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Rebekka, que caminaba a su lado, lanzó un grito aterrador, el grito de un ser humano que se transforma en cenizas.

En la entrada de la cámara de gas les esperaba un hombre con un tubo de plomo en la mano. Llevaba puesta una camisa marrón con las mangas cortas y cremallera. Había sido su sonrisa ambigua, infantil, demente, extasiada lo que había hecho gritar de manera tan espantosa a Rebekka Bujman.

Los ojos del hombre se deslizaron sobre la cara de Sofía Ósipovna: ahí estaba, ¡al final se habían encontrado!

Sintió que sus dedos debían apretar aquel cuello que sobresalía de la camisa abierta. Pero el hombre, que esbozaba una sonrisa, alzó con un gesto breve la porra, y a través del repique de campanas y el crujido de cristales que resonaban en su cabeza, oyó: «No me toques, cochina judía».

Consiguió tenerse en pie y con paso lento y pesado cruzó con David el umbral de acero de la puerta.

49

David pasó la palma de la mano por el marco de acero de la puerta y sintió su frío liso. Vio en el espejo de acero una mancha gris clara, confusa: el reflejo de su cara. Las plantas de sus pies determinaron que el suelo de la habitación era más frío que el del pasillo. Hacía poco que lo habían regado y lavado.

Caminaba con pasitos lentos por la caja de hormigón de techo bajo. No veía las lámparas, pero en la cámara brillaba una luz gris, difusa, como si el sol, filtrado a través de un cielo de cemento, proyectase una luz de piedra que no parecía hecha para los seres vivos.

Las personas que antes habían permanecido siempre juntas se dispersaron, se perdieron de vista entre sí. David entrevió el rostro de Liusia Shterental. Cuando David la miraba en el vagón de mercancías sentía la dulce tristeza de estar enamorado. Un instante después, en el lugar de Liusia apareció una mujer de baja estatura, sin cuello. Y enseguida, en el mismo lugar, un viejo de ojos azules con una pelusa blanca en la cabeza, que de repente fue sustituido por la mirada fija, los ojos desorbitados de un hombre joven.

Aquél no era un movimiento humano. Ni siquiera era la forma en que se movían las especies inferiores del reino animal. Era un movimiento sin sentido ni objetivo; en él no se manifestaba la voluntad de los vivos. La corriente de gente fluía hacia la cámara y los que estaban entrando empujaban a los que se encontraban ya dentro, que a su vez empujaban a sus vecinos; y de todos esos pequeños e incontables empujones con el codo, la espalda, el vientre, brotaba un movimiento que no se distinguía en nada del movimiento molecular descubierto por el botánico Robert Brown.

David tenia la impresión de que le guiaban, que le hacían avanzar. Llegó hasta la pared y tocó sufría superficie primero con la rodilla, luego con el pecho: ya no había más camino. Sofía Ósipovna también estaba allí, apoyada contra la pared.

Durante algunos instantes observaron el hormigueo de gente que seguía entrando por la puerta. Ésta quedaba lejos y sólo era posible percibir dónde estaba por la blancura particularmente densa de cuerpos humanos apretados, agolpados en la entrada, y que después se esparcían por el espacio de la cámara de gas.

David veía las caras de las personas. Desde que les habían hecho bajar del tren sólo había visto sus espaldas, y ahora todo el convoy parecía avanzar de frente hacia él. Sofía Ósipovna, de repente, se había vuelto extraña: su voz sonaba diferente en el espacio plano de hormigón; toda ella, al entrar en la cámara, había cambiado. Cuando le dijo: «Sujétate fuerte a mí, pequeño», David percibió que tenía miedo de soltarle y quedarse sola. Pero no pudieron permanecer al lado de la pared. Les apartaron de allí y les obligaron a moverse a pequeños pasos. David notó que él se movía másrápido que Sofía Ósipovna. La mano de la mujer se aferraba a la del niño, lo apretaba contra ella. Pero una especie de fuerza dulce e insensible estiraba gradualmente a David y los dedos de la mujer comenzaron a abrirse…

