– Esta chica es la hija de Six. Todos conocéis a Six. Es rico y poderoso. Le dije a Franz que la dejara, pero no quiso escuchar. Ella no podía aguantar más; la hubiera matado. Apenas le queda vida.
– No tenías que matar a Franz -dijo una voz.
– Sí -dijo otra-. Podías haberle dado un porrazo.
– ¿Qué? -El tono de Rot era de incredulidad-. Tenía la cabeza más dura que el roble de la puerta de un convento.
– Pues ahora ya no la tiene.
Rot se inclinó a mi lado. Con un ojo en sus hombres murmuró:
– ¿Tienes un hierro?
– Sí -dije-. Mira, aquí no tenemos ninguna oportunidad, ni ella tampoco. Tenemos que llevarla a un bote.
– ¿Y qué hay de Six?
Abotoné el abrigo encima del cuerpo desnudo de Grete y la cogí en brazos.
– Tendrá que arreglárselas solo.
Helfferich negó con la cabeza.
– No, volveré a buscarlo. Espéranos en el muelle mientras puedas. Si empiezan a disparar, entonces sal cagandohostias. Y por si acaso yo no lo consigo, no sé nada de tu chica, piojo.
Anduvimos lentamente hasta la puerta, con Rot en primer lugar. Sus hombres retrocedieron a desgana para dejarnos pasar y, una vez fuera, nos separamos, y yo bajé por la pendiente hasta el muelle y el bote.
Dejé a la hija de Six en el asiento trasero de la lancha. Había una manta en un cofre, la saqué y se la puse por encima del cuerpo todavía inconsciente. Me pregunté si, en caso de que volviera en sí, tendría otra oportunidad de preguntarle por Inge Lorenz. ¿Se mostraría Haupthändler más cooperador? Estaba pensando en si debía volver a buscarlo a él cuando de la posada me llegó el sonido de varios disparos de pistola. Solté las amarras del bote, puse en marcha el motor y saqué la pistola del bolsillo. Con la otra mano me sujeté al embarcadero, para evitar que el bote se apartara de allí. Unos segundos después oí otra descarga de disparos y lo que sonaba como una remachadora trabajando a lo largo de la popa del bote. Empujé el acelerador hacia delante y giré el timón para alejarme del embarcadero. Encogiéndome de dolor me miré la mano, imaginando que me habían dado, pero en lugar de ello encontré una enorme astilla de la madera del muelle que se me había clavado en la palma de la mano. Rompiendo la parte más larga me volví y vacié el resto del cargador en dirección a las figuras que estaban apareciendo en el embarcadero, que se iba alejando. Con gran sorpresa por mi parte se lanzaron de bruces al suelo, pero por detrás de mí algo más pesado que una pistola había empezado a disparar. Era sólo una ráfaga de advertencia, pero la enorme ametralladora penetró a través de los árboles y de la madera del embarcadero como gotas metálicas de lluvia, levantando astillas, desgajando ramas y segando el follaje. Mirando de nuevo hacia delante, tuve el tiempo justo de poner el acelerador en marcha atrás y apartarme de la lancha de la policía. Entonces detuve el motor, y de forma instintiva levanté las manos por encima de la cabeza, dejando caer la pistola al suelo de la lancha al hacerlo.
Fue entonces cuando vi la nítida marca roja que había en el centro de la frente de Grete, de la que salía un fino reguero de sangre que bisecaba sus rasgos sin vida.
18
Escuchar la sistemática destrucción de otro espíritu humano tiene un efecto predeciblemente desmoralizador en tu propia fibra. Supongo que ésa era la intención. La Gestapo no hace nada a la ligera. Te dejan que oigas la agonía de otro para ablandarte por dentro, y sólo entonces empiezan a trabajarte por fuera. No hay nada peor que un estado de incertidumbre sobre lo que va a pasar, tanto si lo que se espera son los resultados de un análisis en un hospital o el hacha del verdugo. Lo único que quieres es acabar de una vez. A mi modesta manera, era una técnica que había utilizado yo mismo en el Alex cuando dejaba sudar a unos sospechosos hasta alcanzar ese estado en el que están dispuestos a contártelo todo. Esperar que suceda algo permite que tu imaginación entre en el juego y cree tu propio infierno privado.
