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Sólo un milagro de la primavera, diría el viejo Machado, también tocado por un amor que al final se le escaparía.

Se volvió al escuchar que se abría la puerta de la oficina. Manolo, con más papeles en la mano, se dejó caer en el butacón, imitando la fatiga envolvente de un corredor victorioso. Reía.

– Me da lástima con el chiquito, pero se jodió, Conde.

– ¿Se jodió? -preguntó el teniente, para dar tiempo a que el flujo de sus pensamientos volviera a correr por el cauce correcto-. ¿Qué dice el laboratorio?

– El semen es de Lázaro. Sin dudas.

– ¿Y Yuri y Luis?

– Lo que tú pensabas, ellos cogieron la guagua primero y dejaron a Lázaro en la parada. Dicen que siempre se iban juntos hasta el paradero de La Víbora y entonces bajaban a buscar la Avenida de Acosta, pero esa noche él les dijo que se fueran, que iba a esperar la 174 para caminar menos.

– ¿Y la camisa blanca?

– Sí, era de él y se la llevó esa noche. Ella a veces le lavaba alguna ropa. Pobre Lázaro, con lo cómodo que estaba, ¿no?

– Sí, pobre Lázaro, no sabe la que le espera. ¿Y qué contaron de la fiesta?

– Era otra fiesta distinta a la que inventó Lázaro. Dicen que cuando ella se emborrachó se puso muy pesada porque Lázaro le dijo que le consiguiera los exámenes de física y de matemáticas y ella empezó a decirle cosas, que no le iba a dar más ningún examen porque él luego se hacía el bárbaro con los demás diciendo lo que iba a salir y que la iba a embarcar, que él nada más la quería para eso y para templársela, dicen que dijo, y entonces los botó de la casa. Dice Luis que la verdad es que Lázaro vendía las respuestas de los exámenes, pero que ella no lo sabía. De pinga el muchachito, ¿no? Bueno, Lázaro trató de aliviar la tensión pero ella insistió en que se fueran los tres, hasta que sacó a Lázaro casi a empujones cuando ya Yuri y Luis estaban en la escalera. La versión de los dos es igual, paso por paso. Entonces, cuando se enteraron de la muerte de la profesora fueron a hablar con Lázaro y decidieron que lo mejor era no decirle a nadie que ellos habían estado esa noche allí. A ellos les pareció lo mejor, para evitarse problemas, pero dice Yuri que el de la idea de no decir nada siempre fue Lázaro.

El Conde encendió un cigarro y observó un instante los datos del laboratorio central que Manolo había traído. Los dejó sobre la mesa y regresó a la ventana. Con la vista fija en una molécula perdida del horizonte dijo:

– Entonces Lázaro regresó desde la parada. El no tenía llave, así que fue ella la que le abrió la puerta. La convenció de que se había equivocado y se acostaron en el sofá de la sala. Toda una reconciliación, casi puedo oír la música de fondo. Pero ¿por qué la mató? -se preguntó, y perdió la molécula escogida cuando vio a Lázaro sobre Lissette, ahora al fin le veía la cara, mientras le apretaba el cuello con la toalla, más fuerte, más fuerte, hasta que sus brazos de remero se agotaron por el esfuerzo y la cara de belleza enigmática de la muchacha guardó para siempre aquella mueca absurda, a medio camino entre el dolor y la incertidumbre. ¿Por qué la mató?

El humo es azul y huele como la primavera: fresco y penetrante. De la boca a los pulmones, de los pulmones al cerebro se mueve el humo con su evanescencia vaporosa y amanece detrás de los ojos: un brillo de día nuevo se descubre en cada cosa, con una percepción preferenciada y sensible que revela aristas de una lucidez esmaltada que antes no se advirtieron. El mundo, todo el mundo, es más amplio y más cercano, tan brillante, mientras el humo vuela, convirtiéndose en respiración perdida en cada célula de la sangre y en cada neurona desvelada y puesta en máxima alerta. Linda es la vida, ¿no?, linda la gente, grandes las manos, poderosos los brazos, enorme el rabo. Gracias al humo.

