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Siempre lo infinito, lo invariable infinito, y el dilema del poder, pensó el Conde, que había entrado por última vez en una iglesia el día memorable en que tomó su primera comunión. Durante largos meses se había preparado en el catecismo dominical para aquel acto de reafirmación religiosa al cual debía ir con pleno conocimiento de causa: iba a recibir, de manos del cura, un diminuto pedazo de harina que contenía toda la esencia del gran (infinito) misterio: el alma inmortal y el cuerpo doliente de Nuestro Señor Jesucristo (con todo su poder) pasaría de su boca a su alma también inmortal, como digestión necesaria para la posible salvación o la más terrible de las perdiciones; ya él sabía, y saber lo convertía en un ser (infinitamente) responsable. Sin embargo, a los siete años el Conde creía saber mejor otras muchas cosas: que el domingo era el día en que se armaban los mejores piquetes de pelota en la esquina de la casa, o se iba a robar mangos a la finca de Genaro, o se viajaba en bicicleta -dos y hasta tres a bordo de cada una- a pescar biajacas y a bañarse al río de La Chorrera. Por eso, satisfecha con haberlo vestido de punta en blanco para que recibiera la comunión, la madre del Conde debió de escuchar después, al borde de la ira que le prohibía su misma comunión, el fallo inapelable del muchacho: quería mataperrear los domingos por las mañanas y no volvería a la iglesia.

El Conde no imaginaba que su regreso a una parroquia, casi treinta años después de su defección, le produciría aquel sentimiento de recuperación inmediata de una memoria aletargada, más que perdida: el olor cavernoso de la capilla, las sombras altas de las cúpulas, los reflejos del sol mitigados por los vitrales, los brillos tenues del altar mayor estaban allí, en el recuerdo de la parroquia pobre y diminuta de su barrio y en la presencia palpable de aquella iglesia inevitablemente lujosa de Los Pasionistas, con todo el fasto de su neogótico criollo, las cúpulas altísimas y decoradas con cielos fileteados en oro, la sensación de pequeñez humana provocada por su estructura de conducto hacia lo celestial y la profusión de imágenes hiperrealistas de estatura humana y gestos resignados que parecían dispuestas a hablar, aquella iglesia a la que había entrado, en plena misa, en busca del salvador que él necesitaba ahora mismo: Candito el Rojo.

Cuando Cuqui le dijo que Candito estaba en la iglesia, la primera reacción del Conde fue de sorpresa. Nunca se había enterado de aquella profesión de fe del Rojo, pero se alegró, pues podría conversar con él en un terreno neutral. Ya frente a la fachada de torres como exóticos pinos europeos, el policía dudó un instante sobre el destino inmediato de sus pasos: pero no lo pensó más, y prefirió esperar a Candito participando él también de la misa. Respirando el olor dócil de un incienso barato, el Conde ocupó el último banco de la iglesia y terminó de escuchar el sermón dominical de aquel cura, joven y vigoroso en sus gestos y palabras, que hablaba a los feligreses de los más altos misterios, precisamente de lo infinito y del poder, con entonaciones de buen conversador:

– La paternidad de Jesús, que revelaba la paternidad de Dios realizándola, consistía en su solidaridad fraternal. Al relacionarse desde abajo, al mismo nivel, no sólo quedaba a salvo aquel que recibía el evangelio, sino que Jesús también quedaba realizado como hermano y como hijo de Dios. De ahí la vulnerabilidad de Jesús: sus alegrías por la gente sencilla que acogían la revelación de Dios y su llanto por Jerusalén, por las autoridades que no lo reciben…

Y entonces levantó los brazos y los feligreses que colmaban la iglesia se pusieron de pie. El Conde, sintiendo que profanaba un arcano al que él mismo había renunciado, aprovechó el movimiento y escapó como un perseguido hacia la claridad de la plaza con un cigarro entre los labios y un amén en los oídos, coreado por aquellas personas felices de haber conocido, una vez más, los sacrificios de su Señor.

