– De verdad me alegro por ti, bestia. Te hace falta una mujer y ojalá la acabes de encontrar.
El Conde abandonó en el suelo el plato que parecía fregado y se dejó caer en la cama del Flaco y observó los viejosaffiches de las paredes.
– Creo que ésta sí es. Y estoy enamorado como un perro, como un perro sato. De verdad no tengo remedio: no sé cómo puedo enamorarme así. Pero es que es linda, salvaje, y es inteligente.
– Ya estás exagerando. ¿Linda y además inteligente? Bah, estás hablando mierda.
– Te lo juro por tu madre, vaya. Que no me guarde más arroz frito si es mentira.
– Oye, asere, ¿y por qué no te la echaste?
– Me dijo que esperara, que era muy pronto…
– Tú ves, no puede ser inteligente. ¿Resistir el asedio feroz de un tipo tan lindo y brillante y buen bailador como tú? Lo que yo digo.
– Vete pal carajo, anda. Oye, Flaco, estoy más preocupado que el carajo. La otra noche, oyendo a Andrés, me quedé pensando en las cosas que dijo. Yo sé que estaba medio borracho, pero sentía lo que estaba diciendo. Y ahora me acaba de pasar algo descojonante.
– ¿Qué te pasó, mi hermano? -preguntó, uniendo las cejas. En otros tiempos, con una pregunta como aquélla hubiera movido el pie, se dijo el Conde, mientras le contaba su entrevista con José Luis.
»¿Quieres que te diga una cosa, salvaje? -dijo Carlos e interrumpió el movimiento que iba a iniciar en la silla-. Si te pones en el lugar del flaquito ese te vas a dar cuenta de que en el fondo él tiene la razón. Acuérdate de una cosa: una escuela a veces se parece a una cárcel, y el que habla pierde. De que la paga la paga. Por lo menos la fama de chivato la va a arrastrar toda la vida. ¿Tú hubieras hablado? Creo que no, la verdad. Pero sin hablar el muchacho te puso el pan en las manos: allí pasa algo o pasa todo. Lo de la marihuana, lo del lío de la profesora con el director y sabe Dios cuántas cosas más. Por eso no habló, porque sabe algo, o por lo menos se lo imagina. No es un cínico, Conde, es la ley de la selva. Lo terrible es que haya selva y que tenga ley… Tú mismo, que te pasas la vida recordando. ¿No te acuerdas que sabías lo del fraude cuando el escándalo Waterpre y te callaste como todo el mundo y hasta fuiste a algunos exámenes sabiendo ya todas las respuestas? ¿Tú no sabías que cuando fueron a pintar el Pre se robaron la mitad de la pintura y por eso no se pudieron pintar las aulas por dentro? ¿Y no te acuerdas de que ganábamos todas las banderas y todas las emulaciones en la caña porque había un contacto en el central que nos ponía arrobas que no eran de nosotros? ¿Ya se te olvidó todo eso? coño, no pareces policía. Mira, mi socio, no te puedes pasar la vida viviendo de la nostalgia. La nostalgia te engaña: nada más te devuelve lo que tú quieres recordar y eso a veces es muy saludable, pero casi siempre es moneda falsa. Pero, bueno, yo creo que nunca vas a estar preparado para vivir, por mi madre, no tienes remedio. Eres un cabrón recordador. Pero vive hoy tu vida, viejo, que tampoco es tan mala. No jodas… Oye, aunque casi nunca yo hable de eso, a veces me pongo a pensar en lo que me pasó en Angola, y me veo otra vez metido en aquel hueco debajo de la tierra, tres y cuatro días sin bañarme y comiendo un poco de arroz con sardina, durmiendo con la cara pegada a ese polvo con peste a pescado seco que hay por toda Angola, y me parece increíble que uno pueda vivir así: porque lo raro es que eso no nos mataba. Nadie se moría por eso y uno aprendía que existía algo como otra vida, como otra historia, que no tenía nada que ver con todo aquello que estaba pasando. Por eso era más fácil volverse loco que morirse, metido en aquellos huecos, sin tener la más puta idea de cuánto tiempo había que estar allí y sin ver ni una sola vez la cara de tu enemigo, que podía ser cualquiera de esas gentes que nos encontrábamos en las aldeas por donde pasábamos. Era terrible, mi hermano, y además sabíamos que estábamos allí para morirnos, porque era la guerra, y era como una rifa en la que a lo mejor, si tenías suerte, te tocaba el número de salir vivo: así de sencillo, lo más irremediable del mundo. Entonces lo mejor era no recordar. Y los que mejor resistían eran los que se olvidaban de todo: si no había agua pues no se bañaban, se pasaban tres y cuatro días sin lavarse la cara ni los dientes y comían hasta piedras si podían ablandarlas y nunca decían que esperaban cartas ni hablaban de que se iban a morir o de que se iban a salvar, sabían que se iban a salvar. Yo no, yo me puse allá como eres tú, un nostálgico de mierda, y me dio por sacar la cuenta de cómo había llegado hasta allí, de por qué carajo estaba en aquel hueco, hasta que me dieron el tiro y entonces sí me sacaron de allá abajo. Buena papeleta me tocó en la rifa, ¿no?… Yo no sé por qué me obligas a acordarme de todo eso. Claro que no me gusta acordarme porque perdí, pero cuando lo pienso, como ahora, saco dos cuentas que están muy claras: el Conejo es un comemierda si piensa que la historia se puede escribir otra vez y yo estoy jodido, como dice Andrés, pero así y todo quiero seguir viviendo y eso tú lo sabes. Y tú sabes que eres mi amigo y que me haces falta, pero que no soy tan egoísta como para querer que tú también estés jodido, aquí al lado mío. Y también sabes que no tiene sentido que te pases la vida culpando a las demás gentes y culpándote a ti mismo… A lo mejor el flaquito es un cínico, como tú dices, pero trata de entenderlo, viejo. Mira, resuelve ese caso, averigua qué pasó en el Pre y haz lo que debes hacer, aunque sea con dolor de tu alma. Después témplate a Karina y enamórate si tienes que enamorarte y goza el enamoramiento y ríete y vacila, y si se jode todo, asume el daño, pero sigue viviendo, que eso es lo que hace falta, ¿no es verdad?
