fuera de las estanterías amontonados en el suelo; cacerolas, tinas y sacos impedían el paso por las habitaciones y el pasillo.
Shtrum pensaba que Liudmila tardaría un tiempo en entrar en la habitación de Tolia, pero estaba equivocado. Con los ojos inquietos y las mejillas sonrosadas, Liudmila le dijo:
– Vitia, Víktor, deja el jarrón chino en la habitación de Tolia, sobre la estantería. Lo he lavado.
El teléfono volvió a sonar. Oyó a Nadia responder:
– ¡Hola! No, no había salido. Mi madre me mandó bajar la basura.
Pero Liudmila Nikoláyevna le apremiaba:
– Échame una mano, Vitia, no te duermas, hay mucho que hacer.
¡Qué poderoso instinto anida en el alma femenina!
¡Qué instinto más fuerte y sencillo!
Por la noche el caos había sido vencido, las habitaciones estaban caldeadas y habían comenzado a mostrar el aspecto que tenían antes de la guerra.
Cenaron en la cocina. Liudmila Nikoláyevna horneó algunas tortas secas y cocinó albóndigas de mijo con las gachas preparadas por la tarde.
– ¿Quién te ha llamado? -preguntó Shtrum a su hija.
– Bueno, un chico -respondió Nadia, y se echó a reír-.
Hace cuatro días que me estaba llamando y hoy por fin me ha encontrado.
– ¿Le escribías o qué? ¿Le has avisado de que llegábamos? -preguntó Liudmila Nikoláyevna.
Nadia, irritada, arrugó la frente y se encogió de hombros.
– Yo estaría contento incluso si me telefoneara un perro -dijo Shtrum.