En el carro, de regreso a su casa, el Conde se descubrió pensando que después de todo el Casino Deportivo sí era un buen lugar para vivir: desde viceministros y periodistas hasta marihuaneros, allí había de todo, como en cualquier otro estanco de la viña del Señor.
El último calzoncillo quedó preso en la tendedera y el Conde miró satisfecho aquella obra encomiable. Policía de avanzada voy a ser, se dijo, observando cómo las rachas del viento ponían a bailar toda aquella ropa que había pasado por sus manos reblandecidas por la humedad y todavía olorosas a potasa y cebo perfumado: tres sábanas, tres fundas y cuatro toallas, hervidas y lavadas; dos pantalones, doce camisas, seis pullovers, ocho pares de medias y once calzoncillos: todo el arsenal de su closet, limpio y reluciente bajo el sol del mediodía. No podía evitarlo: extasiado observaba su obra, con profundos deseos de asistir al milagro de su secado aséptico y total.
Entró en la casa y vio que eran casi las tres de la tarde. Desde las tinieblas de sus tripas escuchó una llamada pavorosa. Ir a implorarle a Josefina un plato de comida era injusto a aquella hora de la tarde: la imaginó ante el televisor, devorando entre cabezadas y bostezos de madrugadora las películas de la Tanda del Domingo y decidió ganarse otro mérito laboral preparándose su propio almuerzo. Qué falta me haces, Karina, se dijo cuando abrió el refrigerador y descubrió la dramática soledad de dos huevos posiblemente prehistóricos y un pedazo de pan que bien pudo haber asistido al sitio de Stalingrado. En una manteca con sabor heterodoxo de fritadas excluyentes dejó caer los dos huevos, mientras con la punta del tenedor tostaba sobre la llama las dos rebanadas que logró arrancarle al corazón de acero del pan. Puro realismo socialista, se dijo. Se comió los huevos pensando otra vez en Karina y en la cita pactada para esa noche, pero ni siquiera la ilusión del encuentro fue capaz de mejorar el sabor de la comida. Aunque presentía única e irrepetible la atrevida aventura sexual del día anterior, llena de hallazgos, sorpresas, revelaciones y señales de portentosos caminos por explorar, aquel segundo encuentro, asumido desde la experiencia, podía romper todos los récords de sus expectativas y conocimientos sexuales reales e imaginarios: mientras tragaba los huevos grasientos y desparramados, el Conde se veía, en aquella misma silla, siendo beneficiario y objeto de una felación devastadora que lo dejó exhausto hasta que, dos horas después, Karina inició su tercera ofensiva victoriosa contra sus defensas aparentemente caídas. Y esa noche ella vendría, saxofón en ristre…
– No me llames, que a lo mejor tengo que salir. Yo vengo por la noche -le había dicho.
– ¿Con el saxofón?
– Anjá -dijo, imitando la entonación del hombre.
Cantaba el Conde cuando fregó el plato, la sartén y las tazas con huellas del café y de la lujuria del día anterior. Alguna vez había oído decir que sólo una mujer muy bien despechada sexualmente podía cantar mientras fregaba. Machismo solapado: simple determinismo sexual, concluyó y siguió cantando,«Good morning, star shine, /I say hello…». Mientras se secaba las manos miró críticamente el estado del piso: los mosaicos empañados de grasa, polvo y suciedades más viejas que la envidia no hacían de su casa, precisamente, un lugar encantado para citas pasionales con saxofón incluido. Es el precio del cariño, se dijo, mirando con amor de hombre la escoba y el trapeador, dispuesto ya a entregarle a Karina un lugar limpio y bien iluminado.
Eran más de las cuatro y media cuando concluyó la limpieza y observó orgulloso el renacer de aquel lugar huérfano de manos femeninas desde hacía más de dos años. HastaRufino, el pez peleador, había recibido los favores de aquel impulso de pulcritud y ahora nadaba en aguas claras y oxigenadas. Eres un cabrón friqui, Rufino, no esperas nada… Satisfecho, el Conde concibió, incluso, para un futuro cercano, la posibilidad de pintar paredes y techos y colocar algunas plantas en rincones propicios y hasta conseguirle una hembra al pobre Rufino. Estoy asquerosamente enamorado, se dijo, y marcó en el teléfono el número del Flaco Carlos.