Pero me preguntaba qué querrían de mí. ¿Querían información sobre Six? ¿Esperaban que yo supiera dónde estaban los papeles de Von Greis? ¿Y qué pasaría si me torturaban y yo no sabía lo que ellos querían que les dijera?
Al tercer o cuarto día de estar solo en mi asquerosa celda, estaba empezando a pensar si mi propio sufrimiento no sería un fin en sí mismo. En otras ocasiones me intrigaba saber qué habría sido de Six y de Rot Helfferich, que habían sido arrestados conmigo, y de Inge Lorenz.
La mayor parte del tiempo me limitaba a mirar fijamente las paredes, que eran una especie de palimpsesto de los desgraciados que habían sido sus anteriores ocupantes. Era extraño, pero no había apenas insultos contra los nazis. Más corrientes eran las recriminaciones entre los comunistas y los socialdemócratas para decidir cuál de esas dos «mujeres caídas» era la responsable de haber permitido que Hitler hubiera resultado elegido: los sozis culpaban a los pukers, y los pukers, a los sozis.
No era fácil conciliar el sueño. Había un camastro maloliente que evité en mi primera noche encarcelado, pero conforme pasaban los días y el cubo orinal iba oliendo cada vez peor, dejé de ser tan pejiguero. Fue sólo al quinto día, cuando vinieron dos SS y me sacaron de la celda, cuando me di cuenta de la peste que despedía; pero no era nada comparado con la peste de ellos, que era la de la muerte.
Me llevaron a rastras a lo largo de un pasillo que olía a orina hasta un ascensor, y éste nos subió cinco pisos hastaun pasillo silencioso y bien alfombrado, que con sus paredes recubiertas de madera y sus sombríos retratos del Führer, Himmler, Canaris, Hindenburg y Bismarck, tenía el aire de un exclusivo club de caballeros. Pasamos por una doble puerta de madera alta como un tranvía y entramos en una grande y brillante oficina donde trabajaban varias mecanógrafas. No prestaron ninguna atención a mi asquerosa persona. Un joven Hauptsturmführer de las SS dio la vuelta a un adornado escritorio para mirarme con indiferencia.
– ¿Quién es éste?
Dando un taconazo, uno de los guardias se puso firme y le dijo al oficial quién era yo.
– Esperad aquí -dijo el Hauptsturmführer, que fue hasta una puerta de caoba situada al otro lado de la sala, donde llamó y esperó. Al oír una respuesta metió la cabeza y dijo algo. Luego se volvió e hizo un gesto con la cabeza a mis guardianes, los cuales me empujaron hacia delante.
Era un despacho enorme y lujoso con un techo alto y varios muebles de piel caros, y comprendí que no iba a escuchar la charla de rutina de la Gestapo, la que sigue esa clase de guión que exige la doble ayuda de la cachiporra y las nudilleras de metal. Por lo menos, todavía no. No se arriesgarían a que se vertiera nada sobre la alfombra. En el extremo más alejado del despacho, había una puertaventana, una librería y un escritorio, detrás del cual, sentados en cómodos sillones, había dos oficiales de las SS. Eran altos, esbeltos y bien vestidos, con sonrisas altaneras, el pelo del color del queso de Tilsiter y unas nueces de Adán bien educadas. El más alto de los dos habló primero para ordenar a los guardias y a su asistente que salieran de la sala.
– Herr Gunther, por favor, siéntese.
Señaló una silla que había frente al escritorio. Miré hacia atrás cuando se cerró la puerta y luego avancé arrastrando los pies, con las manos en los bolsillos. Como me habían quitado los cordones de los zapatos y los tirantes al arrestarme, ésa era la única manera que tenía de impedir que se me cayeran los pantalones.
Nunca había conocido a oficiales de las SS de alto rango, o sea que no estaba seguro del grado de los dos que tenía delante; pero supuse que uno era probablemente coronel y el otro, el que seguía hablando, posiblemente general. Ninguno de los dos parecía tener más de treinta y cinco años.