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Shtrum pronunció un discurso sarcástico:

– ¡Dios mío! ¿Qué querrá decir eso? Todo el mundo sabe que a los científicos se les clasifica según diferentes categorías: supremos, grandes, ilustres, eminentes, notables, experimentados, calificados y, por último, viejos.

Dado que los supremos y los grandes no se encuentran entre los vivos, no hace falta darles huevos.

Todos los demás reciben col, sémola y huevos en función de su peso científico. Pero entre nosotros todo se embrolla con otras cuestiones: se tiene en cuenta si uno es activo socialmente, si se dirige un seminario de marxismo, si se está próximo a la dirección. El resultado es un absoluto disparate. El encargado del garaje de la Academia es colocado al mismo nivel que Zelinski: recibe veinticinco huevos. Ayer en el laboratorio de Svechín una mujer encantadora incluso se echó a llorar de la humillación y se negó a ingerir alimentos, como Gandhi.

Nadia, escuchando a su padre, se desternillaba de risa.

– Sabes, papá, es increíble que no te avergüences de zamparte tus costillas delante de las mujeres de la limpieza. La abuela nunca habría hecho eso.

– A cada uno según su trabajo -dijo Liudmila Nikoláyevna-. ¿Lo entiendes? Ése es el principio del socialismo.

– Pamplinas. En la cantina no huele demasiado a socialismo -exclamó Shtrum, y añadió-: De todos modos, me importa un bledo toda esta historia. ¿Sabéis lo que me ha contado hoy Márkov? El personal de nuestro instituto y también los del Instituto de Matemáticas copian a máquina mi obra y se la pasan de mano en mano.

– ¿Como los poemas de Mandelshtam? -preguntó Nadia.

– No te burles -dijo Shtrum-. Los estudiantes de los últimos cursos han solicitado una conferencia especial sobre el tema.

– ¡Vaya! -replicó Nadia-. A ver si tenía razón Alka Postóyeva cuando decía: «Tu papá es todo un genio».

– Bueno -rectificó Víktor-. Estoy lejos de ser un genio.

Se marchó a su habitación, pero no tardó en volver y decirle a su mujer:

– No me saco esa tontería de la cabeza. ¡Darle dos decenas de huevos a Svechín! ¡Qué formas más sorprendentes que tienen de humillar a la gente!

Era vergonzoso, pero a Shtrum le dolía que hubieran colocado a Sokolov en la misma categoría que a él. «Tendrían que haber reconocido mi superioridad, aunque sólo hubiera sido con un huevo adicional. Podrían haber dado catorce a Sokolov, hacer una distinción simbólica».

Intentaba reírse de sí mismo, pero su penosa irritación no se templaba: estar equiparado a Sokolov en la distribución de víveres le ofendía más que la supremacía de Svechín. En el caso de Svechín todo estaba claro: él era miembro del buró del Partido, su ventaja obedecía a cuestiones de orden político. Y eso no le daba ni frío ni calor.

Pero con Sokolov entraba en juego la capacidad científica, sus méritos como investigador. Y a eso sí que no era indiferente. Una sensación de exasperación que nacía en lo más profundo de su alma se apoderó de él. ¡Qué forma tan ridícula y deplorable habían encontrado para valorar a las personas! Pero ¿qué podía hacer si el hombre no era siempre noble y tenía sus momentos de ruindad?

Mientras se acostaba, Shtrum recordó su reciente conversación con Sokolov acerca de Chepizhin y dijo en voz alta, fuera de sí por la ira:

– ¡Homo laqueus!

– ¿De quién hablas? -preguntó Liudmila Nikoláyevna, que estaba leyendo un libro en la cama.

– De Sokolov -dijo Shtrum-. Es un lacayo.

Liudmila puso un dedo en el libro para marcar la página donde se había quedado y sin girar la cabeza hacia su marido dijo:

– Terminarán por echarte del instituto, y todo por tus discursitos ingeniosos. Eres irritante, aleccionas a todo el mundo… Te has enemistado con todos y ya veo que ahora quieres hacer tres cuartos de lo mismo con Sokolov. Pronto nadie pondrá los pies en nuestra casa.

– No, Liuda, querida -se defendió Shtrum-, no te pongas así. ¿Cómo puedo explicártelo? Hay el mismo miedo que antes de la guerra, el miedo ante cada palabra que se pronuncia, la misma impotencia. ¡Chepizhin! Ese sí que es un gran hombre, Liuda. Pensé que el instituto sería pura ebullición, pero la única persona que hizo un comentario compasivo hacia él fue el viejo vigilante. Y luego lo que Postóyev le dijo a Sokolov: «Lo más importante es que usted y yo somos rusos». ¿A qué venía eso?

