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Sin previo aviso, el convoy se puso en marcha.

Nóvikov salió a la plataforma del vagón, abrió la puerta y fijó la mirada en la oscuridad en que estaba sumergida la ciudad. Y de nuevo oyó botas de infantería marchando sobre su corazón con el incesante retumbo: «Zhenia, Zhenia, Zhenia». Desde la cabeza del tren le llegaron, a través del estruendo, fragmentos de la canción de Yermak.

El estampido de las ruedas de acero sobre los raíles, el rechinar de los vagones que transportaban velozmente al frente masas de acero de los tanques, las voces jóvenes que cantaban, el viento frío del Volga, el inmenso cielo estrellado, todo afloraba con nuevos matices, distintos a cuantos percibiera un segundo antes, a aquello que había sentido en el transcurso del primer año de guerra. En su alma resplandecía una arrogante alegría, una sensación exultante por su propia fuerza, por el espíritu combativo que sentía en el cuerpo, como si la cara de la guerra hubiera cambiado, como si no expresara solamente sufrimiento y odio… Las tristes notas de aquella canción que emergía de la oscuridad de repente sonaron orgullosas y amenazadoras.

Era extraño, pero su felicidad no despertaba en él bondad ni deseos de perdonar. Más bien al contrario: le suscitaba odio, ira, ambición de demostrar su fuerza, de aniquilar todo lo que se interpusiera en su camino.

Volvió al compartimento, y de la misma manera que antes le había subyugado el encanto de la noche de otoño, ahora lo apabulló el calor sofocante del vagón, el humo de tabaco, el olor a mantequilla rancia, el betún derretido, el sudor de los cuerpos robustos de los oficiales del Estado Mayor. Guétmanov, con un pijama abierto sobre su pecho blanco, estaba reclinado en el diván.

– Bueno, ¿jugamos un partida de dominó? el cuerpo de generales ha dado el visto bueno.

– Claro que sí -respondió Nóvikov-. ¿Por qué no?

Guétmanov eructó discretamente y dijo preocupado:

– Me temo que tengo una úlcera. Después de comer siento ardor de estómago.

– No tendríamos que haber permitido al médico que viajara en el segundo tren -observó Nóvikov.

Y con creciente enojo, se dijo para sus adentros: «Cuando decidí promover a Darenski, Fedorenko frunció el entrecejo y yo di marcha atrás; se lo dije a Guétmanov y Neudóbnov, pero también ellos fruncieron el ceño porque era un ex condenado, y yo me amedrenté. Propuse a Basángov… y no les pareció bien porque no era ruso, y de nuevo me batí en retirada… ¿Puedo pensar por mí mismo o no?». Mientras miraba a Guétmanov, seguía con sus reflexiones hasta el punto de casi caer en el absurdo: «Hoy me ofrece mi propio coñac y mañana, cuando venga mi mujer, pretenderá irse con ella a la cama».

Pero ¿por qué justamente él, que no albergaba dudas sobre su capacidad de romper la columna vertebral de la maquinaria de guerra alemana, al conversar con Guétmanov o Neudóbnov se sentía invariablemente débil y tímido?

En aquel día feliz sintió cómo el odio acumulado durante largos años caía con todo su peso al tener que enfrentarse a una situación ahora habitual para él, en que ciertos tipos incompetentes en materia militar pero avezados al poder, la buena mesa, las condecoraciones, escuchaban sus informes, intervenían con gentileza para ayudarle a obtener una habitación en la residencia de oficiales o le daban palmaditas en la espalda. Hombres que desconocían incluso el calibre de las piezas de artillería, que no sabían leer correctamente los discursos que otros les escribían, que eran incapaces de orientarse en un plano, que se equivocaban en el acento de las palabras y cometían errores gramaticales, esos hombres siempre habían sido sus superiores. Tenía que rendir cuentas ante aquella gente, pero su ignorancia no se debía a su extracción obrera: también el padre de Nóvikov era minero, y su abuelo, y su hermano… A veces tenía la impresión de que la fuerza de aquellos oficiales residía precisamente en su ignorancia; que sus conocimientos, su lenguaje correcto, su interés hacia los libros constituían su debilidad. Antes de la guerra le parecía que aquellos hombres le superaban en voluntad y fe. Pero la guerra le había mostrado que no era así.

