– Entonces tengo que creer que eres policía. Policía de la policía, de los que tiran tiros y te meten preso y te ponen multas por mal parqueo. Cuéntame quién eres para poder creerte.
Había una vez, hace algún tiempo, un muchacho que quería ser escritor. Vivía tranquilo y feliz en una posesión no muy apacible, ni siquiera hermosa pero que desde niño aprendió a querer, no lejos de aquí, dedicado, como todo muchacho feliz, a jugar pelota por las calles, a cazar lagartijas y a ver cómo su abuelo, a quien quería mucho, preparaba gallos de pelea. Pero todos los días de su vida soñaba con ser escritor. Primero quiso ser como Dumas, el papá, el de verdad, y escribir algo tan fabuloso comoEl Conde de Montecristo, hasta que se peleó para siempre con el infame Dumas porque había escrito una continuación de aquel libro alentador, la tituló La mano del muerto, donde mata todo lo bello que creó en su primera historia: es una venganza muy mezquina contra toda la felicidad concedida a Mercedes y Edmundo Dantés. Pero el muchacho insistió y buscó otros ideales, que se fueron llamando Ernest Hemingway, Carson McCullers, Julio Cortázar o J.D. Salinger, que escribe esas historias tan escuálidas y conmovedoras, como la de Esmé o los tormentos de los hermanos Glass. Pero la historia de nuestro muchacho es como la biografía de todos los héroes románticos: la vida comenzó a ponerle pruebas que debía vencer, y no siempre las pruebas venían en forma de dragón, de Grial perdido o de identidades trastocadas, algunas vinieron vestidas con los lazos de la mentira, otras escondidas en la profundidad de un dolor incurable, otras como un jardín con senderos que se bifurcan y él se ve obligado a tomar el camino inesperado, que lo aleja de la belleza y la imaginación y lo lanza, con una pistola en la cintura, al mundo tenebroso de los malos, sólo de los malos, entre los que debe vivir creyendo que él es el bueno encargado de restablecer la paz. Pero el muchacho, que ya no es tan muchacho, sigue soñando que alguna vez saldrá de la trampa del destino y regresará al jardín original y recuperará el sendero soñado, pero mientras, va dejando atrás afectos que se le mueren, amores que se le pudren, y días, muchos días, dedicados a caminar por las alcantarillas inmundas de la ciudad, igual que los héroes de Los misterios de París. El muchacho está solo. Para no estar tan solo visita siempre que puede a un amigo que vive en una buhardilla húmeda y fría, de la que no puede salir porque está paralítico desde que los malos lo hirieron en una guerra. Era un gran amigo, ¿sabes? Era el mejor amigo, un verdadero caballero que había vencido en muchas cruzadas y que únicamente puede ser doblegado cuando lo hieren a traición, después de tenerlo atado y amordazado. Pues va a ver a su amigo, cada noche, y habla con él de las aventuras que va viviendo día a día, de los entuertos que ha debido desfacer, y a contarle sus felicidades y sus pesares… Hasta que un día le cuenta que quizás haya encontrado a una Dulcinea -y de La Víbora, no del lejano Toboso- y que otra vez está soñando con escribir y, más que soñando, está escribiendo, de sus recuerdos felices y de sus noches de angustias, sólo porque el halo mágico del amor en que lo ha envuelto aquella princesa que es su Dulcinea es capaz de devolverlo a lo soñado, a lo más entrañable… Y el final de la historia debe ser feliz: el muchacho, que ya no es tan muchacho, sale un día a oír música con su Dulcinea y atraviesan toda la ciudad, iluminada, llena de gentes sonrientes y amables que los saludan porque respetan la felicidad de los otros, y pasan la noche bailando, hasta que, al dar las doce campanadas, él le confiesa que la quiere, que sueña con ella más que con la literatura o con los horrores del pasado, y ella le dice que también lo ama y desde entonces viven juntos y felices y tienen muchos hijos y él escribe muchos libros… Ah, eso es si no interviene el genio del mal y con las doce campanadas Dulcinea huye, para siempre, sin dejar tras de sí ni siquiera un zapato de cristal. Y él entonces se preguntará: ¿qué pie calzará ella? Y ahí termina esta historia singular.
