Exigí Los Beatles. Será tu grabadora y todo lo que tú quieras, pero yo tengo ganas de oír a los cabrones Beatles,Strawberry Fields es la mejor canción de la historia del mundo, defendí mis gustos, así, con vehemencia, ¿y para qué coño me llamaste? Dulcita, dijo él. Era tan flaco que a veces parecía que no iba a poder hablar y la nuez se le movió, como si tragara algo. Sí, ¿y qué más? Dulcita que se va. Se va, me dijo, y de pronto no supe para dónde carajos se iba a ir: para su casa, para la escuela, para la luna o para la Loma del Burro, cuando me di cuenta de que el único burro allí era yo; se va es irse, pirarse, partir raudo y veloz, ir echando, con un solo destino: Miami. Se va es no volver. ¿Pero cómo es eso, compadre? Ayer por la noche me llamó por teléfono y me lo dijo. Desde que me pelee con ella casi no la veo, a veces me llama, o yo la llamo, seguimos siendo buenos socios a pesar de la mierda que le hice con Marián, y me lo dijo: Me voy.
La luz de la tarde entraba por la ventana y pintaba de amarillo el cuarto.Strawberry Fields era ahora una canción triste y nos miramos sin hablar. ¿Hablar de qué? Dulcita era la mejor de todos nosotros, la defensora de los humildes y los menesterosos, le decíamos para joderla, la única que oía a los demás y a la que todos queríamos porque sabía querer, era igual que nosotros, y de pronto se va. Tal vez nunca la volveríamos a ver para decir, Pero, coño, qué buena está Dulcita, ni le podríamos escribir, ni le podríamos hablar, casi ni la podríamos recordar, porque se va y el que se va está condenado a perderlo todo, hasta el espacio que ocupa en la memoria de los amigos. ¿Pero por qué se va? No sé, me dijo, no se lo pregunté: eso no importa, tú, lo que importa es que se va, me dijo y se puso de pie y se paró contra la ventana y la claridad no me dejaba verle la cara cuando me dijo, Qué mierda, ¿no?, se va, y supe que en aquel momento él podía llorar y estaba muy bien que llorara, porque ya hasta los recuerdos estarían incompletos, y entonces me dijo: Esta noche voy a verla. Yo también, le dije. Pero nunca la vimos: la madre de Dulcita nos dijo, Ella está enferma, está durmiendo, pero sabíamos que ni dormía ni estaba enferma. Es que se va, pensé, y viví mucho tiempo sin entender por qué: Dulcita, la perfecta, la mejor, aquella mujer que tantas veces demostró ser un hombre, un hombre a todo. Caminamos de regreso, callados como dolientes, y después de atravesar la Calzada recuerdo que el Flaco me dijo: Mira qué bonita está la luna.
El Conde siempre había pensado que le gustaba aquel barrio: el Casino Deportivo había sido totalmente construido en los años cincuenta para una burguesía incapaz de llegar a fincas y piscinas, pero dispuesta a pagar el lujo de tener una habitación para cada hijo, un portal agradable y un garaje para el carro que no iba a faltar. La diáspora de la mayor parte de los moradores originarios y el paso de los años no habían conseguido, todavía, variar demasiado la fisonomía de aquel reparto. Porque es un reparto, no un barrio, se rectificó el Conde cuando el auto avanzó por la calle Séptima, en busca de la intercepción con la Avenida de Acosta, y notó que allí oscurecía sosegadamente, sin cambios bruscos, y no había ventolera, como si las contingencias e impurezas de la ciudad estuviesen prohibidas en aquel coto pasteurizado casi completamente ocupado por los nuevos dirigentes de los nuevos tiempos. Las casas seguían pintadas, los jardines cuidados y loscar-porsh ocupados ahora por Ladas, Moskovichs y Fiats polacos de reciente adquisición, con sus cristales oscuros y excluyentes. La gente apenas caminaba por la calle, y los que lo hacían andaban con la calma dada por la seguridad: en este reparto no hay ladrones, y todas las muchachas son lindas, casi pulcras, como las casas y los jardines, nadie tiene perros satos y las alcantarillas no se desbordan de mierda y otros efluvios coléricos. Allí el Conde había asistido a algunas de las mejores fiestas de su época del Pre: siempre había un combo, los Gnomos, los Kent, los Signos, y siempre se bailaba rock, nunca ruedas de casino ni nada de música latina, y las fiestas no terminaban a botellazo limpio, como en su barrio, pendenciero y mal pintado. Sí, era un buen lugar para vivir, dijo, cuando vio la casa de dos plantas -linda también, y pintada y con jardincito podado- donde vivía Caridad Delgado.
