— El código de llamada que ha utilizado usted no está en servicio. Permanezca en el circuito y un operador… — Desconecté rápidamente y salí a toda prisa.
Permanecí en la ciudad subterránea durante varios minutos, caminando al azar y pretendiendo mirar los escaparates de las tiendas pero poniendo distancia entre yo y la estación del tubo.
Encontré una terminal pública en unas galerías comerciales a una cierta distancia, e intenté el código de llamada del refugio. Cuando la voz dijo: «El código de llamada que ha utilizado usted no está…», corté rápidamente la comunicación, pero la voz no se interrumpió. Agaché la cabeza, me dejé caer de rodillas, salí de aquella cabina, desviándome hacia la derecha, haciéndome evidente lo cual es algo que odio, pero posiblemente evitando ser fotografiada a través de la terminal, lo cual podía ser desastroso.
Pasé varios minutos mezclándome con la multitud. Cuando me sentí razonablemente segura de que nadie estaba siguiéndome, bajé un nivel, entré en el sistema de tubo local de la ciudad, y fui al Saint Louis Este. Tenía otro código de llamada del refugio de emergencia, pero no pensaba utilizarlo sin prepararme antes.
El nuevo cuartel general secreto del Jefe estaba exactamente a sesenta minutos de cualquier lugar, pero yo no conocía su ubicación. Con esto quiero decir que, cuando abandoné aquel hospital para el curso de refresco, el viaje en el VMA tardó exactamente sesenta minutos. Cuando regresé tardó exactamente sesenta minutos. Cuando me fui de nuevo y pedí que me dejaran en un lugar desde donde pudiera tomar una cápsula para Winnipeg, fui dejada en Kansas City exactamente en sesenta minutos. Y no había forma de que el pasajero pudiera ver al exterior en los VMAs utilizados para eso.
Según la geometría, la geografía, y el simple conocimiento de lo que puede hacer un VMA, el nuevo cuartel general del Jefe debía estar en algún lugar más o menos por los alrededores de Des Moines… pero en este caso «más o menos» significaba un radio de al menos un centenar de kilómetros. No hice conjeturas. Tampoco hice conjeturas acerca de quiénes de nosotros sabían realmente la localización del cuartel general. Intentar adivinar quiénes decidía el Jefe que debían saber tales cosas era una pérdida de tiempo.
En Saint Louis Este compré una capa ligera con capucha, luego una máscara de látex en una tienda de disfraces, una que no fuera demasiado grotesca. Luego me cuidé mucho de elegir muy al azar mi terminal. Era de la intensa pero no concluyente opinión de que el Jefe había sido golpeado de nuevo y esta vez aplastado, y la única razón de no sentirme presa del pánico era que estaba entrenada para no sentir pánico hasta después de la emergencia.
Enmascarada y con la capucha puesta, tecleé el código de llamada de última instancia.
El mismo resultado, y de nuevo no se pudo desconectar la terminal. Me volví de espaldas al monitor, me arranqué la máscara y la arrojé al suelo, salí de allí a paso lento, di la vuelta a una esquina, me quité la capa mientras caminaba, la doblé, la arrojé a un cubo de basura, volví a Saint Louis…
…donde, intrépidamente, utilicé mi tarjeta de crédito del Banco Imperial de Saint Louis para pagar mi trayecto en el tubo a Kansas City. Una hora antes en Little Rock la había utilizado sin la menor vacilación, pero en aquel momento no tenía la menor sospecha de que le hubiera ocurrido algo al Jefe… de hecho tenía la convicción casi «religiosa» de que nada podía ocurrirle al Jefe. («Religiosa» = «creencia absoluta sin pruebas»).
Pero ahora me veía obligada a obrar bajo el supuesto de que algo le había ocurrido realmente al Jefe, lo cual incluía el supuesto de que mi MasterCard de Saint Louis (basada en el crédito del Jefe, no en el mío) podía quedar inutilizada para mí en cualquier momento. Podía meterla en una ranura para pagar cualquier cosa y verla quemarse hasta su destrucción cuando la máquina hubiera identificado el número.
