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– ¿Hacemos el intento?

El Conde miró a los muchachos de la costa y a las parejas que permanecían trabadas en el agua. Con las manos trataba de secarse los pies y movía los dedos como si tocara una trompeta -o un saxofón. Decidió guardar las medias en un bolsillo y se calzó los zapatos.

– Dale, vamos.

Se pusieron de pie y buscaron el mejor camino sobre las rocas para llegar al grupo que hablaba y fumaba bajo los arbustos. Eran cuatro hombres y dos mujeres, todos muy jóvenes, mal peinados y peor comidos, pero con cierto estado de gracia en la mirada. Como todos los miembros de una secta se sentían sectarios, pues se sabían elegidos, o al menos creían saberlo. ¿Elegidos de qué o por quién? Otra cuestión filosófica, pensó el Conde, y cuando estuvo a menos de un metro del grupo, se detuvo.

– ¿Me dan candela?

Los jóvenes, que habían pretendido ignorar la presencia de los intrusos, los miraron y el del pelo más largo estiró una mano con una caja de fósforos. El Conde falló un par de intentos y al fin encendió su cigarro y devolvió los fósforos a su propietario.

– ¿Quieren fumar? -propuso entonces, y el del pelo largo sonrió.

– ¿No se los dije? -Y miró a sus compañeros-. Los policías siempre vienen con el mismo truco.

El Conde miró su cigarro como si hubiese descubierto que era especialmente bueno, y volvió a fumar.

– ¿Entonces no quieren fumar? Gracias por los fósforos. ¿Cómo supieron que éramos policías?

Una de las muchachas, de pecho sin alteraciones topográficas y piernas largas como la desesperación, levantó su cara hacia el Conde y se puso un dedo sobre la nariz.

– Eso se huele. Y ya tenemos el olfato acostumbrado… -Y sonrió, convencida de su ingenio.

– ¿Qué quieren? -preguntó entonces el Pelos Largos, en su posible función de jefe de tribu.

El Conde sonrió y se sintió extrañamente tranquilo. ¿Será el mar o que ya no me hace falta fingir?

– Hablar con ustedes -informó y se sentó, muy cerca del paladín-. Ustedes son friquis, ¿verdad?

Pelos Largos sonrió. Era evidente que se sabía todas las preguntas posibles de los seguros policías que de tanto en tanto los asediaban.

– Le propongo algo, señor policía. Como usted no tiene ningún motivo para llevarnos presos y no nos gusta hablar por gusto con los policías, le vamos a responder tres preguntas, las que usted quiera, y después se va. ¿Estamos?

Dentro del Conde se revolvió su espíritu de grupo: él también podía ser sectario y como policía no estaba acostumbrado a aceptar condiciones para hacer todas sus preguntas, a gritarlas si era preciso y a recibir todas las respuestas, pues para algo era policía y por lo pronto era su tribu la que tenía la fuerza y hasta la legalidad para reprimir. Pero se contuvo.

– De acuerdo -aceptó el Conde.

– Sí, somos friquis -afirmó Pelos largos-. La segunda.

– ¿Por qué son friquis?

– Porque nos gusta. Cada cual es libre para ser lo que quiera, pelotero, cosmonauta, friqui o policía. A nosotros nos gusta ser friquis y vivir como nos da la gana. Eso no es delito hasta que se demuestre lo contario, ¿verdad? No nos metemos con nadie y no nos gusta que nadie se meta con nosotros. No le pedimos nada a nadie, no le quitamos nada a nadie, y no nos gusta que nadie nos exija nada. Eso es democrático, ¿no le parece? Le queda una.

El Conde miró con añoranza la botella de ron calzada en un hueco de la roca. El oráculo de la democracia pasiva lo iba a vencer, limpiamente, y comprendió que por algo era el cacique natural de la horda.

– Ésta quiero que me la responda ella -y señaló a la flaca sin tetas, y ella sonrió halagada por el reclamo policial que la elevaba a roles protagónicos.- ¿Está bien?

– Está bien -admitió Pelos Largos, poniendo en práctica su autoproclamado programa democrático.

