– No dejes de venir, Conde.
– Seguro, pero cuídese, maestro, que de los buenos quedamos pocos -dijo el Conde y retuvo en la suya la mano del viejo lobo. Aunque reconoció la mancha de nicotina entre los dedos, oscureciendo incluso las uñas, aquélla no era ya la mano fuerte que conocía y eso lo alarmó-. Maestro, hoy me di cuenta de que nunca habíamos hablado fuera de la Central. Qué desastre, ¿no?
– Desastres de policía, Conde. Pero hay que asumirlos. Aunque te des cuenta de que no hay policía que sea feliz, que eres un tipo en el que nadie confía y al que a veces hasta tus propios hijos te tienen miedo por lo que representas, aunque se te destrocen los nervios y te quedes impotente a los cincuenta años…
– ¿Qué cosa tú estás diciendo? -lo interrumpió la mujer, tratando de no llegar al regaño-. Estáte tranquilo, anda.
– Desastres de policía, maestro. Nos vemos por ahí -dijo el Conde y soltó la mano del capitán. Ahora el hospital olía a sufrimiento y también a muerte.
– Vamos para el Zoológico -ordenó el Conde al entrar en el carro, y Manolo no se atrevió a preguntar: ¿quieres ver los monos? Sabía que el Conde iba herido y levantó la capa para dejarlo pasar. Encendió el motor, salió a la Avenida 26 y cubrió lentamente las pocas cuadras que lo separaban del Parque Zoológico-. Arrima debajo de una mata que dé sombra.
Dejaron atrás los patos, los pelícanos, los osos y los monos y Manolo detuvo el carro a la vera de un álamo antiquísimo. El viento del sur seguía batiendo y entre el follaje del parque se escuchaba su silbido pertinaz.
– Se muere Jorrín -dijo el Conde y prendió un cigarro con la colilla del que venía fumando. Se observó entonces los dedos y se preguntó por qué a él no se le manchaban con la nicotina.
– Y tú te vas matar si sigues fumando así.
– No jodas, Manolo.
– Allá tú, compadre.
El Conde miró hacia su derecha el grupo de niños que observaban a los leones flacos y envejecidos que apenas se decidían a caminar, fatigados por la brisa caliente. El aire olía a meadas viejas y a mierda joven.
– Estoy perdido, Manolo, porque creo que ni Pupy ni el director tuvieron que ver con lo que pasó el martes por la noche.
– Mira, Conde, déjame decirte…
– Dale, dime, que para eso estamos aquí.
– Bueno, el director tiene una buena coartada y parece que la puede mantener. Es la palabra suya y la de su mujer, si es que la mujer la confirma. Y si de verdad Pupy no fue el que se acostó con Lissette la noche que la mataron, ¿qué queda entonces? La fiesta: ron, música, marihuana. Por ahí está la cosa, ¿no?
– Tiene que estar, pero ¿cómo vamos a encontrar la punta de la madeja? ¿Y si Pupy nos engañó? No creo que haya tenido tiempo para preparar una coartada con tanta gente, pero tampoco hay mucha gente con sangre del grupo O y fue alguien del grupo O el último que estuvo con ella.
– ¿Quieres que le apriete un poco más las tuercas?
El Conde lanzó el cigarro por la ventanilla y cerró los ojos. Una imagen de mujer bailando en la penumbra vino a su mente. Movió la cabeza, como tratando de espantar aquella sombra feliz e inapropiada. No quería mezclar su posible felicidad con la sordidez de su trabajo.
– Déjaselo un rato a Contreras y después nosotros lo exprimimos otra vez hasta que suelte jugo… Y también vamos a comprobar hasta el último minuto la historia del director. El va a saber lo que es tener miedo…
– Oye, Conde, ¿y qué tú crees del turista mexicano que fue novio de Lissette? Mauricio, ¿no?
– Sí, eso dijo Pupy… Y la marihuana es de Centroamérica o de México. ¿Se la habrá dejado el mexicano ese?
– Conde, Conde -se alarmó entonces Manolo, y dio incluso un golpe sobre el timón-. ¿Y si el mexicano volvió?
El teniente afirmó con la cabeza. Claro que para algo le servía Manolo.
