– Sí, mi niño -dijo-. Hemos llegado a los baños.
En la penumbra del vestuario de hormigón le pareció que habían brillado los ojos de Aleksandra Vladímirovna Sháposhnikova. ¿Estaría aún viva? Se habían despedido, y Sofía Ósipovna había seguido su camino, y ahora había llegado al final, igual que Ania Shtrum…
La mujer del obrero quería mostrar el cuerpecito del niño desnudo a su marido, pero él estaba al otro lado del tabique; extendió a Sofía Ósipovna el bebé medio cubierto por un pañal y le dijo orgullosa:
– Ha sido desnudarle y dejar de llorar.
Y del otro lado del tabique, un hombre al que le había crecido una barba negra, que llevaba unos pantalones de pijama desgarrados en lugar de calzoncillos y al que le refulgían los ojos y los dientes falsos de oro, gritó:
– Mánechka, aquí venden trajes de baño. ¿Te compro uno?
Musia Borísovna se cubrió con la mano el pecho que despuntaba del amplio escote de su camisa y rió el chiste.
Sofía Ósipovna sabía ahora que aquellas bromas de los condenados no manifestaban el vigor de su ánimo; los tímidos y los débiles tienen menos miedo cuando se ríen de sus temores.
Rebekka Bujman, con su bellísima cara extenuada y demacrada, desviando de la gente sus ojos ardientes e inmensos, se deshacía sus voluminosas trenzas para esconder dentro anillos y pendientes.
La poseía un deseo de vivir ciego y cruel. El fascismo la había rebajado a su nivel; aunque era desgraciada e impotente nada podía detenerla ya en sus esfuerzos por salvar la vida. Y ahora, mientras escondía los anillos, no recordaba que con aquellas mismas manos había apretado el cuello de su bebé ante el temor de que su llanto descubriera su escondite en la buhardilla.
Pero cuando Rebekka Bujman suspiró aliviada, como un animal que ha logrado refugiarse al amparo de la espesura, vio a una mujer con una bata que cortaba a tijeretazos las trenzas de Musia Borísovna. A su lado estaban rapando la cabeza a una niña, y los mechones negros de seda brillaban silenciosos sobre el suelo de hormigón. Los cabellos cubrían el suelo y daba la impresión de que las mujeres se lavaban los pies en un agua oscura y clara.
La mujer de la bata apartó con calma la mano con la que Rebekka se estaba protegiendo la cabeza, le cogió los cabellos a la altura de la nuca y las tijeras chocaron contra un anillo escondido en los cabellos; la mujer, sin dejar de trabajar y desenredando hábilmente con los dedos los anillos atrapados en los rizos, se inclinó hacia el oído de Rebekka y le dijo: «Todo le será devuelto»; y luego le susurró en voz más baja todavía: «Ganz ruhig. Los alemanes están ahí». Rebekka no logró retener la cara de la mujer de la bata: no tenía ojos ni labios, sólo era una mano amarillenta con venitas azules.
Al otro lado del tabique apareció un hombre de cabellos blancos con las gafas torcidas apoyadas sobre una nariz torcida; parecía un diablo enfermo y triste. Recorrió con la mirada los bancos. Articulando cada sílaba como alguien que está acostumbrado a hablar a un sordo, preguntó:
– Mamá, mamá, ¿cómo estás?
Una viejecita arrugada, que de repente había oído la voz de su hijo entre la confusión de cientos de voces, le sonrió con ternura, y adivinando la pregunta habitual, le respondió:
– El pulso es bueno, no hay irregularidades, no te preocupes.
Al lado de Sofía Ósipovna alguien dijo:
– Es Herman. Un médico famoso.
Una joven desnuda que cogía de la mano a una niña con bragas blancas gritó:
– ¡Nos van a matar, nos van a matar!
– Silencio, haced callar a esa loca -decían las mujeres.
Miraron a su alrededor: ni rastro de guardias. Los ojos y los oídos reposaban en la oscuridad y el silencio. Qué enorme felicidad, olvidada desde hacía meses, poder quitarse la ropa endurecida por el sudor y la mugre, los calcetines y las medias casi descompuestos. Las mujeres que habían acabado de cortar el pelo salieron y la gente respiró aún más libremente. Unos comenzaron a adormecerse, otros a examinar las costuras de su ropa, y otros a hablar en voz baja. Alguien dijo:
– Qué pena que no tengamos una baraja de cartas. Podríamos echar una partidita.
Pero en ese momento el jefe del Sonderkomtnando, con un cigarrillo entre los labios, descolgó el auricular del teléfono; el almacenero cargó en un carro de motor los botes de Zyklon B con etiquetas rojas como las de los tarros de mermelada, mientras el guardia de turno del departamento especial, sentado en el puesto de servicio miraba fijamente la pared: de un momento a otro debía encenderse la lámpara roja.
Desde varios rincones del vestidor resonó la orden: «¡En pie!».
Allí donde se acababan los bancos había alemanes de uniforme negro. La gente penetró en un largo pasillo iluminado débilmente por lámparas encajadas en el techo, protegidas por un cristal grueso de forma ovalada. La fuerza musculosa del hormigón aspiraba en una curva progresiva al torrente humano.
En el silencio sólo se oía el rumor de pasos de los pies descalzos.
Una vez, antes de la guerra, Sofía Ósipovna le había dicho a Yevguenia Nikoláyevna Sháposhnikova: «Si una persona está predestinada a ser asesinada por otra, resulta interesante seguir esos caminos que se van acercando poco a poco. Al principio, tal vez estén terriblemente lejos. Por ejemplo, yo estoy en Pamir recogiendo rosas alpinas y saco fotografías con mi cámara, mientras ese otro hombre, mi muerte, se encuentra a ocho mil verstas de mí y, al salir de la escuela, pesca gobios en el río. Yo me preparo para ir a un concierto, y él compra un billete en la estación, va a casa de su suegra; pero de todos modos, nos encontraremos, y pasará lo que tiene que pasar». Y ahora esa extraña conversación había vuelto a la cabeza de Sofía Ósipovna mientras miraba al techo: con aquel espesor de cemento sobre la cabeza ya no podría oír las tormentas ni ver el cucharón invertido de la Osa Mayor… Iba descalza al encuentro de una nueva curva del pasillo, y el pasillo, sin ruido, se abría de manera insinuante; la procesión seguía su camino sin necesidad de ser empujada, por sí sola, en una especie de deslizamiento soñoliento, como si todo en torno a ella estuviera impregnado de glicerina y se deslizara en estado de hipnosis.
La entrada a la cámara de gas se abrió gradualmente pero de modo brusco. El flujo de gente se deslizó con lentitud. El viejo y la vieja que habían vivido juntos cincuenta años, separados durante la sesión de desnudamiento, caminaban de nuevo uno al lado del otro; la mujer del obrero llevaba a su hijo despierto en los brazos; madre e hijo miraban por encima de las cabezas de aquellos que caminaban, miraban el tiempo y no el espacio. Apareció la cara del médico; a su lado estaban los ojos llenos de bondad de Musia Borísovna, la mirada aterrorizada de Rebekka Bujman. Ahí está Liusia Shterental. No se puede atenuar, sofocar, la belleza de aquellos ojos jóvenes, de su nariz que respira levemente, del cuello, de los labios entrecerrados; a su lado camina el viejo Lapidus con la boca arrugada de labios azulados. Sofía Ósipovna apretó de nuevo contra sí la espalda del niño. Nunca había sentido en su corazón tanta ternura por la gente como ahora.