Deseaba hablar un largo rato con Liudmila, hacerla partícipe de sus pensamientos. Le avergonzaba preocuparse, muy a su pesar, de todas esas historias de la distribución de comida. ¿Por qué? ¿Por qué en Moscú tenía la impresión de haberse vuelto viejo, apagado? ¿Por qué todas esas menudencias del día a día, intereses pequeñoburgueses e historias del servicio se habían vuelto de repente tan importantes? ¿Por qué su vida espiritual en Kazán era más profunda, más pura, más rica? ¿Por qué incluso su trabajo científico, su alegría, se veía empañado por pensamientos ambiciosos y mezquinos?

– Todo es muy difícil; no me encuentro bien. Liuda, ¿por qué no dices nada? Eh, ¿Liuda? ¿Comprendes lo que te digo?

Liudmila Nikoláyevna no contestó. Se había quedado dormida.

Víktor se rió en voz baja. Le parecía cómico que de las dos mujeres que conocían sus problemas una se hubiera dormido y la otra no pegara ojo. Después imaginó el rostro delgado de Maria Ivánovna y le repitió las mismas palabras que hace un momento le había dicho a su mujer:

– ¿Me comprendes, Masha?

«Caramba, qué disparates se me pasan por la cabeza», pensó mientras se dormía.

En efecto, por la cabeza se le había pasado un verdadero disparate.

Shtrum era un inepto para cualquier actividad manual. En casa, cuando la plancha eléctrica se quemaba o saltaba la luz por un cortocircuito, era Liudmila Nikoláyevna quien se ocupaba de las reparaciones.

Durante los primeros años de vida en común con Víktor, a Liudmila le enternecía su torpeza. Pero en los últimos tiempos la desesperaba, y un día que puso la tetera vacía en el fuego exclamó:

– ¿Qué te pasa? ¿Tienes las manos de mantequilla? Eres más tonto que el asa de un cubo.

Luego, mientras instalaban los nuevos aparatos en el laboratorio, aquellas palabras de Liudmila, que tanto le habían irritado y ofendido, le volvían constantemente a la mente.

En el laboratorio reinaban Márkov y Nozdrín. Savostiánov fue el primero en percatarse y dijo en una reunión de producción:

– ¡No hay otro Dios que el profesor Márkov y Nozdrín es su profeta!

La arrogancia y la reticencia de Márkov desaparecieron. Márkov maravillaba a Shtrum por su audacia de pensamiento, por la extrema facilidad con que solucionaba todos los problemas. Shtrum tenía la impresión de que era como un cirujano que, bisturí en mano, operaba entre una red de vasos sanguíneos y centros nerviosos. Parecía que de sus manos naciera un ser inteligente de mente poderosa y penetrante, un nuevo organismo de metal dotado, por primera vez en el mundo, de corazón y sentimientos, capaz de alegrarse y sufrir al mismo nivel que las gentes que lo habían creado.

A Shtrum siempre le había divertido un poco la inquebrantable seguridad de Márkov en su trabajo, convencido de que los instrumentos que creaba con sus manos tenían mayor importancia que las fútiles cuestiones de las que se habían ocupado Buda o Mahoma, o que los libros escritos por Tolstói o Dostoyevski.

¡Tolstói dudaba del valor de su inmenso trabajo como escritor! El genio no estaba convencido de estar creando algo necesario para la gente. Pero los físicos sí lo estaban. Ellos no dudaban. Y Márkov, mucho menos.

Sin embargo, ahora esta seguridad suya no le parecía tan divertida. A Shtrum también le gustaba observar a Nozdrín trabajando con la lima, las pinzas, el destornillador o mientras escogía, con aire pensativo, entre diversas terminaciones de cables para echar una mano a los electricistas que conectaban el circuito eléctrico con los nuevos aparatos.

El suelo estaba cubierto de manojos de cables y hojas de plomo opacas y azuladas. En medio de la sala, sobre una plancha de hierro fundido, se erguía la pieza maestra llegada de los Urales, que se distinguía por sus formas circulares y triangulares perforadas sobre el metal. Qué belleza tan abrumadora e inquietante encerraba aquel bloque de metal que les permitiría estudiar la naturaleza con una perfección fantástica…