– ¿No conoció a Lissette Núñez Delgado?
– ¿Lissette? No, no, yo conozco a una Lissette pero ésa partió hace rato. Apañó a un italiano y pasó a mejor vida. Ahora está en Milán.
– Pero en casa de la Lissette que yo le digo apareció un cigarro de la marihuana que usted ha estado distribuyendo.
– Mire, general, con el mayor respeto. Yo no conozco a esa mujer ni estoy distribuyendo nada, se lo juro… ¿Quiere que se lo jure?
– No, no hace falta, Orlando. Eso es fácil de probar. Un careo con los dos vendedores detenidos y ya. Ellos lo van a identificar, porque están locos por identificar al que les vendió el paquete y quitarse con eso unos cuantos años de arriba. Dígame una cosa, ¿usted le vendió marihuana a alguien que tenga que ver con el Pre de La Víbora?
– ¿Con el Pre? No, no, yo no tengo nada que ver con eso…
– Entonces dígame algo de Caridad Delgado.
– ¿Y quién es ésa?
El Conde buscó otro cigarro en el bolsillo y lo encendió lentamente. Lando el Ruso no iba a admitir todavía su conexión con la droga y mucho menos si tenía alguna relación con Lissette. Pero insistió, aferrado a su única esperanza concreta:
– Orlando, ésta no es la primera vez que usted tiene problemas con nosotros, y a nosotros no nos gusta estar viendo siempre las mismas caras, ¿me entiende? No nos gusta que nos den tanto trabajo. Pero de todas maneras hacemos bien este trabajo. Usted va a estar aquí hasta que sepamos qué día nació su tatarabuelo y todo porque usted nos lo va a contar. ¿Quiere decirme ahora algo de Lissette Núñez o de la marihuana que llegó a su casa o nos vemos hoy a las doce de la noche, después que se acaben las películas?
Lando el Ruso se volvió a rascar la barbilla, mientras negaba con la cabeza. Sus ojos se habían oscurecido un poco más y su mirada era desesperadamente opaca.
– Se lo juro, general, no sé nada de eso -dijo y volvió a mover la cabeza. En aquel instante el Conde hubiera dado cualquier cosa por saber qué había debajo de aquel pelo rubio, de ruso apócrifo, que bailaba con el movimiento indetenible de la cabeza que negaba y negaba.
– Vámonos, Manolo. Hasta más tarde, Orlando, y gracias por ascenderme a general.
La vida en rosa, cantaba Bola de Nieve, atreviéndose con el idioma francés y desafiando abiertamente a Edith Piaf. Qué bárbaro, se dijo el Conde y trató de pensar un momento: los cubículos de interrogatorio provocan una sensación de encierro propicia para las confesiones. Son la antesala de la cárcel y el tribunal, y allí la indefensión se siente como un fardo muy pesado. Salir de aquellas cuatro paredes frías y atenazantes es como volver a la vida. Pero la presencia de un policía en el ámbito cotidiano puede remover cimientos inesperados: nace el miedo, la desconfianza, la necesidad de ocultar a los demás esa aparición indeseable, y a veces los temores provocan el salto necesario de la liebre. La-rala-rala, decía ahora. Entonces el policía dispara: y decidió ver al director en su propio terreno. Iría otra vez al Pre. Una idea muy vaga lo había rozado mientras hablaba con Lando y le propuso a Manolo una conversación con el director.
