Выбрать главу

Klímov arrancó la anilla de una granada y la lanzó al interior del cráter. Aún no se había asentado el polvo cuando Klímov lanzó una segunda granada para poco después saltar dentro del cráter. Los alemanes yacían muertos; parecía mentira que unos segundos antes estuvieran llenos de vida. Klímov, entre estornudos provocados por el gas de la explosión y el polvo, cogió todo aquello que pudiera servirle: el obturador de una ametralladora pesada, un binóculo, el reloj, que quitó con sumo cuidado de la mano todavía caliente del oficial para no mancharse de sangre; y luego sacó las cartillas militares de los uniformes despedazados de los ametralladores.

De regreso de la misión, Klímov entregó los trofeos requisados y, mientras explicaba lo que había sucedido, pidió a Seriozha que le echara un poco de agua en las manos, se sentó al lado de Koloméitsev y dijo:

– Vamos a fumarnos un cigarrillo.

En ese instante llegó corriendo Perfíliev, que se definía como «un apacible habitante de Riazán amante de la pesca».

– Eh, Klímov, ¿qué haces ahí sentado? -gritó Perfíliev-. El gerente de la casa te busca, debes volver otra vez a las posiciones alemanas.

– Ahora, ahora voy -respondió Klímov en un tono ligeramente culpable, y comenzó a recoger sus bártulos: un subfusil y una bolsa de lona impermeable con granadas.

Tocaba los objetos con delicadeza, como si temiera hacerles daño. A muchos colegas los trataba de usted, nunca soltaba tacos.

– No serás baptista, ¿no? -preguntó un día el viejo Poliakov a Klímov, que había matado a ciento diez personas.

Klímov no era un tipo callado, le gustaba hablar, en particular de su infancia. Su padre era obrero en la fábrica Putílov. Klímov, a su vez, era un tornero cualificado: antes de la guerra daba clases en una escuela de artes y oficios. Seriozha se divertía escuchándole contar la vez en que uno de sus alumnos se había atragantado con un tornillo y tuvo que sacárselo de la garganta con ayuda de unas pinzas antes de que llegara el servicio de emergencias, porque se había puesto todo azul y estaba a punto de ahogarse.

Pero un día Seriozha vio cómo Klímov se emborrachaba con el Schnapps que había cogido como botín de guerra a los alemanes, y daba tanto miedo que incluso Grékov se sintió intimidado.

El más desaliñado de la casa era el teniente Batrakov, que nunca limpiaba sus botas y golpeaba tanto una suela contra el suelo al andar que los otros soldados lo reconocían sin necesidad de levantar la cabeza. En cambio, decenas de veces al día, el teniente limpiaba sus gafas con un trozo de gamuza; las gafas no correspondían a su graduación y a Batrakov le parecía que el polvo y el humo de las explosiones le empañaban los cristales. Klímov le había llevado más de una vez las gafas que sustraía a los alemanes muertos. Pero Batrakov no tenía suerte: las monturas eran buenas, pero los cristales nunca eran los apropiados.

Antes de la guerra Batrakov enseñaba matemáticas en un instituto técnico; se distinguía por la gran seguridad que tenía en sí mismo: hablaba de la mediocridad de los estudiantes en un tono de voz arrogante.

En una ocasión improvisó un examen de matemáticas para Seriozha del que éste salió muy mal parado. Los habitantes de la casa se echaron a reír y amenazaron al joven Sháposhnikov con hacerle repetir curso.

Un día que hubo una incursión aérea alemana, mientras los herreros martilleaban enloquecidos contra las piedras, la tierra, el hierro, Grékov vio que Batrakov estaba sentado en lo que quedaba de la escalera leyendo un libro.

Grékov dijo:

– No tienen nada que hacer. No se saldrán con la suya. ¿Qué queréis que hagan con un cretino semejante?