La guerra lo había colocado en un puesto de mando, pero no se sentía jefe. Al igual que antes se sometía a una fuerza cuya presencia percibía constantemente pero que no lograba comprender. Los dos hombres que oficialmente estaban subordinados a él, sin derecho a dar órdenes, eran la expresión misma de aquella fuerza. Ahora mismo paladeaba el placer que le procuraban las confidencias de Guétmanov sobre ese mundo en que palpitaba la fuerza, al que era imposible no someterse.

La guerra se encargaría de demostrar a quién debía estar agradecida Rusia: a los hombres como Guétmanov o a los hombres como él.

El sueño tan largamente acariciado se había cumplido: la mujer que había amado durante tantos años se convertiría en su esposa… Y ese mismo día sus tanques habían recibido la orden de dirigirse a Stalingrado.

– Piotr Pávlovich -soltó de sopetón Guétmanov-, mientras usted estaba en la ciudad, Mijaíl Petróvich y yo mantuvimos una discusión.

Antes de proseguir, se reclinó contra el respaldo del diván y dio un trago de cerveza.

– Soy un hombre campechano y se lo diré sin rodeos. Hemos hablado de la camarada Sháposhnikova. Su hermano cayó en 1937. -Guétmanov señaló con un dedo al suelo-. Resulta que Neudóbnov lo conoció en aquella época, y yo conocía a su primer marido, Krímov, del que se puede decir que se ha salvado de milagro. Formaba parte del grupo de conferenciantes del Comité Central. Bueno, Neudóbnov ha dicho que el camarada Nóvikov, en quien el pueblo soviético y el camarada Stalin han depositado su confianza, hace mal al vincularse en el terreno personal con una persona que procede de un ámbito político y social tan poco claro.

– ¿Y a él qué le importa mi vida personal? -preguntó Nóvikov.

– ¡Exactamente! -le secundó Guétmanov-. Son vestigios de 1937, hay que tener cierta amplitud de miras. Pero no malinterprete lo que acabo de decirle. Neudóbnov es un hombre extraordinario, de una honestidad cristalina, un comunista inflexible de mentalidad estaliniana. Pero tiene un pequeño defecto: no ve los gérmenes de lo nuevo, no es sensible a los cambios. Lo importante para él son las citas de los clásicos. A veces parece tan atiborrado de citas que no sabe entender el Estado donde vive. Pero la guerra nos está enseñando muchas cosas. El teniente general Rokossovski, el general Gorbátov, el general Pultus, el general Belov…, todos estuvieron en algún campo. Y eso no ha impedido que el camarada Stalin les haya asignado cargos de responsabilidad. Mitrich, el hombre al que he ido a ver hoy, me ha explicado que a Rokossovski lo sacaron del campo para ponerlo directamente como comandante del ejército: estaba en el lavadero del barracón lavando sus polainas cuando llegaron a buscarlo corriendo: ¡rápido, rápido! «Bueno», pensó, «no me dejan ni terminar de lavarme las calzas.» el día antes le habían magullado un poco durante un interrogatorio, y ahora le metían en un Douglas en vuelo directo al Kremlin. Debemos sacar conclusiones de historias como éstas. Pero nuestro Neudóbnov es un entusiasta de los métodos de 1937, un dogmático, y nada le hará cambiar. Ignoro qué hizo el hermano de Yevguenia Nikoláyevna, pero tal vez el camarada Beria también hoy lo habría liberado y estaría al mando de algún ejército… En cuanto a Krímov, él ahora está en el frente. Tiene su carné del Partido, su actitud es intachable. Así que ¿dónde está el problema?

Pero fueron precisamente esas últimas palabras las que hicieron explotar a Nóvikov.

– ¡Me importa un bledo! -dijo sorprendido por el estruendo y la energía de su voz-. Me trae sin cuidado si Sháposhnikov era un enemigo o no. ¡No tengo la menor idea! en cuanto a Krímov, Trotski dijo de uno de sus artículos que era puro mármol. Y a mí me importa un comino. Si es mármol, es mármol. Y si era el ojito derecho de Trotski, Ríkov, Bujarin, Pushkin, ¿a mí qué más me da? ¿Es que tiene que ver con mi vida? Yo no leo sus artículos de mármol. Y Yevguenia Nikoláyevna, ¿es que ella tiene algo que ver? ¿Acaso trabajó en el Komintern hasta 1937? Dirigir sabe hacerlo todo el mundo, camaradas, pero intentad combatir un poco y cumplir con vuestro trabajo. ¡Estoy hamo de todo eso! ¡Me pone enfermo!