La mañana del lunes era benigna fuera del recinto de la Central. El viento había decretado una tregua y un sol decididamente veraniego ponía reflejos de charol en las calles de la ciudad. En la radio del auto, Manolo había encontrado un programa dedicado a Bola de Nieve y el Conde decidió concentrarse en la voz y el piano de aquel hombre que era la canción que cantaba: ahora decía «La Flor de la Canela», «y… jazmines en el pelo y rosas en la cara…», y el teniente recordó el final inesperado de su último encuentro con Karina. Se vio a sí mismo desarmado, sin argumentos para evitar su partida, cuando ella, vestida, le decía adiós desde la puerta y él, con cara de niño insatisfecho más que de buscador mitológico, sentía deseos de patear el piso. ¿Por qué se le iba? Las entregas totales de aquella mujer que se transformaba con el olor ácido del sexo no encajaban con la distancia infranqueable que después le imponía. Desde el principio él pensó que debía hablar más con ella, conocerla y entenderla, pero entre sus monólogos de desesperado y las conflagraciones sexuales que los devoraban, apenas quedaba tiempo para respirar, llenar los cargadores y tomar un café. El auto había pasado muy cerca del hospital donde estaba Jorrín y subía ahora por Santa Catalina, una avenida sembrada de flamboyanes y de recuerdos, de fiestas, de cines, de descubrimientos sentimentales de todo tipo, de una vida en rosa cada vez más alejada en la memoria y en el tiempo definitivamente perdido, como la inocencia. Bola de Nieve cantaba entoncesDrume, negrito y el Conde se dijo: ¿Cómo puede cantar así? Era un susurro melodioso que devoraba escalas bajísimas y demasiado atrevidas, habitualmente intransitadas por su estrechez de última frontera entre el canto y el murmullo. Los flamboyanes de Santa Catalina habían resistido con firmeza los embates de las ventoleras y las cúpulas enrojecidas por las flores eran como un reto para cualquier pintor. Fuera del recinto de la Central a veces la vida podía parecer normal, casi en rosa.
Manolo parqueó a un costado del Pre y apagó la radio. Bostezó, con un temblor que recorrió su esqueleto demasiado evidente, y preguntó:
– Bueno, ¿cómo es la cosa?
– El director no ha dicho todo lo que sabe.
– Nadie dice todo lo que sabe, Conde.
– Este caso es muy raro, Manolo: todo el mundo dice mentiras, no sé si para proteger a alguien o para protegerse ellos mismos o porque ya se han acostumbrado y les gusta decirlas. Ya estoy hasta aquí de oír mentiras. Pero lo que me importa en este momento es que él sabe cosas muy interesantes.
– ¿Piensas ahora que fue él?
– No sé, ya no sé nada, pero estoy pensando que no…
– ¿Entonces?
El Conde miró hacia la estructura sólida de la escuela. Ahora dudaba si había decidido ver al director allí simplemente porque quería volver, como un eterno culpable, al lugar de sus fechorías preferidas.
– Hay un tercer hombre en esta historia, Manolo. Apuesto la cabeza a que sí. El primero es Pupy, que aunque tiene mil papeletas en la rifa no creo que se haya atrevido a tanto, tiene mucha calle para fallar así con una mujer que él conocía de todas las patas que cojeaba. Además, él sabía cómo sacarle lo que quería. Tiene que ser que se haya equivocado mucho. El segundo es el director, que incluso tiene buenos motivos: estaba enamorado y podía sentir celos. Pero si su coartada es cierta, es casi imposible que viniera hasta casa de Lissette a las once de la noche y la golpeara y la matara. ¿Y el tercer hombre? Si hay un tercer hombre fue el que la mató y debe de haber sido uno de los que estaba en la fiesta, y aunque las huellas de Lando no aparecieron en el apartamento, todavía no lo voy a descartar. Yo veo la cosa así: la fiesta se acabó, el tercer hombre se quedó y por algo mató a Lissette, algo que ella le hizo o no le quiso dar. Porque no fue para robarle ni para violarla, porque no pasó ninguna de esas dos cosas, y hasta es posible que el último que se acostó con ella no haya sido su asesino. ¿Qué podía tener Lissette que a él le interesara? ¿Droga? ¿Información?
– Información -respondió Manolo. Los ojos le brillaban de júbilo.
– Anjá. ¿Información sobre qué? ¿Sobre las drogas?
– No, creo que sobre las drogas no. Ella era calientica pero no creo que llegara a estar metida en este lío de Lando. Sabía muy bien hasta dónde podía jugar con candela.
– Pero acuérdate que Caridad Delgado vive a tres cuadras de Lando.
– ¿Y tú crees que se conocían?
– No sé, la verdad. ¿Pero qué información?
– Algo que sabía.
– O mejor di algo que valía, ¿no te parece?
Manolo asintió y miró hacia el Pre.
– ¿Y qué pinta en esto el director?
– Sencillo… o difícil, no sé. Pero creo que él conoce al tercer hombre que buscamos.