Permaneció por un momento con la cabeza inclinada, en reverente adoración de algo.
— Es uno de los Precios del Privilegio de Servir — dijo solemnemente —, pero uno que, con Toda Humildad, hay que pagar Alegremente. George, dime, si fueras llamado para efectuar el Ultimo Sacrificio Supremo para que el Jefe Ejecutivo de Tu País pudiera seguir viviendo, ¿vacilarías en lo más mínimo?
— Es difícil que esta situación llegue a producirse — respondió Georges.
— ¿Eh? ¿Qué?
— Bueno, cuando yo voto, cosa que no hago muy a menudo, normalmente voto Réunioniste. Pero el actual Primer Ministro es Revanchiste. Dudo que nunca me pidiera algo así.
— ¿De qué demonios estás hablando?
— Je suis québecois, monsieur le Chef d’État. Soy de Montreal.
16
Cinco minutos más tarde estábamos de nuevo afuera en la calle. Durante algunos tensos momentos pareció que íbamos a ser colgados o fusilados o al menos encerrados para siempre en las más profundas mazmorras del palacio por el crimen de no ser californianos. Pero prevaleció la más fría prudencia cuando el principal águila legal de Grito de Guerra le convenció de que era mejor dejarnos marchar antes que correr el riesgo de enfrentarse a una reclamación legal, incluso en las cámaras… el Cónsul General de Quebec podía cooperar, pero comprar a todo el personal podía llegar a ser horriblemente caro.
No fue así exactamente como lo planteó, pero él no sabía que yo estaba escuchando, puesto que no había mencionado mi audición perfeccionada ni siquiera a Georges. El jefe de los consejeros del Cacique susurró algo acerca de los problemas que habíamos tenido con aquella muñequita mexicana cuando aparecieron todos sus compañeros y quisieron saber la historia. No podíamos permitirnos otro barullo como aquel. Mejor dejarlos ir, Jefe; nos evitaremos que puedan buscarnos luego las cosquillas.
Así que finalmente salimos del Palacio y nos fuimos a las oficinas principales de la MasterCard en California, con cuarenta y cinco minutos de retraso… y perdimos otros diez minutos borrando nuestras falsas personalidades en los servicios del Edificio de Crédito Comercial de California. Los servicios eran democráticos y no discriminatorios, aunque no tan agresivamente. No había que pagar para entrar, y los cubículos tenían puertas, y las mujeres utilizaban un lado y los hombres utilizaban el lado que tenía esas cosas verticales como recogeaguas que los hombres utilizan más que los reservados, y el único lugar donde unos y otras se mezclaban era en la parte central donde había lavabos y espejos, e incluso allí las mujeres tendían a permanecer en su lado y los hombres en el otro. A mí no me preocupa compartir esos servicios — después de todo, fui educada en una inclusa —, pero he observado que los hombres y las mujeres, cuando se les da una oportunidad de segregarse, se segregan.
Georges tenía un aspecto mucho mejor sin los labios pintados. Había utilizado el agua en su cabello también, alisándolo y aplastándolo. Yo puse aquel llamativo pañuelo en mi neceser de vuelo. Él me dijo:
— Creo que fue una tontería intentar camuflarnos de ese modo.
Miré a mi alrededor. No había nadie cerca, y el alto nivel de ruido de los desagües y el aire acondicionado enmascaraban cualquier conversación.
— No en mi opinión, Georges. Creo que en seis semanas podrías convertirte en un auténtico profesional.
— ¿Qué tipo de profesional?
— Oh, Pinkerton, quizá. O un… — Alguien entró y se nos acercó —. Discutiremos eso más tarde. De todos modos, conseguimos dos billetes de lotería.
— Exacto. ¿Cuándo es el sorteo del tuyo?
Lo saqué, lo miré.
— ¡Hey, es para hoy! ¡Esta misma tarde! ¿O habré perdido el control de las fechas?
