Una vez dentro, es posible que tenga que moverme muy rápidamente tan sólo para seguir con vida. Y estoy entrenada para eso también.
— Y tú estás perfeccionada y yo no. Sí, entiendo.
— ¡Georges! Querido, no pretendía herir tus sentimientos. Mira, una vez me haya presentado, te llamaré. Aquí, o a tu casa, o donde tú digas. Si resulta seguro para ti cruzar la frontera, lo sabré entonces. — (¿Georges pedirle al Jefe un trabajo? ¡Imposible! ¿O no?
El Jefe podría utilizar a un experimentado ingeniero genético. Si pensaba francamente en ello, no tenía la menor idea de cuáles eran las necesidades del Jefe más allá de la pequeña parcela en la que yo me movía) —. ¿Hablas en serio cuando dices que desearías ver a mi jefe respecto a un trabajo? ¿Qué debería decirle?
Georges exhibió su gentil semisonrisa que utiliza para ocultar sus pensamientos del mismo modo que yo utilizo mi rostro de la foto del pasaporte.
— ¿Cómo puedo saberlo? Todo lo que sé acerca de tu patrón es que te muestras reluctante a hablar de él, y que puede permitirse el lujo de utilizar a alguien como tú como mensajero. Pero, Viernes, puedo apreciar muy claramente que la mayor parte de la inversión que representas ha sido empleada en tu diseño, tu alimentación y tu entrenamiento… y en consecuencia vaya precio que habrá tenido que pagar tu patrón para tu contrato…
— No estoy contratada. Soy una Persona Libre.
— Entonces eso le ha costado aún más. Le cual nos lleva a varias conjeturas. No importa, querida; dejaré de hacer suposiciones. ¿Soy serio? Un hombre puede preguntarse intensamente qué hay detrás del rango. Te proporcionaré mi curriculum vitae; si contiene algo de interés para tu empleador, no dudes en hacérmelo saber. En primer lugar, acerca del dinero: no necesitas preocuparte acerca de «sangrar» a Janet; el dinero no significa nada para ella. Pero yo soy quien más puede proporcionarte todo el dinero en efectivo que necesites utilizando mi propio crédito… y he comprobado ya que mis tarjetas de crédito son aceptadas aquí pese a todos los trastornos políticos. Utilicé la Crédit Québec para pagar nuestro desayuno de medianoche, me registré en el hotel con la American Express, luego usé la Maple Leaf para pagar nuestro desayuno/comida. Así que tengo tres tarjetas válidas, y todas corresponden con mis documentos de identidad. — Me sonrió —. Así que sángrame a mí, querida niña.
— Pero yo no deseo sangrarte, del mismo modo que no deseo sangrar a Janet. Mira, podemos probar mi tarjeta en San José; si la cosa no funciona, aceptaré alegremente que me prestes… y puedo teclearte de vuelta el dinero tan pronto como me haya presentado. — (¿O estaría dispuesto Georges a hacer una trampa con la tarjeta de crédito del teniente Dickey por mí?… Es condenadamente difícil para una mujer obtener dinero líquido con la tarjeta de un hombre. Pagar por algo metiendo una tarjeta en una ranura es una cosa; utilizar una tarjeta para conseguir dinero en efectivo es un problema de un color completamente distinto).
— ¿Por qué hablas de devolución? ¿Acaso yo voy a poder pagarte alguna vez mi deuda?
Elegí ser obtusa.
— ¿Realmente crees que me debes algo? ¿Sólo por lo de la otra noche?
— Sí. Fuiste adecuada.
Jadeé.
— ¡Oh!
Respondió, sin sonreír:
— ¿Hubiera tenido que decir mejor inadecuada?
Contuve otro jadeo.
— Georges. Sácate la ropa. Voy a llevarte a la cama, y luego voy a matarte, muy lentamente. Al final voy a estrujarte y a partirte la espalda por tres sitios. «Adecuada».
«Inadecuada».
Sonrió, y empezó a desnudarse.
