Mostovskói levantó las manos a la altura de la cara de Chernetsov:
– Aquí están: ¡sin guantes de lacayo!
– ¿Recuerda a Strelnikov, el jefe de la policía política? También él trabajaba sin guantes.
Escribía falsas confesiones en nombre de los revolucionarios a los que mandaba golpear casi hasta la muerte. ¿De qué os ha servido 1937? ¿Os habéis estado preparando para luchar contra Hitler, tal vez? ¿Quién os lo ha enseñado, Marx o Strelnikov?
– No me sorprenden en absoluto sus palabras nauseabundas -dijo Mostovskói-. No esperaba menos de usted. Pero ¿sabe lo que me sorprende? ¿Por qué los nazis le han hecho prisionero en un campo? ¿Por qué? A nosotros nos odian a muerte. Eso está claro. Pero ¿por qué Hitler le ha metido a usted y a sus amigos en el campo?
Chernetsov sonrió, y su cara adoptó la expresión que tenía al principio de la conversación.
– Ya, como usted ve, aquí me tienen -respondió-. No me sueltan. Intervenga a mi favor, tal vez me liberen. Pero Mostovskói no estaba para bromas.
– Con el odio que usted nos tiene no debería estar preso en un campo de concentración nazi. Y no hablo sólo de usted, sino también de ese tipo -dijo señalando a Ikónnikov-Morzh, que se aproximaba.
La cara y las manos de lkónnikov estaban manchadas de barro. Éste alargó a Mijaíl Sídorovich algunas hojas de papel sucias escritas a mano y dijo:
– Léalas. Quizá mañana estemos muertos.
Mostovskói, escondiendo las hojas bajo el jergón, exclamó furioso:
– Las leeré, pero ¿qué es eso de que mañana estaremos muertos?
– ¿Sabe lo que he oído? Que las fosas que hemos cavado están destinadas a cámaras de gas. Hoy han comenzado a verter hormigón en los cimientos.
– Sí -dijo Chernetsov-. Ese rumor ya corría cuando estábamos instalando la vía férrea.
Miró a su alrededor, y Mostovskói pensó que Chernetsov estaba interesado en comprobar si los compañeros que llegaban del trabajo advertían que estaba hablando en tono desenfadado con un viejo bolchevique. Con toda probabilidad se sentía orgulloso de que le vieran así los italianos, los noruegos, los españoles, los ingleses, pero sobre todo, los prisioneros rusos.
– ¿Y tenemos que continuar trabajando? -preguntó Ikónnikov-Morzh-. ¿Participar en la preparación del horror?
Chernetsov se encogió de hombros.
– ¿Qué cree, que estamos en Inglaterra? Aunque ocho mil personas se negaran a trabajar, no cambiaría nada. Las matarían en menos de una hora.
– No, no puedo -dijo Ikónnikov-Morzh-. No iré, no iré.
– Si no quiere trabajar, acabarán con usted -afirmó Mostovskói.
– Así es -dijo Chernetsov-. Puede creer estas palabras, el camarada aquí presente sabe qué significa incitar a la huelga en un país donde no existe democracia.
La conversación con Mostovskói lo había apesadumbrado. Ahí, en el campo nazi, las palabras que había pronunciado infinidad de veces en su apartamento de París le sonaban falsas, absurdas. Escuchando las conversaciones entre los reclusos a menudo descubría la palabra «Stalingrado». A eso, tanto si le gustaba como si no, estaba ligado el destino del mundo.
Un joven inglés le hizo el signo de la victoria y añadió:
– Rezaré por vosotros. Stalingrado ha detenido la avalancha.
Chernetsov, al oír esas palabras, sintió una feliz emoción y, dirigiéndose a Mostovskói, dijo:
– ¿Sabe? Heine decía que sólo los idiotas demuestran su propia debilidad ante el enemigo. Bueno, seré un idiota, tiene razón: veo claramente el gran significado de la lucha que mantiene el Ejército Rojo. Para un socialista ruso es duro comprenderlo, y al comprenderlo, estar orgulloso y sufrir, y al mismo tiempo, odiaros.
Miró a Mostovskói. Por un momento pareció como si el ojo sano de Chernetsov también estuviera inyectado en sangre.
– Pero ¿no entiende, incluso aquí, que un hombre no puede vivir sin democracia ni libertad? – preguntó Chernetsov.
– Basta, basta ya de crisis nerviosas.
Miró alrededor, y Chernetsov pensó que Mostovskói se preocupaba de que los que llegaban del trabajo lo vieran charlando amistosamente con un emigrado menchevique. Con toda probabilidad se avergonzaba incluso ante los extranjeros. Pero sobre todo ante los prisioneros rusos.
La órbita vacía y sangrienta miraba fijamente a Mostovskói.