– Sí, sí, también puede ser. Hay que hablar con Inmigración. Hoy mismo. Pero mientras tanto yo voy a hacer otro intento de encontrar la punta de la madeja… Marihuana: no sé por qué, pero estoy seguro de que por ahí tenemos que llegar. Bueno, arranca este cacharro. Este zoológico huele a amoniaco. Además, toda la vida los zoológicos me han caído como una patada en el culo. Vamos a llamar a la Dirección de Inmigración y después seguimos para la costa.
El mar, como el enigma de la muerte o los desafueros del destino, siempre provocaba una fascinación magnética en el espíritu de Mario Conde. Aquel azul inmenso, oscuro, insondable, lo atraía de un modo enfermizo y amable a un tiempo, como una mujer peligrosa de la que no se quiere escapar. Otros, antes que él, sintieron los mismos efluvios de aquella seducción irremediable y por eso lo habían, la habían, llamado la mar. Nada en su memoria vital tenía relación alguna con el mar: había nacido en un barrio bien enterrado en el fondo de la ciudad, árido y miserable, pero tal vez su conciencia de isleño, heredera del remoto origen insular de su tatarabuelo Teodoro Altarriba, alias el Conde, un canario estafador que cruzó todo un océano en busca de otra isla alejada de acreedores y policías, se despertaba con la sola visión del agua y las olas, del horizonte preciso donde ahora tenía colgados los ojos, como si quisiera ver algo más allá de aquel límite engañoso, que parecía ser la linde última de todas las posibilidades. Sentado, frente a la costa, el Conde volvía a pensar en la rara perfección del mundo, que dividía sus espacios para hacer más compleja y cabal la vida y, a la vez, separar a los hombres y hasta a sus pensamientos. En una época aquellas ideas y la fascinación por el mar tuvo que ver con los deseos de viajar y conocer y volar sobre los otros mundos de los cuales estaba separado por el mar -Alaska, con los exploradores y trineos, Australia, la Borneo de Sandokán-, pero hacía ya muchos años que se había acostumbrado a su destino de hombre anclado y sin viento a favor. Se conformaba, entonces, con soñar -sabiendo que sólo soñaba- que alguna vez viviría frente al mar, en una casa de madera y tejas siempre expuesta al olor de la sal. En aquella casa propicia escribiría un libro -una historia simple y conmovedora sobre la amistad y el amor- y dedicaría las tardes, después de la siesta -que tampoco había escapado a sus cálculos- en el largo portal abierto a las brisas y terrales, a lanzar unos cordeles al agua y a pensar, como ahora, con las olas batiéndole los tobillos, en los misterios de la mar.
La frialdad del agua y la persistencia del viento, menos caliente en la costa, las olas incansables y el sol que ya descendía hacia un rincón del horizonte, tal vez habían ahuyentado a los fieles, y en la agresiva playa de rocas, marginal y abandonada como sus clientes habituales, el Conde no encontró la colonia de friquis que había imaginado. En el agua dos parejas insistían en hacer el amor a temperatura y ritmo inapropiados y, junto a unos arbustos, conversaba un grupo de muchachos, todos flacos como perros sin dueño.
– ¿Serán friquis?, ¿eh, Conde? -le preguntó Manolo cuando el teniente salió del mar y regresó a la roca.
– A lo mejor. No es un buen día para venir a bañarse. Pero sí para venir a filosofar.
– Los friquis no son filósofos, Conde, no me vengas con ésa.
– A su manera sí, Manolo. No quieren cambiar el mundo, pero tratan de cambiar la vida, y empiezan por la de ellos mismos. No les importa nada, o casi nada, y ésa es su filosofía y tratan de convertirla en praxis. Por mi madre que suena a sistema filosófico.
– Hazle ese cuento a los friquis. Oye, ¿y los friquis no son hippies?
– Sí, pero posmodernos.
Manolo le entregó los zapatos a su jefe y se sentó junto a él, también de cara al mar.
– ¿Qué pensabas encontrar aquí, Conde?
– De verdad no lo sé, Manolo. Quizás una razón para fumar marihuana o soplarse una raya de coca y sentir que la vida es más leve. Cuando me siento así, a mirar el mar, a veces pienso que estoy viviendo una vida equivocada, que todo es una pesadilla, y estoy a punto de despertarme, pero no puedo abrir los ojos. Qué mierda, ¿no?… De verdad me gustaría hablar con estos friquis, pero sé que no me van a decir nada.