Por ejemplo, hace tres años, un economista popular observó que los graduados universitarios cobraban, por término medio, aproximadamente un 30 por ciento más que sus conciudadanos sin estudios superiores. Tal condición antidemocrática es un anatema para el Sueño Californiano, de modo que, con gran velocidad, fue aceptada una iniciativa para las próximas elecciones, la medida obtuvo luz verde, y todos los graduados universitarios californianos y/o ciudadanos californianos que hayan alcanzado la edad de dieciocho años obtienen ahora el título oficial de bachiller superior. Una cláusula añadida dio ocho años de efectos retroactivos a este beneficio.
Esta medida funcionó maravillosamente; el poseedor de un título de bachiller superior ya no tenía ninguna ventaja antidemocrática sobre los demás. En las siguientes elecciones, la cláusula retroactiva fue ampliada para cubrir los últimos veinte años, y en la actualidad hay una fuerte corriente de opinión para extender este beneficio a todos los ciudadanos.
Vox populi, vox Dei. No puedo ver nada malo en ello. Esta benevolente medida no cuesta nada y hace a todo el mundo (excepto algunos pocos eternos descontentos) más feliz.
Alrededor de las cinco, Georges y yo estábamos dirigiéndonos hacia el lado sur de la Plaza Nacional frente al Palacio del Cacique, en dirección a las oficinas principales de la MasterCard. Georges estaba diciéndome que no veía nada malo en que yo le pidiera que nos detuviéramos en un Burger King para tomar un bocado en vez de una comida completa… puesto que, en su opinión, una hamburguesa gigante, adecuadamente preparada con buena carne de sustituto de solomillo y un chocolate a la malta hecho con un mínimo de creta, constituye la única contribución de California a la haute cuisine internacional.
Estuve de acuerdo con él mientras eructaba discretamente. Un grupo de mujeres y hombres, de una docena a una veintena, estaban bajando las grandes escalinatas frontales del Palacio, y Georges había empezado a desviarse para evitarlos cundo observé el tocado de plumas de águila de un hombrecillo en medio del grupo, reconocí el muy fotografiado rostro que había debajo, y toqué a Georges con una mano.
Y capté algo con el rabillo del ojo: una figura surgiendo de detrás de una columna en la parte alta de la escalinata.
Eso me disparó. Empujé al Cacique de barriga escaleras abajo, apartando a empellones a un par de miembros de su séquito mientras lo hacía, luego salté hacia aquella columna.
No maté al hombre que se había ocultado tras aquella columna; simplemente le rompí el brazo que sostenía la pistola, luego le pateé en un lugar estratégico cuando intentó echar a correr. No me había apresurado de la forma en que lo había hecho el día anterior.
Tras reducir el blanco que ofrecía el Jefe Confederado (realmente, no debería llevar aquel tocado tan distintivo), había tenido tiempo de pensar que el asesino, si era conservado con vida, podía ser un indicio que condujera hacia toda la pandilla que se ocultaba tras aquellos asesinatos sin sentido.
Pero no había tenido tiempo de pensar en todas las demás implicaciones de lo que había hecho hasta que dos policías me sujetaron por los brazos. Entonces me di cuenta de ello, y me sentí lúgubremente estúpida, pensando en la burla que sonaría en la voz del Jefe cuando tuviera que admitirle que había permitido que me arrestaran públicamente.
Por una fracción de segundo consideré seriamente desprenderme de aquellos dos tipos y desaparecer por el horizonte… cosa no imposible puesto que uno de los policías tenía claramente una presión demasiado alta y el otro era un viejo que llevaba gafas.
Demasiado tarde. Si echaba a correr ahora utilizando toda mi sobremarcha, podía mezclarme en una o dos manzanas con el resto de la gente y desaparecer. Pero esos ineptos quemarían probablemente a media docena de transeúntes en su intento de cazarme. ¡No era profesional! ¿Por qué este palacio no tenía una guardia protegiendo a su jefe en vez de dejarme a mí el trabajo? ¡Un tipo acechando detrás de las columnas, por el amor de Dios! No había ocurrido nada parecido desde el asesinato de Huey Long.