– ¿Qué hay de verdad en lo que me contaste?
– Toda la verdad.
Ella aprovechó la pausa que hacen los músicos y le preguntó, mirándolo a los ojos. El sirve ron en los dos vasos y agrega hielo y cola en el de ella. El nivel de las luces ha descendido y el silencio es un alivio difícil de asumir. Todas las mesas del club están ocupadas y los rayos ambarinos de los reflectores tiñen la nube de humo que flota contra el techo, en busca de un escape imposible. El Conde observa aquellas aves nocturnas convocadas por el alcohol y un jazz demasiado estridente y rumboso para su gusto preciso en cuestiones de jazz: de Duke Ellington a Louis Armstrong, de Ella Fitzgerald a Sarah Vaughan, su clasicismo sólo le ha permitido incorporar muy recientemente -a instancias del entusiasmo del Flaco- a Chick Corea con Al Dimeola y un par de números de Gonzalo Rubalcava Jr. Pero el lugar tiene, con sus medias luces y sus brillos discretos, una magia tangible que complace al Conde: le gusta la vida nocturna y en el Río Club todavía se puede respirar una atmósfera bohemia y de caverna para iniciados que ya no existe más en otros sitios de la ciudad. Sabe que el alma profunda de La Habana se está transformando en algo opaco y sin matices que lo alarma como cualquier enfermedad incurable, y siente una nostalgia aprendida por lo perdido que nunca llegó a conocer: los viejos bares de la playa donde reinó el Chori con sus timbales, las barras del puerto donde una fauna ahora en extinción pasaba las horas tras un ron y junto a una victrola cantando con mucho sentimiento los boleros del Benny, Vallejo y Vicentico Valdés, la vida disipada de los cabarets que cerraban al amanecer, cuando ya no se podía soportar un trago más de alcohol ni el dolor de cabeza. Aquella Habana del cabaret Sans Souci, del Café Vista Alegre, de la Plaza del Mercado y las fondas de chinos, una ciudad desfachatada, a veces cursi y siempre melancólica en la distancia del recuerdo no vivido ya no existía, como no existían las firmas inconfundibles que el Chori fue grabando con tiza por toda la ciudad, borradas por las lluvias y la desmemoria. Le gusta el Río Club para su encuentro definitivo con Karina y lamenta que no haya un negro con frac al piano insistiendo en tocarSegún pasan los años.
– ¿Vienes mucho a este lugar?
Karina se acomoda el pelo y hace con su vista un paneo del ambiente.
– A veces. Más por el lugar que por lo que se oye. Soy una mujer nocturna, ¿sabes?
– ¿Qué quiere decir eso?
– Eso mismo: que me gusta vivir la noche. ¿A ti no? De verdad debí haber sido músico y no ingeniera. No sé todavía por qué soy ingeniera y me acuesto temprano casi todos los días. Me gusta el ron, el humo, el jazz y vivir la vida.
– ¿Y la marihuana?
Ella sonríe y lo mira a los ojos.
– Eso no se le responde a un policía. ¿Por qué me dices eso?
– Estoy obsesionado con la marihuana. Tengo un caso en el que hay una mujer muerta y marihuana.
– Me da miedo que todo eso que me contaste sea verdad.
– Y a mí me espanta. ¿Es posible después de todo un final feliz? Yo creo que el muchacho se lo merece.
Ella toma un sorbo pequeño de su trago y se decide a coger un cigarro de la cajetilla de él. Lo enciende pero sin absorber el humo. Desde la barra llega ahora el sonido de maracas de una coctelera batida con sabiduría. El Conde respira el calor nítido de una mujer dispuesta y debe secarse sudores imaginarios acumulados en su frente.
– ¿No vas muy rápido?
– Voy a mil. Pero no puedo parar…
– Un policía -dice ella y sonríe. Como si fuera difícil de creer que existieran policías-. ¿Por qué eres policía?
– Porque en el mundo hacen falta también los policías.
– ¿Y te gusta serlo?
Alguien mantiene abierta por unos segundos la puerta de entrada y la luz platinada de los faroles callejeros irrumpe en la penumbra del club.