— No — dijo Georges, mirando mi billete —, es efectivamente hoy. Dentro de una hora será mejor que estemos cerca de una terminal.
— No es necesario — le dije —. Yo nunca gano a las cartas. Nunca gano a los dados.
Nunca gano a la lotería. Cuando compro bolsitas de pastelillos, la mayoría de la veces ni siquiera llevan regalo dentro.
— De todos modos miraremos la terminal, Casandra.
— De acuerdo. ¿Cuándo es tu sorteo?
Sacó su billete; lo miramos.
— ¡Hey, es el mismo sorteo! — exclamé —. Ahora tenemos muchas más razones para mirar.
Georges seguía mirando su billete.
— Viernes. Observa esto. — Frotó con el pulgar la impresión. Las letras siguieron como antes; los números se emborronaron —. Bien, bien… ¿Cuánto tiempo se pasó nuestra amiga con la cabeza metida bajo su mostrador, antes de «encontrar» este billete?
— No lo sé. Menos de un minuto.
— Le bastó, eso es evidente.
— ¿Tienes intención de ir a devolvérselo?
— ¿Yo? Querida, ¿por qué debería hacer eso? Un tal virtuosismo merece un aplauso.
Pero está malgastando un auténtico talento en trabajos menores. Pero salgamos; querrás terminar con el asunto de la MasterCard antes del sorteo de la lotería.
Volví a convertirme temporalmente en «Marjorie Baldwin», y se nos permitió hablar con «nuestro señor Chambers» en la oficina principal de la MasterCard en California. El señor Chambers era una persona extremadamente amable… hospitalaria, sociable, simpática, amistosa, exactamente el hombre, al parecer, que yo necesitaba ver, puesto que el rótulo en su escritorio nos decía que era el Vicepresidente para la Relación con los Clientes.
Tras varios minutos empecé a darme cuenta de que su autoridad era decir no, y su talento principal consistía en decir no de la manera más agradable, con las palabras más amistosas, de modo que el cliente apenas se diera cuenta de que estaba siendo echado a la puerta.
En primer lugar, por favor, comprenda, señorita Baldwin. que la MasterCard de California y la MasterCard del Imperio de Chicago son dos corporaciones separadas, y que usted no tiene firmado ningún contrato con nosotros. Lo cual lamentamos profundamente. Cierto, como un asunto de cortesía y reciprocidad normalmente aceptamos las tarjetas de crédito libradas por ellos y ellos aceptan las nuestras. Pero lamento mucho tener que decir que en este momento — deseaba enfatizar mucho el «en este momento» — el Imperio ha cortado todas las comunicaciones y, por extraño que parezca, hoy aún no se ha establecido ningún cambio oficial entre oseznos y coronas… de modo que, ¿cómo podríamos aceptar una tarjeta de crédito del Imperio aunque lo deseáramos y nos alegrara poder hacerlo…? Pero nuestro deseo es hacer que su estancia entre nosotros sea lo más feliz posible, así que, ¿qué es lo que podemos hacer por usted para tal fin?
Le pregunté cuándo creía que iba a terminar la emergencia.
El señor Chambers adoptó un aire completamente inexpresivo.
— ¿Emergencia? ¿Qué emergencia, señorita Baldwin? Quizá haya alguna emergencia en el Imperio, puesto que han cerrado sus fronteras… ¡pero por supuesto no hay ninguna emergencia aquí! Mire a su alrededor… ¿ha visto usted alguna vez un país tan resplandeciente de paz y prosperidad?
Estuve de acuerdo con él y me puse en pie, puesto que no parecía haber ningún objeto en seguir discutiendo.
— Gracias, señor Chambers. Ha sido usted muy amable.
— Ha sido un placer, señorita Baldwin. MasterCard a su servicio. Y no lo olvide:
cualquier cosa que yo pueda hacer por usted, cualquier cosa, estoy a su servicio.