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El Conde tomó a Candito por un brazo y suavemente lo obligó a caminar.

– ¿Y cómo hago para comprarte unas sandalias del número cinco?

– Bueno, te llevas las chancletas y después empiezas a contar los dos años que vas a estar sin verme…

– ¿Y en todo ese tiempo no me vas a invitar a darme un trago?

– Vete pal carajo, Conde.

– ¿Qué lío es el que tú has formado, Conde? -le preguntó el Viejo sin moverse de su asiento tras el buró.

– Enseguida te digo. Déjeme saludar al camarada -alzó los brazos, como pidiendo tiempo a un árbitro exigente de las buenas formas, y estrechó la mano del capitán Cicerón, que ocupaba uno de los butacones de la oficina. Como siempre, sonrieron mientras se saludaban y el Conde le preguntó-: ¿Todavía te duele?

– Un poquito -respondió el otro.

Desde hacía tres años el capitán Ascensio Cicerón había sido designado para la jefatura del Departamento de Drogas de la Central. Era un mulato prieto, de risa adormecida en los labios y fama extendida de buena persona. Sólo de verlo, el Conde recordaba un fatídico juego de pelota: se habían conocido en los tiempos de la universidad y por 1977 coincidieron en el equipo de la facultad, y Cicerón se había hecho célebre por unfly que le había caído en la cabeza, el único día que le dieron el guante y salió a cubrir, con más entusiasmo que aptitudes, la segunda base. Siempre faltaban peloteros en aquella facultad de artistas y pensadores, y Cicerón debió aceptar la encomienda que le asignara su Comité de Base: sería integrante del team para los Juegos Caribes. Por suerte, cuando el fly maldito vino a caer sobre la cabeza de Cicerón, ellos perdían doce carreras por cero y el manager, convencido de lo inevitable, apenas le gritó desde el banco: «Arriba, mulato, que estamos mejorando». Desde entonces el Conde lo saludaba con una sonrisa y la misma pregunta.

El teniente se sentó en la otra butaca y miró a su jefe: -Esto se pone bueno -le dijo.

– Me imagino que sí, porque hoy, precisamente este domingo, yo no pensaba venir por aquí y Cicerón había salido ayer de vacaciones, así que trata de que esté bueno de verdad.

– Ustedes van a ver… Vayamos de lo simple a lo profundo, como dice la canción… Chequeamos la coartada del director y todo es como nos dijo, pero también puede ser una puesta en escena. Según la esposa, él estuvo por la noche en su casa redactando un informe y ella viendo una película. Y en realidad el informe existe, pero fácilmente pudo haberlo hecho el día antes y después ponerle la fecha del martes 18. Lo que sí es seguro es que esta gracia le va a costar el matrimonio. Se jodió el hombre. Bueno, hablando con Pupy salió que Lissette había tenido hace unos meses un novio mexicano. Nos interesó ese dato por lo de la marihuana que no es cubana. Pues bien, hoy por la tarde se va para México un tal Mauricio Schwartz, el único Mauricio mexicano que está de turista en Cuba en estos días. Mandamos a fotografiarlo para que Pupy lo identifique. Si es el mismo no sería absurdo que hubiera regresado y se encontrara de nuevo con Lissette… Vamos a ver. Pero lo mejor de todo es que tengo un nombre y una pista que pueden ser dinamita -dijo y miró al capitán Cicerón-. El informe sobre la marihuana que apareció en casa de Lissette Núñez dice que no es una hierba común, que debe de ser mexicana o nicaragüense, ¿no es verdad?

– Sí, ya tú lo dijiste. Estaba adulterada por el agua, pero es casi seguro que no sea de aquí.

– Y tú agarraste a dos tipos con cigarros de marihuana centroamericana, ¿verdad?

– Sí, pero no he podido saber de dónde la sacaron. El supuesto proveedor desapareció o los tipos inventaron un fantasma.

– Pues yo tengo un fantasma de carne y hueso: Orlando San Juan, alias Lando el Ruso. Oyeron el comentario de que tenía una marihuana muy fuerte y me la juego que es esa misma que anda dando vueltas por ahí.