Ikónnikov sacudió el pie descalzo del sacerdote que se sentaba en la litera de la segunda fila.
– Que dois-je faire, mio padre? Nous travaillons dans une Vernichtungslager.
Los ojos de antracita de Guardi escrutaron las caras de los allí presentes.
– Tout le monde travaille lábas. Et moi je travaille lábas. Nous sommes des esclaves -dijo lentamente-. Dieu nous pardonnera.
– C'est son métier -añadió Mostovskói.
– Mais ce n'est pas votre métier -contestó Guardi en tono de reproche.
Ikónnikov-Morzh dijo a toda prisa:
– Sí, eso es lo que dice Mijaíl Sídorovich, pero yo no quiero la absolución de mis pecados. No diga que son culpables los que te obligan, que tú eres un esclavo, y que no eres culpable porque no eres libre. ¡Yo soy libre! Soy yo el que está construyendo un Vernichtungslager, yo el que responde ante la gente que morirá en las cámaras de gas. Yo puedo decir: «¡No!». ¿Qué poder puede prohibírmelo si encuentro dentro de mí la fuerza para no tener miedo a la muerte? ¡Yo diré «no»! Je dirai non, mio padre, je dirai non.
Guardi puso su mano sobre la cabeza gris de Ikónnikov.
– Dones-moi votre main -dijo.
– Bien. Ahora el pastor amonestará a su oveja extraviada por su orgullo -dijo Chernetsov.
Mostovskói asintió.
Pero Guardi no amonestó a Ikónnikov: se llevó a los labios la mano sucia de Ikónnikov y la besó.
71
Al día siguiente Chernetsov estaba hablando con uno de sus pocos conocidos soviéticos, el soldado del Ejército Rojo Pavliukov que trabajaba como enfermero en el Revier.
Pavliukov se estaba quejando de que pronto tendría que dejar su puesto actual para ir a cavar fosas.
– Es por culpa de los miembros del Partido -aseguró-, no soportan que tenga un buen puesto porque he sabido sobornar a la gente acertada. Pero ellos saben guardarse las espaldas: siempre acaban trabajando en la cocina, en el Waschraum, como barrenderos. ¿Recuerda lo que pasaba antes de la guerra? el comité de distrito es mío. El sindicato es mío. ¿No es cierto? Aquí es lo mismo. Ponen a sus hombres en la cocina para tener raciones de comida más abundantes. Mantienen a un viejo bolchevique como si estuviera en una casa de reposo, mientras que vosotros ya os podéis estar muriendo como perros que no os mirarán siquiera. ¿Es justo? Después de todo nosotros también hemos trabajado duro por el poder soviético.
Chernetsov, confuso, admitió que hacía veinte años que no vivía en Rusia. Había notado que palabras como «emigrado» y «extranjero», alejaban al instante a los detenidos soviéticos. Pero la respuesta de Chernetsov no puso en alerta a Pavliukov.
Se sentaron sobre un montón de tablas. Pavliukov, que tenía el aspecto de un verdadero hijo del pueblo, con su nariz y frente ancha -como observó Chernetsov-, miró al centinela que se estaba dirigiendo a la torre de hormigón, y dijo:
– No tengo otra elección. Me uniré al ejército de voluntarios. De lo contrario será mi fin.
– ¿Para salvar el pellejo? -preguntó Chernetsov.
– Yo no soy un kulak -dijo Pavliukov-, y nunca he sido enviado a las talas forestales para cortar árboles, pero tengo mis reservas contra los comunistas. No te dejan vivir a tu manera. No, eso no lo siembres; con ésa no te cases; éste no es tu trabajo. El hombre acaba pareciéndose a un loro. Desde niño he querido abrir una tienda propia, una donde se pudiera comprar todo lo que uno quisiera. Y al lado de la tienda, un pequeño restaurante donde, después de las compras, poder tomar una copita, meterte algo caliente en el cuerpo, o si te apetece, una cerveza. ¿Sabe? Lo habría hecho a buen precio. Habría servido platos sencillos. ¡Patatas al horno! ¡Tocino con ajo! ¡Col en salmuera! ¿Sabe lo que le serviría a la gente con el vodka? ¡Huesos de tuétano! Los tendría todo el rato cociéndose en la olla. Así, tú pagas por el vodka, y yo te ofrezco un trozo de pan negro, un hueso, y sal, por supuesto. Y por todas partes, sillones de piel para evitar piojos. Te sientas ahí, tranquilamente, y nosotros te servirnos. Pero si le hubiera contado a alguien esa idea, me habrían enviado a Siberia. No veo dónde está el davo para el pueblo. Los precios serían la mitad que los del Estado. Pavliukov miró de reojo a su interlocutor.