Entre las cosas que descubrió Cristóbal Colón sin imaginarse que las había descubierto estaba esta marihuana. Aquellos indios «con tizones en la boca» tenían caras demasiado felices para ser simples fumadores de tabaco al borde del enfisema. Hierbas secas, hojas oscuras, humo azul que hacían posible confundir al desconsolado y triste Colón con un dios rosado venido de algún misterio perdido en la memoria mítica de los indios. Un buen areíto con marihuana. Pero demasiado fatal aquella hierba cuando se descubre al fin que Colón no es Dios, ni uno su espíritu elegido.

Pero fumarla es un placer, es flotar, sobre la espuma de los días y de las horas, sabiendo que todo el poder nos ha sido dado: el de crear y el de creer, el de ser y estar donde nadie puede ser ni estar, mientras la imaginación vuela azul como el humo y respirar es fácil, mirar es una fiesta, oír un privilegio superior.

Pobre Lázaro: como un indio irá a la hoguera, sin humo azul ni luces de amanecer, y ya condenado al primer recinto del séptimo círculo infernal, a seguir ardiendo eternamente con todos los violentos contra el prójimo.

Entró en la antesala de la dirección y la sonrisa de Maruchi lo sorprendió. La secretaria del mayor le hizo un gesto, espérate, espérate ahí, para que se detuviera, y en puntas de pie abandonó su sitio, tras el buró, y se acercó al Conde.

– Pero ¿qué te pasa, hija mía?

– Habla bajito, chico -le exigió, pidiéndole también con las manos que bajara el volumen y le susurró-. Oye, está ahí con Cicerón y con el gordo Contreras y me llamó para que les diera café. ¿Y tú sabes de quién estaban hablando cuando entré?

– De un cadáver.

– De ti, chico.

– De un cadáver -le confirmó el teniente.

– No seas bobo. Estaba diciéndole al Gordo y a Cicerón que tú los habías puesto a ellos dos en la pista de dos casos importantes. Que si se habían descubierto era gracias a ti. ¿Qué te parece?

El Conde trató de sonreír, pero no pudo.

– Hermoso -dijo.

– Bah, estás más pesado… -dijo ella, recuperando el tono de su voz.

– Dile que estoy aquí, anda.

La jefa de despacho regresó al buró y oprimió la tecla roja del intercomunicador. Una voz de lata dijo «¿Sí?», y ella lo anunció:

– Mayor, aquí el teniente Conde.

– Dile que venga -respondió la voz metálica.

– Maruchi, gracias por la noticia -dijo el Conde y acarició el pelo de la secretaria. Ella sonrió, con una sonrisa halagada que sorprendió al Conde. ¿De verdad le caeré bien a esta pepilla? Se acercó al cristal de la puerta y tocó con los nudillos.

– Dale, entra, no te extremes -dijo la voz del mayor, y el Conde abrió la puerta.

El Viejo, con su uniforme y sus condecoraciones oficiales, estaba tras el buró como si fuera a despedir otro duelo -el mío, pensó el teniente- y, frente a él, se ubicaban los dolientes: los capitanes Contreras y Cicerón.

– Estás bien acompañado -dijo para aliviar la tensión, y vio sonreír al Gordo Contreras, que se puso de pie, haciendo un esfuerzo de venas que se hinchan para levantar de un golpe todo el peso de sus trescientas libras.

– ¿Cómo estás, Conde? -Y le tendió la mano. Me cago en ti, pensó el teniente y dejó caer su pobre mano en la de Contreras, que sonrió un poco más cuando descargó toda su presión sobre los dedos indefendibles del Conde.

– Bien, capitán.

– Bueno, siéntense -ordenó el jefe-. A ver, Conde, ¿qué hubo con tu caso?

El Conde ocupó el sofá que estaba a la derecha del mayor. A su lado colocó el sobre que había traído y lo tocó antes de responder.

– Aquí está todo. Le traje las grabaciones por si quiere oírlas. Y mañana entregamos el informe para fiscalía.

– Bueno, pero ¿qué pasó, viejo?

– Lázaro San Juan, como pensábamos. Se confirmó lo de la fiesta, con dos amigos más, tomaron ron, fumaron marihuana y hubo una discusión con ella cuando Lázaro le pidió los exámenes de física y matemáticas. El problema es que Lázaro vendía a cinco pesos la respuesta de los exámenes. Un buen negocio, porque había pruebas de hasta diez preguntas y una clientela fiel y selecta.