– Oye, oye, Conde -el Flaco movió las manos, como uncoach que trata de detener a un corredor peligrosamente impulsado hacia un out suicida-, es verdad lo que tú dices, pero es verdad también que no había hippies porque los fumigaron… No quedó ni uno.
– No éramos tan distintos, Conde -entró entonces Andrés y negó con la cabeza cuando el Flaco fue a entregarle la botella-. Las cosas eran distintas, eso sí, no sé si más románticas o menos pragmáticas, o a nosotros nos llevaban más recio, pero yo creo que al final la vida nos pasa por arriba a todos. A ellos y a nosotros.
– Óyelo cómo habla: cosas pragmáticas -y se rió el Conejo.
– No jodas, Andrés, así tampoco, qué por arriba ni por arriba. Tú has hecho lo que te dio la gana y si no fuiste pelotero es por mala suerte -dijo el Flaco, que todavía recordaba el día que Andrés se hizo aquel esguince que lo sacó de su mejor campeonato. Fue una verdadera derrota tribaclass="underline" con la lesión de Andrés terminaron todas las ilusiones de tener un socio en eldugout de los Industriales, sentado entre Capi-ró y Marquetti.
– No te creas eso. A ti mismo, ¿qué coño es lo que te ha pasado? A mí tú no me engañas, Carlos: estás jodido, te jodieron. Y yo que camino también estoy jodido: no fui pelotero, soy un médico del montón en un hospital del montón, me casé con una mujer que también es del montón y trabaja en una oficina de mierda donde se llenan papeles de mierda para que se limpien con ellos en otras oficinas de mierda. Y tengo dos hijos que quieren ser médicos igual que yo, porque mi madre les ha metido en la cabeza que un médico es «alguien». No me hagas cuentos, Flaco, ni me hables de realizaciones en la vida ni un carajo; nunca he podido hacer lo que me ha dado la gana, porque siempre había algo que era lo correcto hacer, algo que alguien decía que yo debía hacer y yo lo hice: estudiar, casarme, ser buen hijo y ahora buen padre… ¿Y las locuras, y los errores, y las cagazones que uno debe formar en la vida? Oye, y esto no es descarga de borrachera. Mírame cómo estoy… No, no me hagas cuentos que hasta ustedes mismos me dijeron que si estaba loco cuando me enamoré de Cristina, porque ella tenía diez años más que yo y porque había tenido diez maridos o no sé cuántos y porque hacía locuras y tenía que ser una puta y que cómo le iba a hacer eso a Adela, que era del Pre y era decente y era buena gente… ¿Ya no se acuerdan de eso? Pues yo sí, y cada vez que me acuerdo me parece que fui el gran comemierda por no haberme montado en una guagua y haber salido a buscar a Cristina donde estuviera metida. Al menos me hubiera equivocado en grande una vez en mi vida.
– Demasiada lucidez -dijo entonces el Conde-. Este está peor que yo.
El Conde, el Flaco y el Conejo miraban a Andrés como si el que hablara no fuera éclass="underline" Andrés el perfecto, el inteligente, el equilibrado, el triunfador, el sosegado, el seguro Andrés que siempre habían creído conocer y que, definitivamente, parecía ahora que nunca lo hubieran conocido.
– Estás en nota -dijo entonces el Flaco, como tratando de salvar la imagen de su Andrés y hasta la suya propia.
– Algo anda mal en el reino de Dinamarca -sentenció el Conejo y bajó otro trago de ron. El vaso, al chocar contra la mesa, denunció el silencio que había caído sobre el comedor.
– Sí, es mejor decir que estoy borracho -sonrió Andrés y pidió más ron para su vaso-. Así todos nos quedamos tranquilos pensando que esta vida no es una mierda como dicen las canciones de los borrachos.
– ¿Qué canciones? -soltó el Flaco, tratando de buscar meandros más propicios a la conversación. Sólo el Conde sonrió, amargamente.
– Y hoy cuando salí del Pre me acordé de Dulcita. ¿Te acuerdas, Flaco, cuando te dijo que se iba?
Carlos pidió más ron y miró al Conde.
– No me acuerdo -susurró-. Echa más ron, no seas sicatero.