La madre de Lissette tenía el pelo rubio, casi blanco, aunque muy cerca del cráneo se descubría su persistente color: un castaño oscuro que tal vez ella consideraba demasiado vulgar. El Conde sintió deseos de tocárselo: había leído que, al morir, el pelo de Marylin Monroe, después de tantos años de decoloraciones implacables para forjar aquel rubio perfecto e inmortal, parecía un manojo de paja reseca por el sol. El de Caridad Delgado, sin embargo, lograba lucir vivo, resistente. La cara no; a pesar de los consejos que regalaba a las demás mujeres y que ella misma debía de practicar con un fanatismo pertinaz, sus cincuenta años eran algo inocultable: la piel de los carrillos había comenzado a plegarse desde el borde mismo de los ojos y ya a la altura del cuello la cascada de pliegues formaba una bolsa blanda, irreverente. Pero debió de haber sido una mujer hermosa, aunque era mucho más pequeña de lo que aparentaba en la televisión. Para demostrarle al mundo y a sí misma que todavía quedaban glorias, y que «la belleza y la felicidad son posibles», llevaba un pullover sin ajustadores a través del cual se marcaban, amenazantes aún, unos pezones rollizos, como chupetes para niños.
Manolo y el Conde entraron en la sala de la casa y, como siempre, el teniente comenzó su inventario de utilidades.
– Siéntense un momento, por favor, voy a traerles café, ya debe de estar colando.
Un equipo de música con dos bailes relucientes y una torre giratoria para guardar los casetes y los compactos; televisor en colores y vídeo marca Sony; lámparas ventilador en cada techo; dos dibujos firmados por Servando Cabrera en los que se veía la lucha de dos torsos y grupas: en uno la penetración victoriosa discurría frente a frente y con honestidad, mientras que en el otro se lograbaper angostan viam; los muebles de mimbre, de una rusticidad estudiada, no eran de la estirpe común que desde el lejano Viet Nam había llegado a las tiendas. El conjunto era agradable: heléchos que pendían del techo, cerámicas de diversos estilos y un pequeño barcito de ruedas en el que el Conde descubrió, acongojado y envidioso, una botella de Johnny Walker (Black Label) cargada hasta los hombros y una garrafa de un litro de Flor de Caña (añejo), que parecía desbordarse en su inmensidad. Así cualquiera es bello y tal vez hasta feliz, se dijo, cuando vio regresar a Caridad con una bandeja sobre la que temblaban tres tazas.
– No debería tomar café, estoy alteradísima, pero el vicio me consume.
Le entregó las tazas a los hombres y ocupó una de las butacas de mimbre. Probó su café, con la tranquilidad que incluye levantar el dedo índice en el que brillaba una sortija de platino con un coral negro engarzado. Dio varios sorbos y suspiró:
– Es que tuve que escribir hoy mi artículo del domingo. La secciones fijas son así, lo esclavizan a uno; quieras o no tienes que escribir.
– Claro -dijo el Conde.
– Bueno, ustedes dirán -se preparó después de abandonar la taza.
Manolo se inclinó para devolver también su taza a la bandeja y se quedó anclado en el borde de la butaca, como si pensara levantarse en cualquier momento.
– ¿Desde cuándo Lissette vivía sola? -empezó, y aunque desde su posición el Conde no podía verle la cara, sabía que sus pupilas, fijas en las de Caridad, empezaban a unirse, como arrastradas por un imán oculto tras el tabique de la nariz. Era el caso de bizquera intermitente más singular que el Conde hubiese visto.
– Desde que se graduó en el Pre. Ella siempre fue muy independiente, bueno, estudió becada muchos años, y el apartamento estaba vacío desde que su padre se casó y se mudó para Miramar. Entonces, cuando empezó la universidad, ella quiso irse para Santos Suárez.