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– A los hombres hay que dirigirlos con pulso firme -rebatió Neudóbnov-. No hay que tener miedo de la responsabilidad, es necesario asumirla,

Lopatin cambió de tercio:

– Quien no ha estado en Stalingrado, no sabe qué es la guerra.

– Disculpe -exclamó Maguid-, pero ¿por qué Stalingrado? Nadie puede negar la perseverancia y el heroísmo de sus defensores; sería absurdo. Pero yo, que no he estado en Stalingrado, tengo la presunción de saber qué es la guerra. Soy un oficial de asalto. He participado en tres ofensivas y he roto la línea enemiga, he penetrado en la brecha. La artillería ha demostrado de lo que era capaz. Adelantamos a la infantería, incluso a los tanques y, por si les interesa saberlo, también a la aviación.

– Pero qué dice, coronel -exclamó Nóvikov, furioso-, ¡Todo el mundo sabe que el tanque es el rey de la guerra de maniobras! Eso no se discute siquiera.

– Hay otra posibilidad -dijo Lopatin-. En caso de éxito, uno se lo apropia. Pero si se fracasa, se echa la culpa al vecino.

– Ay, el vecino, el vecino -dijo Morózov-. Una vez el comandante de una unidad de infantería, un general, me pidió que le cubriese abriendo fuego. «Dale, amigo un poco de fuego a aquella altura», me dijo. «¿Que calibre?» le pregunto yo. Él me pone como un trapo y me repite: «Abre fuego, te he dicho, ¡déjate de historias!». Más tarde descubrí que no tenía ni idea de los calibres de las armas, ni del alcance, y que a duras penas sabía orientarse con un mapa. «Dispara, dispara, hijo de puta…», decía. Y a sus subordinados les gritaba: «Adelante, si no os hago saltar losdientes, ¡os mando fusilar!-. Y, por supuesto, estaba convencido de que era un gran estratega. Ése sí que era un buen vecino; os ruego que lo apreciéis y lo compadezcáis. A menudo acabas bajo las órdenes de un hombre así. Después de todo, es un general.

– Me sorprende oírle hablar de ese modo -dijo Neudóbnov-. No hay en las fuerzas armadas soviéticas comandantes así, menos aún generales.

– ¿Cómo que no? -insistió Morózov-, ¡En un año de guerra he conocido a un montón de esa calaña! Maldicen, amenazan con una pistola, mandan irreflexivamente a los hombres bajo fuego enemigo. Por ejemplo, hace poco el comandante de un batallón se me puso prácticamente a llorar: «¿Cómo puedo mandar a mis hombres directamente contra las ametralladoras?». Yo le apoyé: «Es verdad, neutralicemos primero los puntos de resistencia con la artillería». Pero ¿qué creen que hizo el comandante de la división, el general? Le amenazó con un puño y le gritó: «¡O te lanzas al ataque o te mando fusilar como un perro!». Así que llevó a sus hombres al matadero, como ganado. -Sí, sí, a eso se le llama: «Haré lo que me dé la gana y no se atreva a contradecirme» -confirmó Maguid-. Y, por cierto, esos generales no se reproducen por gemación; ponen sus sucias manos sobre las telefonistas.

– Y no saben escribir dos palabras sin hacer cinco faltas -observó Lopatin.

– Bien dicho -corroboró Morózov, que no había oído el último comentario-. Intenta tener piedad con individuos como éstos a tu alrededor. A ellos no les importan sus hombres y en eso reside toda su fuerza.

Nóvikov estaba plenamente de acuerdo con lo que decía Morózov. Durante su vida militar había visto muchos incidentes de ese tipo.

Sin embargo, de repente dijo:

– ¡Tener piedad de los hombres! ¿Cómo cree que puede tener piedad de sus hombres? Si eso es lo que quiere, es mejor que no haga la guerra.

Los jóvenes reclutas que había visto aquel día le habían contrariado profundamente y deseaba hablar de ellos. Pero en lugar de expresar lo que había de bueno en su corazón, Nóvikov repitió con una rabia y una grosería repentinas, que a él mismo le resultaron incomprensibles:

– ¿Cómo va a tener piedad de sus hombres? En la guerra uno no se preocupa de si mismo ni de los demás. Lo que a mí me perturba es que nos envían a novatos que apenas han salido del cascarón, y hay que depositar en sus manos un material precioso. Habría que preguntarse si es de los hombres por los que hay que velar.