– Creo que sí.
– Anjá, te espero en la escalinata del Pre, ¿a las siete? A las siete. Y no lleves el carro -le había dicho, con la intención morbosa y calculada de hacer un viaje posible a la melancolía. Al carajo el Flaco, se dijo, hacía diecisiete años que había pactado su última cita amorosa en aquel lugar que constantemente lo asaltaba desde el pasado y desde el presente, como un polo magnético de la memoria y la realidad del que no podía, ni quería, escapar. Iba dispuesto a sumergirse en una piscina desbordada de nostalgia.
Llegó a las siete menos cuarto y, entre la luz rojiza del atardecer y las lámparas del alto soportal de las columnatas, trató de esperar leyendo el periódico del día. A veces pasaban semanas sin que se detuviera a leer el periódico, apenas revisaba los titulares y lo abandonaba sin remordimientos ni dudas: nada lo atraía a gastar sus minutos devorando informaciones y comentarios demasiado evidentes. ¿Sobre qué estaría escribiendo Caridad Delgado tres días después de la muerte de su hija? Debía buscar ese periódico. El viento había amainado, ahora podía abrir las páginas del diario y no tenía nada mejor que hacer. La primera plana le advirtió que de momento el desarrollo de la zafra marchaba lento pero seguro hacia una campaña llena de logros y buenos resultados, como siempre; los cosmonautas soviéticos seguían en el espacio, implantando récords de permanencia y ajenos a las noticias alarmantes de la página de internacionales donde se hablaba del deterioro de su -antes tan perfecto-país y de la guerra mortal desatada entre armenios y azerbaiyanos; el avance del turismo en Cuba marchaba -éste sí era un verbo cabalmente complementado- a pasos agigantados, se triplicaban ya las capacidades hoteleras; por su lado, los trabajadores de la gastronomía y los servicios en la capital comenzaban ya una ardua lucha intermunicipal para ganarse el derecho a ser la sede provincial del acto por el 4 de febrero, día de los Trabajadores del ramo: para ello ponían en práctica iniciativas, mejoraban la calidad de los servicios y se esforzaban por erradicar los faltantes, aquella especie de fatalidad ontológica que al Conde le parecía una hermosa y poética manera de bautizar el más elemental de los robos. Bueno, pero el Medio Oriente seguía iguaclass="underline" cada vez peor, hasta que todo se fuera a la mierda y llegara la guerra total; la violencia crecía en los Estados Unidos; más desaparecidos en Guatemala, más muertos en El Salvador, más desempleados en la Argentina y más pobres en Brasil. Una maravilla de planeta en el que he caído, ¿no? ¿Qué importa, entre tanta muerte, la de una profesora? ¿Tendrían razón Pelos Largos y su tribu? Bueno, la selectiva de pelota avanzaba -sinónimo menos deportivo de marchar- hacia su recta final con el Habana como líder; Pipín iba a tirarle a su propia marca de inmersión apnea (y recordó que siempre se prometía buscar el significado de aquella palabra en el diccionario, tal vez habría un sinónimo menos horripilante). Cerró el periódico convencido de que todo marchaba, avanzaba o continuaba según lo previsto y se dedicó a observar la caída definitiva de la tarde, también prevista para aquel instante preciso, 18.52 minutos, horario normal. Mirando el descenso veloz del sol pensó que le gustaría escribir algo sobre el vacío de la existencia: no sobre la muerte o el fracaso o la decepción, sólo sobre el vacío. Un hombre ante su nada. Valdría la pena si lograba encontrar un buen personaje. ¿El mismo sería un buen personaje? Seguro que sí, últimamente sentía demasiada autocompasión y el resultado podía ser inmejorable: toda la oscuridad revelada, todo el vacío en un solo individuo… Pero no puede ser, se dijo, espero a una mujer y me siento bien, me la voy a templar y nos vamos a emborrachar.