Quince minutos después comenzó el desfile de los creyentes. Tenían los rostros iluminados por un reflejo interior que rivalizaba con el esplendor del sol dominical. Candito el Rojo, en el último paso de la escalera, se detuvo para encender un cigarro y saludó a un negro viejo, ataviado con sombrero de pajilla y guayabera de hilo, que, tal vez fugado de una vieja foto de los años veinte, pasaba ahora por su lado. El Conde lo esperó, en medio de la plaza, y percibió el movimiento de las cejas de su amigo cuando lo descubrió.

– No sabía que venías a la iglesia -le dijo el Conde, alargándole la mano.

– Algunos domingos -admitió Candito y le propuso atravesar la calzada-. Me siento bien cuando vengo.

– A mí me deprime la iglesia. ¿Qué buscas tú aquí, Candito?

El mulato sonrió, como si el Conde hubiera dicho una triste estupidez.

– Lo que no encuentro en otras partes…

– Claro, lo infinito. Oye, últimamente vivo rodeado de místicos.

Candito volvió a sonreír.

– ¿Y qué pasa ahora, Conde?

Subían la cuesta de Vista Alegre y el Conde esperó a que su respiración recuperara el ritmo maltratado por el ascenso y a la vez que se hiciera visible la estructura ocre de la escuela donde había enseñado Lissette Núñez y en la que ellos se habían conocido.

– Ayer pensaba que este cabrón Pre tiene algún poder sobre mi destino. No puedo desentenderme de él.

– Fueron unos años buenos.

– Creo que los mejores, Rojo, pero es algo más complicado. Aquí nos hicimos adultos, ¿no? Y aquí conocí a casi todas las gentes que son mis amigos. Tú, por ejemplo.

– Discúlpame por lo del viernes, Conde, pero me tienes que entender…

– Yo te entiendo, compadre, yo te entiendo. Hay cosas que no se les pueden pedir a las gentes. Pero ahí, en una de esas aulas, estuvo enseñando hasta el otro día una muchacha de veinticuatro años que apareció muerta, la mataron, y yo tengo que saber quién fue el que lo hizo. Es así de simple. Y lo tengo que saber por varias cosas: porque soy policía, porque el que lo hizo no se puede quedar sin pagarlo, porque era profesora del Pre… Es una cabrona obsesión.

– ¿Qué hubo con Pupy?

– Parece que no fue él, aunque lo estamos apretando. Nos dijo algo importante: el director del Pre estaba con la profesora.

– ¿Y no fue el director?

– Ahorita voy a verlo otra vez, pero tiene una buena coartada.

– ¿Y qué crees entonces?

– Que si el director no es la solución a lo mejor la marihuana podía darme la pista.

Candito encendió otro cigarro. Estaban a la altura del patio de educación física y desde la calle se veía el terreno debasquet con sus aros desnudos y los tableros desgastados por tantos pelotazos. El patio estaba vacío, como todos los domingos, triste sin la algarabía de juegos, competencias y muchachas histéricas por jugadas antológicas.

– ¿Te acuerdas de quién metía más canastas ahí?

– Marcos Quijá -dijo el Conde.

– Ah, no jodas -protestó Candito con una sonrisa-. A Marcos yo lo enseñé a driblar. Mira, en un mismo juego, contra los gansos del Vedado, metí dos bolas desde el círculo central.

– Sí tú lo dices…

– Mira, Conde -dijo Candito, deteniéndose en la esquina, hasta donde llegaban los efluvios ácidos de un basurero que antes no existía-, ahora las cosas son distintas. En la época de nosotros el que fumaba es porque era marihuanero, pero ahora por embullo cualquiera puede encender un taladro y entonces vienen los líos, porque se vuelven como locos. Lo mismo pasa con el ron: antes tú tomabas o no tomabas, ahora cualquiera se mete un trago, y como ya no quedan señoritas, pues a templar se ha dicho… Pero te voy a decir algo que oí ayer y que a lo mejor te ayuda…, y acuérdate que me estoy jugando el pescuezo. No sé si será verdad o no, pero oí decir que hay un tipo que vive en el Casino Deportivo, no sé dónde pero eso tú lo averiguas fácil, que hace días está moviendo una hierba que es candela. Nadie sabe de dónde salió, pero es candela. Al tipo le dicen Lando el Ruso… Mira a ver qué sale de ahí. Pero no vengas a verme otra vez hasta dentro de dos años, Conde, ¿está bien?