– ¿Y cómo tú sabes eso, Conde? -preguntó el mayor Rangel, que al fin se había puesto de pie. Como cada domingo había ido a la Central sin el uniforme y lucía uno de aquellos pullovers ajustados que le permitían exhibir sus pectorales de nadador y canchista empecinado en retardar la llegada del otoño.

– Me pasaron la bola. Un comentario que oyeron.

– Así que un comentario… ¿Y ya tienes la ficha del Ruso ese?

– Aquí está.

– ¿Y quieres que Cicerón te ayude?

– Para eso están los amigos, ¿no? -dijo el Conde y miró al capitán.

– Yo lo ayudo, mayor -aceptó Cicerón y sonrió.

– Bueno -dijo el Viejo e hizo un gesto con las manos como para espantar unas gallinas-, andando se quita el frío. Busquen al Ruso ese a ver qué sale de ahí y no paren hasta que yo les diga. Pero quiero saber cada paso que dan, ¿me oyen? Porque esto se está poniendo color de hormiga. Sobre todo tus pasos, Mario Conde.

El Casino Deportivo parecía barnizado bajo el sol del domingo. Todo limpio y pintado, con sus fulgores de tecnicolor. Lástima que ya no me guste este barrio, se dijo el Conde frente a la casa de Lando el Ruso. Se encontraban apenas a cinco cuadras de donde vivía Caridad Delgado y pensó que le gustaría sacar algo a aquella cercanía. ¿Caridad, Lissette y el Ruso, todos en un mismo saco? El teniente se quitó los espejuelos cuando el capitán Cicerón salió a la calle.

– ¿Qué?, ¿apareció algo?

– Mira, Conde, Lando el Ruso no es un vendedor al por menor. Con ese expediente que tiene no va a andar por la calle vendiéndole cigarritos a los fumadores. Y alguien que tiene el mazo en la mano no va a tener la carga en su casa, así que seguir registrando aquí es perder el tiempo. Voy a dar la orden de búsqueda y captura, pero si lo que dice la tía es verdad y el tipo alquiló una casa en la playa, en dos o tres horas la gente de Guanabo me lo tiene localizado y no te preocupes, que a mí me hace más falta que a ti agarrar a ese tipo. Lo de esa marihuana me tiene jodido y tengo que saber de dónde coño salió y quién la trajo. Ahora mismo voy a mandar al teniente Fabricio para que trabaje con la gente de Guanabo.

– ¿Fabricio está ahora contigo? -preguntó el Conde, recordando su último encuentro con el teniente.

– Hace como un mes. Está aprendiendo.

– Menos mal… Oye, Cicerón, ¿la marihuana no habrá sido un paquete perdido, de esos que tiran en el mar? -preguntó el Conde mientras encendía un cigarro y se recostaba contra el carro oficial del capitán Cicerón.

– Puede ser, todo puede ser, pero lo curioso es que haya caído precisamente en las manos de los tipos que la pueden colocar bien. Y el otro problema es que no es suramericana, que es la que a veces tratan de pasar cerca de Cuba. No me imagino cómo eso vino a dar aquí, pero si la entraron a propósito, por esa misma canal puede entrar cualquier cosa… Lo que hace falta ahora es coger a Lando con algo arriba.

– Hace falta, porque Manolo me llamó por tu radio y dice que lo del mexicano es negativo. Era la primera vez que venía a Cuba y además Pupy dice que no es el mismo que andaba con Lissette. Así que Lando es el hombre del momento. Bueno, pues el caso es tuyo, ¿no?

Cicerón sonrió. Casi siempre sonreía y ahora lo hizo mientras ponía una de sus manos sobre un hombro del Conde.

– Oye, Mario, ¿por qué me regalas un caso así?

– Ya te lo dije ahorita, ¿no? Para algo están los amigos.

– ¿Tú sabes que nunca vas a llegar a ningún lado si vas por el mundo regalando los casos?

– ¿Ni siquiera a mi casa para ponerme a lavar toda la ropa que tengo sucia?

– Me gustan tus aspiraciones.

– Pues a mí no: lavar me cae como una patada en el culo. Bueno, si hay cualquier cosa, me localizas entre la tendedera y el lavadero -dijo y estrechó la mano que le extendía su colega.