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Sólo que era policía y, aunque algunas veces a él mismo no le pareciera serlo, no dejaba de pensar como un policía. Estaba en los predios de su melancolía, pero también en los dominios de Lissette Núñez Delgado, y volvió a pensar que el vacío y la muerte podían parecerse demasiado y que aquella muerte en singular, aun en un planeta lleno de cadáveres más o menos previstos, pesaba todavía como un riesgo sobre la balanza del equilibrio más necesario: el de la vida. Apenas seis días antes, tal vez sentada en ese mismo paso de la escalinata, aquella muchacha de veinticuatro años y muchas ganas de vivir pudo haber disfrutado de una puesta de sol tan rotunda como ésa, ajena a las guerras del mundo y las angustias de un nadador apneo, sólo ilusionada por unos tenis nuevos que muy pronto iba a poseer. De las esperanzas y desasosiegos de aquella persona ya no quedaba nada: si acaso el recuerdo con que marcó aquel edificio donde habitaban otros millones de recuerdos, como los suyos; si acaso la frustración amorosa y hasta la culpa posible de un director que se sintió rejuvenecer y la incertidumbre de unos alumnos que pensaban aprobar química sin mayores dificultades gracias a aquella profesora inusual. A las 18.53 ya el sol se había hundido en el fin del mundo, pero -como el recuerdo- dejaba tras de sí la luz perseverante de sus últimos rayos.

Entonces la ve avanzar bajo las majaguas en flor y siente cómo su vida se llena, igual que sus pulmones, repletos de aire y perfumes de primavera, y se olvida del vacío, de la muerte, del sol y de la nada: ella puede ser todo, piensa, mientras baja a paso doble las escalinatas del Pre para encontrarse con un beso y un cuerpo que se adhiere al suyo como una promesa del más ansiado encuentro cercano de primer tipo.

– ¿Qué tú piensas de la nostalgia?

– Que es un invento de los compositores de boleros.

– ¿Y de la inmersión apnea?

– Que es contranatura.

– ¿Y no te han dicho alguna vez que eres la mujer más linda de La Víbora?

– He oído comentarios.

– ¿Y que hay un policía bueno que te persigue?

– De eso sí me di cuenta, por los interrogatorios -dice ella y se vuelven a besar, en plena calle, con impudicia de adolescentes en estado de ebullición.

– ¿Te gusta que te enamoren en los parques?

– Hace mucho tiempo que no me enamoran en un parque, ni en ningún lado.

– ¿Qué parque de La Víbora te gusta más? Escoge: el de Córdoba, el de los Chivos, cualquiera de los dos de San Mariano, el Parque del Pescao, el de Santos Suárez, el del Mónaco, el de los leoncitos del Casino, el de Acosta… Lo mejor que tiene este barrio son los parques, son los más lindos de La Habana.

– ¿Estás seguro?

– Más que seguro. ¿Por cuál te decides?

Ella lo mira a los ojos y piensa. En su mirada hay una profundidad en la que el Conde se pierde como un policía enamorado.

– Si sólo me vas a enamorar, prefiero el del Mónaco. Si estás manisuelto, el Parque del Pescao.

– Vamos al Parque del Pescao. No respondo de mí.

– ¿Y por qué no me invitas a tu casa?

Lo sorprende, se le adelanta a la invitación que no se atrevió a proponer cuando hablaron por teléfono y corrobora su sospecha de que aquella mujer es demasiado mujer y que con ella no vale la pena andar por las ramas, como un Tarzán en celo en busca de Juana.

– No te hice caso -dice ella y sonríe-. Tengo el carro parqueado en la esquina. ¿Me invitas o no? Me gusta el café que tú haces.

Las manos le tiemblan mientras ajusta las dos mitades de la cafetera. La proximidad del amor lo alarma con la misma intensidad de los viejos tiempos de las iniciaciones y entonces improvisa sobre temas apresurados que se van encadenando: los secretos del café que ha aprendido con Josefina; tenemos que ir a conocerlos, a ella y al Flaco, mi mejor amigo, no entiendo cómo no se conocen, y se asoma sobre la cafetera a ver si comenzó la colada, viven al doblar de tu casa; su preferencia por la comida china, Sebastián Wong, el padre de la china Patricia, una compañera de la Central, cocina unas sopas que son increíbles; la idea de un cuento que quisiera escribir, sobre la soledad y el vacío, vierte el primer café en la jarra donde están las dos cucharaditas de azúcar y lo bate hasta lograr una pasta ocre y acaramelada, mientras te esperaba se me ocurrió escribir algo así, hace varios días que estoy con deseos de escribir otra vez, y agrega el resto del café en la jarra y ve cómo en la superficie se forma una espuma amarilla y sin duda amarga, que sirve en las dos tazas grandes y lo anuncia, café express, cuando se sienta frente a ella, cada vez que me enamoro pienso que puedo volver a escribir.

– ¿Tan rápido te enamoras?

– A veces no me demoro tanto.

– ¿Amor a la literatura o a las mujeres?

– Miedo a la soledad. Terror pánico. ¿Está bueno el café?

Ella asiente y mira hacia la ventana y hacia la noche.

– ¿Qué sabes de la muchacha muerta?

– Poco nuevo: le pedía demasiado a la vida, era hábil y ambiciosa y cambiaba de novio como de ajustadores.

– ¿Y eso qué significa?