– ¿Y ustedes se han puesto a pensar qué hubiera pasado si Andrés no se jode la pata en aquel juego y si se casa con Cristina, y si tú, Conde, no te hubieras metido a policía y hubieras sido escritor, y si tú, Carlos, hubieras terminado la universidad y fueras ingeniero civil y no hubieras ido a Angola, y a lo mejor hasta te hubieras casado con Dulcita? ¿Ustedes se han puesto a pensar que nada puede volver a hacerse otra vez y lo que se hizo ya es irremediable? ¿No se han puesto a pensar que a veces es mejor no pensar? ¿No se han puesto a pensar tampoco que esta hora es del carajo para poder comprar otro litro de ron y que a estas alturas ya Cristina debe de tener las tetas caídas? Nada, es mejor no pensar ni cojones… Dame acá lo que queda en la botella, anda. Y me cago en la madre del que vuelva a pensar.
– No, no se preocupe, no muerden. No, no tengo clases hasta por la tarde -dijo Dagmar y trató de sonreírle, indecisa entre el bochorno de aquel recibimiento de ladridos y colmillos desenvainados y el orgullo de propietaria de perros tan trabajadores. El Conde la encontró en el portal, desafiando el viento, esperándolo como una novia que otea en el horizonte el barco en que volverá su amado. Los dos perros satos, feos y urgidos de mostrar su eficiencia, fueron espaciando sus ladridos alardosos mientras movían las colas y se esfumaba su pretendida fiereza. Lo invitó a pasar y le señaló un sofá donde el Conde comprendió que se hundía, sin remedios, como en un pantano sin fondo. Se sintió inferior y diminuto bajo el puntal, ahora más remoto, de aquella casona de La Víbora, ventilada y umbrosa-. Sí, es verdad, desde que Lissette entró a trabajar en el Pre me cayó bien y creo que éramos amigas. Por lo menos yo me sentía su amiga y me afectó mucho…
El Conde la dejó respirar y se alegró, en ese instante, de haber enviado a Manolo a entrevistarse con el médico forense. Si a esas alturas hubiera podido superar su fobia perruna, el sargento habría atacado de nuevo en un momento así. Mientras esperaba, el Conde volvió a recordar que era viernes. Al fin viernes, había dicho al abrir los ojos esa mañana y descubrir que, milagrosamente, todo estaba en orden y sin dolores dentro de su cabeza. Salvo las ideas.
Cuando parecía que el descenso blando al fin terminaba y las nalgas del policía anclaban sobre un muelle superviviente del peso de mil sentadas, el Conde le sonrió. Ella lo imitó, como disculpándose por su discurso de recibimiento, y cuando sonreía casi lograba ser una mujer hermosa. Dagmar tenía unos treinta años pero conservaba la levedad de una adolescente que todavía no ha ajustado sus proporciones: la boca grande y los dientes como en pleno crecimiento, las cejas pobladas hacia el puente de la nariz y cierta incongruencia de brazos y piernas demasiado largas para el tórax escuálido y mal tetado.
– ¿Qué sabe usted de la vida íntima de Lissette? ¿Con quién salía, quién era su novio ahora?
– Bueno, teniente, de eso creo que no sé mucho. Yo estoy casada y tengo un niño y en cuanto termino las clases salgo para acá corriendo, usted sabe. Pero ella era una muchacha, cómo decirle, nada, una muchacha moderna, no una mujer complicada como yo. Yo conocí a un novio que ella tuvo, Pupy, pero ellos se habían peleado, aunque él seguía dándole vueltas y a cada rato la recogía en el Pre en la moto que él tiene. Es un muchacho muy bien parecido, la verdad. Y, no sé qué más… Ahora que lo pienso, ella casi no hablaba de eso.
– ¿Ella salía con un hombre mayor, más o menos de unos cuarenta años o así?
Dagmar dejó de sonreír. Se acarició la frente con sus dedos largos, como si quisiera aliviar un dolor repentino o controlar un tránsito imprevisto de ideas.
– ¿Quién le dijo eso?
– Caridad Delgado, la madre de Lissette. Ella se lo comentó, pero no le dijo quién era.
Dagmar volvió a sonreír y miró hacia el fondo lejanísimo de la casa. Además de su estructura, al Conde le resultó incongruente el exceso de responsabilidad que destilaba la jefa de cátedra.