Toda iniciativa de los alemanes suscitaba en los soldados que defendían la casa, no tanto un sentimiento de miedo como una burla condescendiente: «Vaya, parece que los fritzes se están esforzando hoy…». «Mira, mira lo que se han inventado los granujas…» «Qué idiota, fíjate dónde va a soltar las bombas…»

Batrakov se había hecho amigo del comandante del pelotón de zapadores, Antsíferov, un hombre de unos cuarenta años al que le gustaba mucho hablar de sus enfermedades crónicas. En el frente sucedía algo insólito: bajo el fuego las úlceras y las ciáticas se curaban por sí solas.

Pero Antsíferov continuaba sufriendo en el infierno de Stalingrado la infinidad de enfermedades que anidaban en su voluminoso cuerpo. La medicina alemana no surtía efecto.

Cuando bebía el té con sus soldados reposando plácidamente, iluminado por la reverberación lúgubre de los incendios, aquel hombre de cara llena, con la cabeza redonda calva y los ojos como platos, parecía un ser irreal. A menudo se sentaba descalzo dado que le dolían los callos de los pies, y sin chaqueta porque siempre tenía calor. Y allí se quedaba sentado, bebiendo a sorbos un té caliente de una taza decorada con diminutas flores azules, enjugándose el sudor de la calvicie con un amplio pañuelo; suspiraba, sonreía y de nuevo soplaba sobre la taza, mientras el lúgubre soldado Liájov, con la cabeza enrollada en una venda, le servía a cada momento, de una enorme tetera humeante, un chorro hirviente. A veces Antsíferov, sin calzarse las botas, se subía a un montón de ladrillos gruñendo descontento y mirando qué sucedía fuera. Estaba de pie, descalzo, sin chaqueta ni gorro, como un campesino que se asoma al umbral de su isba en medio de una violenta tempestad para controlar su huerto.

Antes de la guerra trabajaba como jefe de obra. Su experiencia en la construcción ahora demostraba ser útil para otros propósitos. Su cabeza no paraba de elucubrar sistemas para destruir paredes, sótanos, casas enteras.

La mayor parte de las conversaciones entre Batrakov y Antsíferov giraban en torno a cuestiones filosóficas. Antsíferov, que había pasado de la edificación a la destrucción, sentía la necesidad imperiosa de comprender aquella insólita transición.

A veces, sin embargo, abandonaban las alturas de la filosofía -¿cuál es el fin de la vida? ¿Existe el poder soviético en otras galaxias? ¿En qué radica la superioridad de la estructura mental de los hombres respecto a la mujer? -para tocar otros temas más mundanos.

Entre las ruinas de Stalingrado todo asumía un significado diferente y la sabiduría de la que sentían necesidad los hombres a menudo estaba del lado de aquel pelmazo de Batrakov.

– Créeme, Vania -decía Antsíferov a Batrakov-, sólo gracias a ti he comenzado a entender algo. Antes pensaba que entendía la mecánica de la vida: a quién era necesario obsequiar con una botella de vodka, a quién procurarle neumáticos nuevos, a quién simplemente untarle la mano con cien rublos.

Batrakov estaba seriamente convencido de que habían sido sus nebulosos razonamientos y no Stalingrado los que habían cambiado la actitud de Antsíferov respecto a las personas, y le decía con indulgencia:

– Sí, amigo mío. Es una pena que no nos hayamos conocido antes de la guerra.

En el sótano se alojaba la infantería; aquellos que repelían los ataques enemigos eran los mismos que iban al contraataque arengados por la voz estridente de Grékov.

Al frente de la infantería estaba el teniente Zúbarev, que antes de la guerra había estudiado canto en el conservatorio. A veces, por la noche, se acercaba con sigilo hasta las líneas alemanas y entonaba «Oh, efluvios de la primavera, no me despertéis» o el aria de Lenski de Eugenio Oneguin.

Cuando le preguntaban qué le empujaba a subirse a un montón de cascotes para cantar, aun a riesgo de poner en peligro su propia vida, Zúbarev eludía dar una respuesta. Quizás allí, donde el hedor de los cadáveres flotaba en el aire día y noche, quería demostrar, no sólo a sí mismo y a sus camaradas sino también a los enemigos, que las fuerzas destructoras, por poderosas que fueran, nunca podrían borrar la belleza de la vida.