¿Por qué no me había metido en mis propios asuntos y había dejado que el asesino le quemara al Jefe Confederado lo que tenía debajo de su estúpido sombrero? Porque he sido entrenada únicamente para acción defensiva, por eso, y consecuentemente lucho por reflejo. No tengo ningún interés en luchar, no me gusta… pero simplemente ocurre.
En aquel momento no tuve tiempo de considerar lo juicioso que hubiera sido meterme en mis propios asuntos porque Georges estaba intentando meter baza. Georges habla un inglés britocanadiense sin acento (aunque un poco demasiado formal); ahora estaba farfullando incoherentemente en francés e intentando apartar de mí a aquellos dos pretorianos.
El de las gafas soltó mi brazo izquierdo en un esfuerzo por sacarse de encima a Georges, de modo que le golpeé con mi codo justo debajo del esternón. Lanzó un siseo ahogado y se derrumbó. El otro seguía sujetando mi brazo derecho, de modo que le golpeé en el mismo lugar con los primeros tres dedos de mi mano izquierda, con lo cual siseó también y cayó sobre su compañero, y ambos vomitaron.
Todo esto ocurrió mucho más aprisa de lo que tardo en contarlo… veamos: los tipos me agarran. Georges interviene, yo me libero. ¿Dos segundos? Fuera como fuese, el asesino había desaparecido, y el arma con él.
Yo estaba a punto de desaparecer también, arrastrando a Georges si era necesario, cuando me di cuenta de que Georges había pensado por mí. Me tenía firmemente sujeta por el codo derecho y me arrastraba directamente hacia la entrada principal del Palacio, un poco más allá de la fila de columnas. Cuando entramos en la rotonda, soltó mi codo mientras decía en voz muy baja:
— Camina lentamente, querida… tranquila, tranquila. Cógete de mi brazo.
Me cogí de su brazo. La rotonda estaba bastante llena de gente pero no había la menor excitación, ningún indicio que sugiriera el intento que acababa de producirse a unos pocos metros de asesinar al jefe ejecutivo de la nación. Los puestos de recuerdos en torno a la rotonda estaban muy concurridos, especialmente las ventanillas de apuestas.
Precisamente a nuestra izquierda una mujer joven estaba vendiendo billetes de lotería… o dispuesta a venderlos diría más bien, puesto que en aquel momento no tenía ningún cliente y estaba mirando una telenovela de interminables capítulos en su terminal.
Georges se dirigió hacia allá y nos detuvimos ante ella. Sin alzar la vista, la mujer dijo:
— Está a punto de terminar. Entonces estaré con ustedes. Den una vuelta mientras tanto. Luego vuelvan.
Había tiras de billetes de lotería por todo el puesto. Georges empezó a examinarlos, yo pretendí demostrar también un profundo interés. Dejamos transcurrir el tiempo; finalmente vinieron los anuncios, y la mujer joven bajó el sonido y se volvió hacia nosotros.
— Gracias por esperar — dijo con una agradable sonrisa —. Nunca me pierdo Las desdichas de una mujer, especialmente ahora, cuando Mindy Lou está de nuevo embarazada y el tío Ben se muestra tan irrazonable al respecto. ¿No sigue usted los capítulos, querida?
Admití que raras veces tenía tiempo para ello… el trabajo me lo impedía.
— Es una pena; resulta muy educativo. Tome a Tim (es mi compañero de cuarto)… no mira más que los deportes. De modo que no tiene el menor pensamiento en su cabeza respecto a las cosas realmente importantes de la vida. Tome esta crisis en la vida de Mindy Lou. El tío Ben está simplemente persiguiéndola porque ella no quiere decirle quién es el padre. ¿Cree usted que a Tim le importa? ¡En absoluto! Ni Tim ni el tío Ben se dan cuenta de que ella no puede decirlo porque todo ocurrió en una reunión política secreta.