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– La chica no está mal -dijo-. Pero tengo un enfoque particular de la cuestión. Me gustan pequeñas, preferiblemente armenias y judías, con el pelo corto y los ojos grandes y vivarachos.

Zúbarev miró pensativo el cielo oscuro iluminado por los haces de rayos de los reflectores y preguntó en voz baja:

– Me preguntó cómo acabará todo esto.

– ¿Te refieres a con quién acabará ella? Con Grékov, por supuesto.

– Ni mucho menos. No está tan claro -dijo Zúbarev, y tras coger del suelo un trozo de ladrillo lo estrelló con fuerza contra el muro.

Los compañeros le miraron a él y su barba, y se rieron.

– ¿Cómo vas a seducirla? ¿Con tu barba? -se interesó Batrakov.

– ¡Con el canto! -corrigió Koloméitsev-. Sala de transmisión: el soldado de infantería al micrófono. Él cantará, ella transmitirá la emisión. Formarán uno de esos dúos; lo digo yo. ¡Harán una buena pareja!

Zúbarev se giró hacia el compañero que el día antes recitaba poesía.

– ¿Y tú qué piensas?

El viejo operador de mortero dijo con acritud:

– No dice nada, por tanto no tiene ganas de hablar. -Y con el tono de un padre que amonesta a su hijo porque escucha la conversación de los adultos, añadió-: Sería mejor que fueras a dormir al sótano mientras la situación lo permita.

– Allí está ahora Antsíferov enfrascado en abrir un paso con trilita -dijo Batrakov.

En aquel momento Grékov estaba dictando un informe a Katia. Comunicaba al Estado Mayor del ejército que, a juzgar por los indicios, los alemanes estaban preparando un ataque y que con toda probabilidad lo lanzarían contra la fábrica de tractores. Pero pasó por alto un detalle: que la casa donde él se encontraba con sus hombres parecía ser el mismo eje de la ofensiva. Mientras observaba el cuello de la chica, sus labios y sus pestañas medio bajadas imaginaba, y lo imaginaba muy vivamente, aquel frágil cuello roto, con una vértebra asomándole de la piel nacarada desgarrada, y aquellas pestañas sobre unos ojos de pescado vidriosos, y sus labios muertos como hechos de caucho gris y polvoriento.

Y tenía ganas de abrazarla, de sentir su calor, su vida, antes de que fuera demasiado tarde, antes de que los dos desaparecieran, mientras aquella belleza habitara su cuerpo femenino, pletórico de juventud.

Le parecía que deseaba abrazarla sólo por compasión, pero ¿acaso la compasión hace zumbar los oídos y pulsar la sangre en las sienes?

El Estado Mayor no respondió de inmediato.

Grékov se estiró hasta sentir crujir dulcemente los huesos, emitió un jadeante respiro mientras pensaba: «Está bien, está bien, queda toda la noche por delante», y preguntó con dulzura:

– ¿Cómo está el gatito que trajo Klímov? ¿Está mejor? ¿Ha recobrado fuerzas?

– ¿Y cómo iba a coger fuerzas? -respondió la radiotelegrafista.

Cuando Katia se acordaba de la mujer y el niño gitanos en la hoguera, le empezaban a temblar los dedos y miraba a Grékov con el rabillo del ojo para ver si se había dado cuenta.

Ayer mismo le había parecido que nadie le hablaría en la casa 6/1, pero hoy, mientras comía las gachas, había pasado por su lado el chico barbudo con un subfusil en la mano y le había gritado como a una vieja amiga:

– Katia, ¡un poco más de energía! -Y, con un golpe preciso, le mostró cómo debía hundir la cuchara en la escudilla.

Volvió a ver al chico que el día antes leía poesía mientras él mismo trasladaba unos obuses con una lona impermeable. Más tarde se giró y lo vio de pie frente a un perol lleno de agua; había sentido cómo posaba su mirada sobre ella y justo por eso se había girado, pero él había desviado la mirada a tiempo.