El gentío se volvía cada vez más denso, sus movimientos se ralentizaban y los pasitos eran más cortos. Nadie dirigía el movimiento en la caja de hormigón. A los alemanes tanto les daba si la gente estaba inmóvil en la cámara de gas o bien giraba en zigzag y semicírculos como locos. Y el niño desnudo daba pasitos minúsculos y absurdos. La curva de movimiento que efectuaba su cuerpecito ligero había dejado de coincidir con la curva de movimiento del cuerpo grande y pesado de Sofía Ósipovna, y de pronto se separaron. No tenía que sujetarlo de la mano, sino como hacían aquellas dos mujeres, madre e hija, que febrilmente, con la sombría obstinación del amor, se apretaban mejilla contra mejilla, pecho contra pecho, fundidas en un solo cuerpo indivisible.

El número de personas seguía creciendo, y a medida que aumentaba su densidad, el movimiento de los cuerpos dejaba de obedecer las leyes de Avogadro. Cuando perdió la mano de Sofía Ósipovna, el niño gritó. Pero de repente pasó a formar parte del pasado; ahora sólo existía el presente. Los labios de la gente respiraban cerca, los cuerpos se rozaban, los pensamientos y los sentimientos se unían, se entrelazaban.

David cayó en un remolino que, impulsado desde la pared, retrocedía hacia la puerta. David vio a tres personas unidas, dos hombres y una anciana. La mujer defendía a sus hijos que, a su vez, la sostenían. Y de repente se produjo un nuevo movimiento al lado de David. El ruido también era nuevo, no se confundía con el susurro y el murmullo general.

– ¡Dejad libre el camino!

A través de la masa compacta se abría paso un hombre que, con los brazos robustos y tensos hacia delante, el cuello grueso y la cabeza inclinada, quería escapar de aquel ritmo hipnótico del cemento; su cuerpo se rebelaba ciega e irreflexivamente, como un pez en la mesa de una cocina. Enseguida se apaciguó, perdió el aliento y empezó a dar pasitos como hacía todo el mundo.

El desequilibrio que el cuerpo del hombre había causado cambió el rumbo del flujo rotatorio y David se encontró de nuevo junto a Sofía Ósipovna. La mujer se apretó contra el niño con una fuerza que sólo los obreros del Sonderkommando habrían podido valorar: cuando vaciaban la cámara de gas nunca intentaban separar los cuerpos de los seres queridos estrechamente abrazados.

Sonaban gritos cerca de la puerta; al ver la densa masa humana, la gente se negaba a pasar al interior.

David vio cómo se cerraba la puerta: el acero, suave y ligero, como atraído por un imán, encajó herméticamente con el acero del marco, hasta formar un solo cuerpo.

En lo alto, detrás de una reja metálica y cuadrada que había en la pared, David vio algo que se movía. Le pareció que era una rata gris, pero enseguida comprendió que era un ventilador que se ponía en marcha. Sintió un tenue olor dulzón.

El rumor de pasos se calmó; a veces se oían palabras confusas, gemidos, lamentos. Hablar ya no servía para nada, moverse no tenía sentido: ésas son acciones que se proyectan hacia el futuro, y en la cámara de gas ya no hay futuro. Los movimientos que David hizo con la cabeza y el cuello no despertaron en Sofía Ósipovna el deseo de volverse y mirar qué estaba observando otro ser humano.

Sus ojos, que habían leído a Homero, el Izvestia, Las aventuras de Huckleberry Finn, a Mayne Reid, la Lógica de Hegel, que habían visto gente buena y mala, que habían visto gansos en los vastos prados de Kursk, estrellas en el observatorio de Púlkovo, el brillo del acero quirúrgico, La Gioconda en el Louvre, tomates y nabos en los puestos del mercado, las aguas azules del lago Issik-Kul, ahora ya no eran necesarios. Si alguien la hubiera cegado en ese instante, no habría notado la pérdida de la visión.