De modo que cuatrocientos kilómetros y quince minutos más tarde estaba en Kansas City. No abandoné en ningún momento la estación. Hice una llamada gratuita al servicio de información acerca de la viabilidad del servicio del tubo a lo largo de KC-Omaha-Sioux Falls-Fargo-Winnipeg, y recibí la respuesta de que había servicio completo hasta Pembina y la frontera, pero no más allá. Cincuenta y seis minutos más tarde estaba en la frontera britocanadiense directamente al sur de Winnipeg. Era aún primera hora de la tarde. Diez horas antes había estado trepando por la orilla del Mississippi y preguntándome atolondradamente si estaba en el Imperio o había flotado de vuelta a Texas.
Ahora estaba incluso más aprensivamente ansiosa de salir del Imperio de lo que había estado de entrar en él. Hasta ahora había conseguido permanecer a un salto de pulga por delante de la Policía Imperial, pero ya no había ninguna duda en mi mente de que ellos deseaban hablar conmigo. Yo no deseaba hablar con ellos porque había oído historias acerca de cómo llevaban sus investigaciones. Los chicos que me habían interrogado la otra vez aquel mismo año habían sido moderadamente bruscos… pero la Policía Imperial tenía la reputación de quemar el cerebro a sus víctimas.
19
Catorce horas más tarde había avanzado tan sólo veinticinco kilómetros al este de donde había tenido que abandonar el sistema del tubo. Una hora de este tiempo la había pasado comprando, más de una hora comiendo, más de dos horas en atenta consulta con un especialista, unas celestiales seis horas durmiendo, y casi cuatro avanzando cautelosamente hacia el este en paralelo a la alambrada de la frontera sin acercarme a ella… y ahora era el amanecer y me acerqué a la alambrada, directamente a ella, preparada para saltarla, un aburrido mecánico reparador.
Pembina es solamente un poblado; tuve que bajar hasta Fargo para encontrar un especialista… un viaje rápido con la cápsula local. El especialista que deseaba era del mismo tipo que «Artistas, Ltd.» de Vicksburg, excepto que su empresa no se anunciaba en el Imperio; me tomó tiempo y algunos cautelosos billetes encontrarlo. Su oficina estaba en la parte baja de la ciudad, cerca de la Avenida Principal y el Paseo de la Universidad, pero estaba camuflado por un negocio mucho más convencional; era difícil reparar en él.
Yo llevaba todavía el descolorido mono de neodril que llevaba cuando me tiré al agua desde el Salto a M’Lou, no porque tuviera ningún afecto especial hacia él sino porque un traje azul de una pieza de ropa gruesa es lo más parecido a un atuendo universal unisex que una puede encontrar. Lo había llevado incluso en Ele-Cinco o en Luna City, donde es más usual el monokini. Añádele un pañuelo y un ama de casa lista puede ir con él de compras; lleva un maletín y te con viertes en un respetado hombre de negocios; mánchalo bien y artísticamente y se convierte en el traje de un vagabundo. Puesto que es difícil de ensuciar, fácil de limpiar, no se arruga, y casi nunca se gasta, es ideal para un correo que desea fundirse en el entorno y no puede perder tiempo o equipaje en trajes.
A ese mono le había añadido un grasiento gorro con «mi» insignia de la unión prendida en él, un desgastado cinturón de cadera lleno de viejas pero útiles herramientas, una bandolera de repuestos eléctricos sobre un hombro, y un equipo soldador portátil en el otro.
Todo lo que llevaba estaba muy gastado, incluidos los guantes. Bajo la cremallera del bolsillo derecho de mi cadera había una vieja cartera de piel con documentos de identidad indicando que yo era «Hannah Jensen» de Moorhead. Un amarillento recorte de periódico indicaba que había sido jefa de animadoras del equipo de fútbol de la universidad; una manchada tarjeta de la Cruz Roja identificaba mi grupo sanguíneo como O Rh ps sub 2 (lo cual es cierto) y me acreditaba como donante… aunque las fechas indicaban que llevaba más de seis meses sin donar.
Otra trivialidad mundana daba a Hannah unos antecedentes en profundidad; incluso llevaba una tarjeta Visa expedida por la Moorhead Savings & Loan Company… pero en este articulo le había ahorrado al Jefe más de mil coronas: puesto que no esperaba utilizarla, le faltaba la firma magnética invisible sin la cual una tarjeta de crédito es simplemente un trozo de plástico.