Ahora Vera ya imaginaba quién le enseñaría mañana sus cartas y fotografías, quién daría suspiros y la miraría en silencio, quién le traería regalitos -una cantimplora medio llena de agua, algunos mendrugos de pan blanco-, quién le confesaría que ya no creía en el amor de las mujeres y que no se volvería a enamorar. Por lo que respecta al soldado de infantería barbudo, seguro que intentaba ponerle las manos encima.

Al fin el Estado Mayor respondió, y Katia comenzó a transmitir la respuesta a Grékov: «Le ordeno que dé un informe detallado cada día a las doce horas en punto…».

De pronto Grékov le dio un golpe en la mano haciéndole retirar la palma del conmutador. Ella gritó asustada.

Grékov sonrió y dijo:

– Un fragmento de obús ha dejado fuera de servicio el radiotransmisor, restableceremos el contacto cuando convenga a Grékov.

La chica lo miró, confusa.

– Perdóname, Katiusha -dijo Grékov y le cogió la mano.

60

Al despuntar el alba, el regimiento de Beriozkin comunicó al puesto de mando de la división que los hombres de la casa 6/1 habían abierto un paso subterráneo que la conectaba con un túnel de hormigón de la fábrica de tractores, y de hecho algunos soldados ya se encontraban en el taller de la fábrica. El oficial de guardia de la división transmitió la información al Estado Mayor del ejército, que a su vez informó al general Krilov, y Krilov ordenó que le trajeran a uno de esos hombres de la fábrica para interrogarlo. El oficial de enlace condujo al cuartel general del ejército al joven que había escogido el oficial de servicio del puesto de mando. Avanzaron por un desfiladero que llevaba a la orilla, y durante el trayecto el chico le daba vueltas a la cabeza, hacía preguntas, se mostraba inquieto.

– Tengo que volver a la casa. Tenía instrucciones de efectuar un reconocimiento del túnel para ver cómo podemos evacuar a los heridos.

– No te preocupes por eso -respondió el oficial-. Vas a ver a un comandante superior al tuyo; harás lo que él te ordene.

De camino, el chico contó al oficial que llevaban más de dos semanas en la casa 6/1 y que durante ese tiempo se habían alimentado de las patatas que habían encontrado en el sótano y bebido el agua del circuito de calefacción central, y hasta tal punto se las habían hecho pasar moradas a los alemanes, que éstos les habían enviado a un negociador ofreciéndoles dejarles salir del cerco hasta la fábrica, pero que obviamente el comandante -el chico lo llamaba el «gerente de la casa»- había respondido con la orden de abrir fuego. Cuando alcanzaron el Volga, el chico se tumbó y empezó a beber agua y, una vez que se hubo saciado, sacudió cuidadosamente con la palma de la mano las gotas de agua que se le habían quedado adheridas a la chaqueta y las lamió como hace un hambriento con unas migajas de pan. Le contó que el agua del circuito de la calefacción central estaba podrida y que durante los primeros días todos habían padecido trastornos intestinales, pero que luego el gerente había ordenado que se hirviera el agua y los síntomas desaparecieron. Luego caminaron en silencio. El chico prestaba atención a los bombarderos nocturnos, miraba el cielo coloreado por las bengalas rojas y verdes, surcado por las trayectorias de las balas trazadoras y los proyectiles. Vio las llamas moribundas de los incendios de la ciudad que todavía no se habían extinguido, los blancos fogonazos de los cañones, las explosiones azules de las bombas contra el Volga y continuó aminorando el paso hasta que el oficial le gritó:

– ¡Vamos, un poco más de brío!

Caminaban entre las rocas de la orilla; los proyectiles silbaban por encima de sus cabezas, los centinelas los llamaban. Luego subieron por un sendero a lo largo de la ladera, entre los refugios encajados en la montaña de arcilla, ahora subían los escalones de tierra, ahora golpeaban con los tacones contra las tablas de madera. Por fin llegaron a un pasaje cubierto de alambre de espino: el cuartel general del 62° Ejército. El oficial de enlace se ajustó el cinturón y entró por una trinchera de comunicación que conducía a los refugios del Consejo Militar, que se distinguían por el grosor de sus troncos.

El centinela fue a buscar al ayudante de campo y por un instante brilló suavemente, a través de la puerta entreabierta, la luz de la lámpara eléctrica de mesa cubierta por una pantalla.