– Oye esto, salvaje: lavé las sábanas, las toallas, las camisas, los calzoncillos y hasta dos pantalones y ahora mismo terminé de limpiar la casa.
– Estás asquerosamente enamorado -le confirmó su amigo y el Conde sonrió-. ¿Y ya te pusiste el termómetro? Mira que debes de estar grave.
– ¿Y tú qué estás haciendo?
– ¿Qué tú crees que puedo estar haciendo, tú?
– ¿Viendo la pelota?
– Ganamos el primero y ahora va a empezar el segundo juego.
– ¿Contra quién?
– Los negritos de Matanzas. Pero la serie buena empieza el martes, contra los Orientales del coño de su madre… Y hablando de eso, dice el Conejo que si no se complica nos va a llevar el martes al estadio en su carro. Mi hermano: me muero de ganas de ir al estadio. Oye, y tú, ¿vienes hoy o no?
El Conde miró la casa reluciente y sintió en el estómago la levedad de los dos huevos fritos.
– Voy a verla por la noche… ¿Qué hizo José de almuerzo?
– Bestia, lo que te has perdido: un arroz con pollo chorreao que levantaba a un muerto. ¿Tú sabes cuántos platos me comí?
– Dos, ¿no?
– Tres y medio, tú.
– ¿Y quedó algo?
– Creo que no… Aunque oí a la vieja diciendo que si te guardaba un poco… -Oye, oye… -¿Qué cosa?
– El timbre de la puerta de tu casa. Dile a José que abra, que ése soy yo -y colgó.
EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA
por Caridad Delgado
«Siempre he defendido la libertad del amor. La plenitud de su realización, la belleza de su hallazgo, las inquietudes de su destino. Pero entre los muchos recordatorios amargos que nos ha hecho el sida, a los que habitamos la casa común del planeta Tierra, está el de que nada que ocurra en ningún sitio puede sernos ajeno: ni las guerras, ni las pruebas nucleares, ni las epidemias, y mucho menos el amor. Porque el mundo se ha hecho cada vez más pequeño.
»Y aunque la felicidad siempre es posible en estos tiempos de fin de siglo, un flagelo azota al amor hasta convertirlo en una elección peligrosa y difícil. El sida nos amenaza y sólo hay un medio de evitarlo: sabiendo elegir la pareja, buscando el sexo seguro, más allá de medidas necesarias como el uso del preservativo.
»No pensarán mis lectores que pretendo darles una lección de moralidad ni de puritanismo extemporáneo. Ni que pretenda coartar la libre elección del amor, que suele sorprendernos con su misteriosa y cálida presencia. No. Y mucho menos que ataque desde mi posición asuntos de total intimidad. Pero es que el peligro nos acecha a todos, sin distinción de inclinaciones sexuales.
»No pretendo descubrir lo ya descubierto cuando recuerdo que la promiscuidad ha sido el principal agente de trasmisión de ese flagelo apocalíptico del sida por todo nuestro planeta. Por eso me asombro cuando converso con algunas personas, especialmente con jóvenes con los que mi trabajo me relaciona, y desconocen el peligro de ciertas actitudes ante la vida y practican el sexo como si se tratara de un simple juego de barajas al que se va a ganar o a perder, pues, como dicen a veces, "De algo hay que morirse"…»
El Conde cerró el periódico. ¿Hasta cuándo?, se preguntó. Una hija promiscua había muerto tres días antes de una causa menos romántica y novedosa que el sida y ella podía escribir aquella monserga en torno a las inseguridades sexuales finiseculares. Comemierda. En aquel momento el Conde lamentó su insultante torpeza manual. Nunca, ni cuando eran ejercicios obligatorios en clase, había logrado armar un avioncito de papel, ni siquiera un vasito para tomar agua o café, a pesar de los esfuerzos de aquella profesora de la que se había enamorado. Pero ahora puso todo su empeño y casi amorosamente rasgó la hoja del periódico, separando del resto del tabloide el fragmento leído. Se puso de pie, se inclinó levemente hacia delante y, con la pericia que crea la costumbre, limpió con el artículo las huellas estriadas de la defecación. Dejó caer el papel en el cesto y descargó la taza del inodoro.