– Es lo que los antiguos, y algunos de los modernos, llamarían una putica.

– ¿Porque cambiaba de novio? ¿Piensas así de las mujeres? ¿Eres de los que quisiera casarse con una virgen?

– Es la aspiración secreta de todos los cubanos, ¿no? Pero ya no pido tanto: me conformo con una pelirroja.

Ella no demuestra que acepte el galanteo y termina el café.

– ¿Y si la pelirroja fuera una puta?

El sonríe y mueve la cabeza, para convencerla de que no lo ha entendido.

– Cuando dije putica es porque era putica: se podía acostar con un hombre por un par de zapatos -le explica y lamenta haberle dicho la verdad: él quiere acostarse con ella y pretende regalarle, precisamente, un par de zapatos-. Lo del cambio de novios sólo me importa ahora como policía, pueden haberla matado por eso. Los muertos no tienen vida privada.

– Es increíble, ¿no? Que puedan matar a alguien así, por cualquier cosa.

El Conde sonríe y termina su café. Enciende el cigarro que su boca le reclama con urgencia para complementar el sabor obstinado de la infusión.

– Es lo más común, que maten a alguien por cualquier cosa, sin habérselo propuesto a lo mejor. Muchas veces es un error: los criminales preferirían no llegar al asesinato, pero atraviesan la línea sin poder evitarlo. Es una reacción química en cadena… Y yo vivo de esa incontinencia. ¿No te parece triste?

Ella asiente y es la que inicia la ofensiva: extiende su mano a través de la fórmica opaca de la mesa y toma el antebrazo del hombre que parece disfrutar su tristeza y se dedica a acariciarlo. Una mujer que sabe acariciar, piensa, no es un fantasma que pasa…

– ¡He aquí que eres hermosa, oh amiga mía, he aquí que eres hermosa! ¡Tus ojos son como palomas!

Declama él, bíblico y salomónico, cuando ella, que se siente hermosa como Jerusalén, abandona el café y la silla y avanza hacia él, sin soltarle el brazo, y le acerca a la boca sus senos -«que son como gemelas de gacela, que pacen en medio de los lirios»-, para que con su mano libre él desabotone la blusa con toda su torpeza y se encuentre no ante dos gacelas, sino frente a unas tetas tibias y agrestes con dos pezones de ciruelas maduras que despiertan inquietos al primer contacto de su lengua de reptil amaestrado y se dedique a mamar, niño otra vez, en el inicio de un viaje a los orígenes de la vida y del mundo.

Pero la penetra suavemente, como si temiera deshojarla, él sentado sobre la silla, ella dócil y leve cuando él la toma por la cintura y comienza a arriarla por el asta, como una bandera sagrada que necesita protección contra la lluvia y el crepúsculo. El primer rugido de ella lo sorprende, se le arquea entre las manos como herida por una bala de plata que le partiera el corazón, pero la abraza con más fuerzas, para sentir sobre el pubis la selva negra de su triángulo insondable, y baja las manos hasta las nalgas para recorrer el surco perfecto que la divide en dos y deja que su dedo goloso corra sin prisa pero sin pausas desde el ano hasta la vulva, desde la vulva hasta el ano, transportando humedades calientes, sintiendo el grosor estimulante de la raíz de su pene, rígido y rispido en su movimiento perforador y la suavidad acolchonada de sus labios opulentos y diestros, que lo succionan como un pantano implacable, y entonces deja correr su dedo entre los pliegues del ano y siente el rugido mayor que le provoca la doble penetración que se hace triple con la lengua feroz que trata de acallarla, cuando ya todos los silencios son imposibles porque, abiertas las compuertas profundas, los ríos más escondidos de sus deseos fluyen hacia la gloria terrenal rescatada. Por la ventana abierta, las ráfagas resucitadas del viento de Cuaresma los envuelven como un abrazo cabal.

– Me vas a matar -es la frase de amor que él logra articular.

– Me estoy suicidando -es el lamento de ella, que tiembla desguarnecida, tal vez por la presencia del viento, quizás por la certidumbre física y moral de la satisfacción consumada.

Varios días después, especulando sobre las posibilidades concretas que tienen los policías de ser felices y de cambiar la vida, el teniente investigador Mario Conde empezaría a entender las dimensiones reales de aquel suicidio sobre una silla bien cabalgada, pero ahora no puede pensar, porque Karina se desmonta como si levitara y, recuperando el calzoncillo que aún cuelga de un muslo del Conde, limpia de espumas su pene y, arrodillada en penitencia, se lo traga con hambre de muchos días y ahora es el Conde quien ruge, «Cojones, coño», dice, pasmado por la hermosura que hay en la postración de la mujer de la que apenas logra ver una cabeza que afirma y afirma, con absoluto convencimiento, y un pelo rojizo que se abre en el centro de la cabeza en una raya inesperada. Mientras su pene empieza a crecer más allá de lo posible, de lo imaginable, incluso de lo permisible, el Conde siente cómo se vuelve poderoso y animal, dueño de todos sus sentidos, hasta que ejercita como un caudillo aquel poder que le ha sido dado y atrapa con sus dos manos la cabeza de la mujer y la obliga a tocar fondo, más allá del fondo, hasta que, prisionera y condenada, le vierte en la garganta una eyaculación que siente bajar desde las capas más profundas de su cerebro. Me vas a matar. Me estoy suicidando. Se besan, moribundos.