– ¿Qué esperan de la vida? -preguntó y lanzó la colilla hacia el mar. El cigarro, atrapado por el viento, realizó una parábola alta y, con un giro de boomerang, regresó a las rocas, como demostrando la imposibilidad de una huida. El Conde observó a la encuestada mientras ella pensaba su respuesta: si era inteligente, se dijo el Conde, trataría de filosofar. Tal vez' le contaría que la vida es algo que uno se encuentra sin haberlo pedido, en una época y en un lugar que son arbitrarios, con unos padres y unos familiares y hasta unos vecinos impuestos. La vida es una equivocación, y lo más triste es, pensaba el Conde que ella podría decir, que nadie puede cambiarla. Si acaso separarla de todo, ¿no?, descontaminarla de la familia, de la sociedad y del tiempo hasta el último límite posible, y por eso eran friquis.

– ¿Hay que esperar algo de la vida? -dijo al fin la flaquita y miró a su líder-. Nosotros no esperamos nada de la vida -y le pareció tan inteligente su respuesta que, como el atleta victorioso, acercó la palma de la mano a sus amigos para recibir los saludos que los otros, sonrientes, le concedieron-. Vivirla y ya -agregó mirando otra vez al intruso preguntador.

El Conde miró a Manolo, de pie muy cerca de él, y le extendió una mano para que lo ayudara en el despegue. Otra vez sobre sus dos piernas, desde arriba, observó al grupo. Demasiado calor en este país para que germine la filosofía, se dijo, mientras se sacudía sus manos sucias de arenilla y salitre.

– Eso también es mentira -dijo el teniente y entonces miró al mar-. Ni siquiera eso se puede hacer, aunque está bien que lo intenten. Pero van a sufrir cuando no lo logren. Gracias por el fuego. -Saludó al grupo con la mano y golpeó levemente la espalda de Manolo. Mientras se alejaban de la costa, por un instante el Conde pensó que tenía frío. Los misterios del mar y de la vida siempre le provocaban frío.

También él vivía en una casona vieja de La Víbora, de puntal alto y ventanales enrejados que partían desde el piso para perderse en las alturas. Por la puerta abierta se observaba un largo corredor, umbrío y fresco, ideal para los mediodías, que iba a morir en un patio con árboles. El Conde tuvo que poner un pie en el interior de la casa para llegar a la aldaba de la puerta y la dejó caer un par de veces. Regresó al portal y esperó. Una niña de unos diez años, tensa como una bailarina interrumpida en pleno ejercicio, salió de la primera habitación y miró al visitante.

– ¿José Luis está? -preguntó el teniente y la niña, sin hablar, dio media vuelta y con pasos de cuerpo de baile en retirada se perdió en el interior del caserón. Pasaron tres minutos, y cuando el Conde se disponía a repetir el toque de aldaba, vio la figura endeble de José Luis que se acercaba por el corredor. El Conde preparó una sonrisa para recibirlo.

– ¿Cómo estás, José Luis? ¿Te acuerdas de mí, en el baño del Pre?

El muchacho se pasaba la mano por el pecho desnudo y marcado por demasiadas costillas. Tal vez dudaba si debía recordarlo.

– Sí, claro. ¿Qué quería?

El Conde sacó la cajetilla de cigarros y le ofreció uno al joven.

– Me hace falta hablar contigo. Ya hace muchos años que no tengo amigos en el Pre y creo que a lo mejor tú me podrías ayudar.

– ¿Ayudar a qué?

Es desconfiado como un gato. Es un tipo que sabe lo que quiere, o por lo menos lo que no quiere, pensó el Conde.

– Tú te me pareces mucho al que era mi mejor amigo en el Pre. Le decíamos el Flaco Carlos, creo que hasta era más flaco que tú. Pero ya no es flaco.

José Luis dio un paso y salió al portal.

– ¿Qué es lo que quiere saber?

– ¿Podemos conversar aquí? -preguntó el Conde, indicando el murito que separaba el portal del jardín.

José Luis asintió y el policía fue el primero en sentarse.

– Te voy a ser franco, para que tú me seas franco también -propuso el Conde y prefirió no mirarlo para evitar una respuesta-. He hablado con varias gentes sobre la profesora Lissette. Tú y otros me hablan muy bien de ella; otras gentes dicen que era un poquito loca. No sé si tú sabes cómo la mataron: la asfixiaron cuando estaba borracha, después de haberla golpeado y de haberse acostado con ella. Además hubo alguien que fumó marihuana en su casa esa noche.