— ¡Oh, espera y bésame! — dije —. Y luego nos iremos a San José. «Inadecuada». ¿Qué es lo que fui?
Toma casi tanto tiempo ir de Bellingham a San José como ir de Winnipeg a Vancouver, pero en este viaje conseguimos asientos. Surgimos del suelo a las catorce y quince. Miré a mi alrededor con interés, pues nunca antes había visitado la capital de la Confederación.
Lo primero que observé fue el sorprendente número de VMAs saltando como pulgas por todas partes, la mayoría de ellos taxis. No conocía ninguna otra ciudad moderna que permitiera que su aire se viera infestado hasta aquel punto. Las calles estaban repletas de carricoches ligeros también, y había aceras bordeando todas las calles; sin embargo, aquellos pestilentes coches a motor estaban por todas partes, como bicicletas en Cantón.
Lo segundo que observé fue la sensación que daba San José. No era una ciudad.
Ahora comprendía aquella clásica descripción: «Un millar de pueblos en busca de una ciudad».
San José no parece tener ninguna justificación excepto la política. Pero California obtiene más de la política que cualquier otro país que yo conozca… una democracia completamente desvergonzada y desinhibida. Una puede encontrar democracia en muchos lugares… Nueva Zelanda utiliza una forma atenuada de ella. Pero sólo en California encontrarás la democracia clara, transparente, pura, sin diluir. La edad de votar empieza cuando un ciudadano es lo suficientemente alto como para tirar de la palanca sin necesidad de ser sujetado por su niñera, y los registradores son reluctantes a privar de sus derechos civiles a un ciudadano a menos que se les presente un certificado de cremación debidamente legalizado.
No aprecié completamente esto último hasta que vi, en un reportaje relativo a las elecciones, que la asociación de Crematorios, Cementerios y Camposantos ocupaba tres distritos, todos ellos votando a través de representantes prerregistrados. (¡Muerte, no te sientas orgullosa!) No intentaré hacer juicios porque era una mujer ya crecida antes de encontrarme por primera vez con la democracia en su forma más suave y menos maligna. La democracia probablemente es una buena cosa, utilizada en cantidades razonables. Los canadienses británicos utilizan una forma diluida y parece que les funciona muy bien. Pero sólo en California todo el mundo está borracho por ella a todas horas. Parece que no hay un solo día en el que no haya elecciones en algún lugar en California y, por cada distrito hay al menos (o eso me han dicho) unas elecciones de alguna clase aproximadamente una vez al mes.
Supongo que ellos pueden resistirlo. Tienen un clima más suave que el Canadá Británico o el Reino de México y mucho del mejor suelo de la Tierra. Su segundo deporte favorito (el sexo) no cuesta casi nada en su forma más vulgar; como la marihuana, se encuentra disponible casi en cualquier esquina. Eso deja tiempo y energías para el auténtico deporte de California: reunirse y cotorrear sobre política.
Eligen a todo el mundo, desde los parásitos de los distritos hasta el Jefe de la Confederación («El Cacique»). Pero los deseligen casi con la misma rapidez. Por ejemplo, se supone que el Cacique es elegido para un término de seis años. Pero, de los últimos nueve jefes, solo dos cumplieron todo su mandato de seis años; los demás fueron destituidos, excepto uno que fue linchado. En muchos casos un cargo oficial aún no ha tenido tiempo de jurar su cargo cuando empiezan a circular ya las primeras peticiones de cese.
Pero los californianos no se limitan a elegir, destituir, encausar y (a veces) linchar a sus enjambres de cargos oficiales; también legislan directamente. Cada elección tiene en sus cédulas de votación más proposiciones de ley que candidatos. Los representantes provinciales y nacionales muestran algunas reservas… se me ha asegurado que el legislador californiano típico retirará un proyecto de ley si tú puedes demostrarle que pi no puede ser igual a tres, no importa cuántos votos afirmen lo contrario en ella. Pero la legislación popular («la iniciativa») no tiene tales limitaciones.