Neudóbnov deslizaba la mirada de un interlocutor a otro. Había mandado a la muerte a no pocos hombres de valor, similares a los que estaban sentados a la mesa. A Nóvikov se le pasó por la cabeza que tal vez la desgracia que aguardaba a aquel hombre en el frente no era menor de la que esperaba en primera línea a Morózov, a él misino, a Nóvikov, a Maguid, a Lopatin y a aquellos chicos procedentes del campo que había visto descansando en la calle.

Neudóbnov dijo en tono edificante:

– Eso no es lo que dice el camarada Stalin. El camarada Stalin dice que no hay nada más valioso que los hombres, nuestras tropas. Nuestro capital más valioso son los hombres y hay que cuidarlos como los ojos de la cara.

Nóvikov se dio cuenta de que el resto de los invitados acogía con simpatía las palabras de Neudóbnov y pensó: «¡Qué extraño! Ahora todos me considerarán un bruto y a Neudóbnov un hombre que cuida a sus hombres. Es una lástima que Guétmanov no esté aquí: él es todavía más santo».

Interrumpió a Neudóbnov en un tono extremadamente colérico y violento:

– No nos faltan hombres, tenemos más que suficientes. Lo que no tenemos es material. Cualquier idiota puede traer al mundo a un hombre. Otra cosa es fabricar un tanque o un avión. Si te apiadas de los hombres, no asumas la responsabilidad de mando.

36

El general Yeremenko, comandante en jefe del frente de Stalingrado, había emplazado a Nóvikov, Guétmanov y Neudóbnov.

El día antes Yeremenko había inspeccionado las brigadas, pero no había pasado por el Estado Mayor.

Los tres comandantes convocados estaban sentados y miraban con el rabillo del ojo a Yeremenko mientras se hacían cabalas sobre cuál era el motivo de aquella reunión. -Yeremenko captó la mirada de Guétmanov hacia el catre con la almohada arrugada.

– Me duele mucho la pierna -dijo, y soltó una imprecación, contra el objeto de su dolor.

Todos le miraron fijamente sin decir nada.

– En general, vuestro cuerpo parece bien preparado. Por lo visto habéis aprovechado bien el tiempo.

Mientras pronunciaba estas palabras miró de reojo a Nóvikov, que contrariamente a sus expectativas no irradiaba alegría al oír la aprobación del general.

Yeremenko manifestó cierta sorpresa de que el comandante del cuerpo blindado mostrara una actitud indiferente ante los elogios de un comandante que tenía fama de ser parco en alabanzas.

– Camarada general -dijo Nóvikov-, le he hecho ya un informe sobre las unidades de nuestra aviación de asalto que han bombardeado durante dos días la 137ª Brigada de Tanques concentrada en el sector de los profundos cauces fluviales secos de la estepa, y que formaba parte de la reserva del cuerpo.

Yeremenko, entrecerrando los ojos, se preguntó si Nóvikov quería cubrirse las espaldas, o desacreditar al jefe de la aviación.

Nóvikov frunció el ceño y añadió:

– Por suerte no han alcanzado sus objetivos. Todavía no han aprendido a bombardear.

– No importa -dijo Yeremenko-. Los necesitará más adelante; sabrán reparar su falta.

Guétmanov intervino en el diálogo:

– Por supuesto, camarada general. No tenemos intención, de disputar con la aviación de Stalin.

– Claro, claro, camarada Guétmanov -asintió Yeremenko, y le preguntó-: Bueno, ¿ha visto a Jruschov?

– Nikita Serguéyevich me ha ordenado que le visite mañana.

– ¿Lo conoció en Kiev?

– Sí. Trabajé con él casi dos años.

– Dime, camarada general -preguntó de repente Yeremenko volviéndose a Neudóbnov-, ¿no te vi una vez en casa de Titsián Petróvich?

– Así es -dijo Neudóbnov-. Titsián Petróvich le había invitado a usted junto al mariscal Vóronov.

– Sí, lo recuerdo.

– Yo, camarada general, estuve destinado por un tiempo en el Comisariado del Pueblo a petición de Titsián Petróvich. Por eso estaba en su casa.

– Ya decía que tu cara me resultaba familiar -dijo Yeremenko, y deseando dar muestras de su simpatía a Neudóbnov, añadió-: ¿No te aburres en la estepa, camarada general? Espero que estés bien instalado.