– ¿Un cigarrillo? -dijo el general. Me ofreció una caja y luego me lanzó unos fósforos. Encendí el cigarrillo y lofumé agradecido.
– Por favor, sírvase usted mismo si quiere otro.
– Gracias.
– Tal vez querría beber algo.
– No rechazaría un poco de champán.
Los dos sonrieron de forma simultánea. El segundo oficial, el coronel, sacó una botella de schnapps y llenó un vaso.
– Me temo que no podemos permitirnos algo tan exquisito aquí -dijo.
– Pues, entonces, lo que tengan.
El coronel se levantó y me trajo la bebida. No perdí el tiempo. Me la metí en la boca de golpe, me limpié los dientes con ella y me la tragué con cada uno de los músculos del cuello y la garganta. Sentí que el schnapps me bajaba directamente hasta los callos.
– Será mejor que le dé otra -dijo el general-. Parece que tiene los nervios poco firmes.
Tendí el vaso para que lo volvieran a llenar.
– Mis nervios están perfectamente -dije, acunando el vaso-, es sólo que me gusta beber.
– Parte de la imagen, ¿eh?
– ¿De qué imagen?
– La de detective privado, por supuesto. Ese pobre hombrecillo en un despacho con apenas muebles, que bebe como un suicida que ha perdido el valor, y que viene en ayuda de la bella pero misteriosa mujer de negro.
– Alguien de las SS, quizá -sugerí.
Sonrió.
– Puede que no lo crea -dijo-, pero siento pasión por las historias de detectives. Debe de ser interesante.
Su cara tenía una configuración poco frecuente. Su rasgo principal era la sobresaliente nariz, parecida al pico de un halcón, que tenía el efecto de hacer que la barbilla pareciera débil. Por encima de la delgada nariz estaban los ojos, azules y vidriosos, un poco juntos, y ligeramente rasgados, que le daban un aire cínico, como cansado del mundo.
– Estoy seguro de que los cuentos de hadas son mucho más interesantes.
– Pero no en su caso, ciertamente. En particular, no en el caso en el que ha estado trabajando para la compañía de seguros Germania.
– Cuyo nombre podemos ahora sustituir por el de Hermann Six.
Del mismo tipo que su superior, era más guapo, pero parecía menos inteligente. El general echó una mirada a una carpeta que tenía abierta encima de la mesa frente a él, aunque sólo fuera para mostrar que sabían todo lo que había que saber de mí y de mi negocio.
– Exactamente -murmuró.
Después de unos momentos volvió a mirarme y dijo:
– ¿Por qué dejó usted la Kripo?
– Por la cera.
Me miró sin entender.
– ¿La cera?
– Sí, ya sabe, guita, pasta…, dinero. Hablando de dinero, tenía cuarenta mil marcos en los bolsillos cuando llegué a este hotel. Me gustaría saber qué ha pasado con ellos. Y con una chica que trabajaba conmigo. Se llama Inge Lorenz. Ha desaparecido.
El general miró a su oficial adjunto, el cual sacudió la cabeza.
– Me temo que no sabemos nada de ninguna chica, Herr Gunther -dijo el coronel-. La gente siempre está desapareciendo en Berlín. Usted, precisamente, debería saberlo. Y en cuanto al dinero, está seguro en nuestras manos, de momento.
– Gracias, no querría sonar desagradecido, pero preferiría guardarlo en un calcetín debajo del colchón.
El general unió sus largas y finas manos de violinista como si estuviera a punto de dirigir nuestras plegarias y presionó sus labios con las puntas de los dedos, meditativo.
– Dígame, ¿ha pensado alguna vez en unirse a la Gestapo? -preguntó.
Calculé que me había llegado el turno de sonreír.
– ¿Sabe?, este que llevo no era un mal traje antes de verme obligado a dormir con él puesto durante una semana. Quizá huela un poco, pero no llego a apestar.
Soltó una especie de resoplido divertido.
– La habilidad para hablar con un aire tan duro como sus homólogos literarios es una cosa, Herr Gunther -dijo-. Ser igual que ellos es otra bastante diferente. Sus comentarios demuestran o bien una sorprendente incapacidad para valorar la gravedad de su situación, o verdadero valor. -Alzó las cejas, finas y de color de pan de oro, y empezó a juguetear con la insignia de jinete alemán que llevaba en el bolsillo izquierdo del pecho-. Por naturaleza soy un hombre cínico. Creo que todos los policías lo somos, ¿no le parece? Así que, normalmente, me inclinaría por la primera valoración de su bravata. No obstante, en este caso particular me conviene creer en su fuerza de carácter. Por favor, no me decepcione diciendo algo realmente estúpido. -Se detuvo durante un momento-. Voy a enviarlo a un campo de concentración.
La carne se me heló igual que si estuviera en el aparador de un carnicero. Acabé lo que me quedaba del schnapps y luego me oí decir:
– Escuche, si es por lo de la cuenta del lechero…
Ambos empezaron a sonreír ampliamente, disfrutando de mi evidente incomodidad.
– Dachau -dijo el coronel. Apagué el cigarrillo y encendí otro. Vieron cómo me temblaba la mano al levantar el fósforo.
– No se preocupe -dijo el general-. Estará trabajando para mí.
Dio la vuelta al escritorio y se sentó en el borde, frente a mí.
– ¿Y quién es usted?
– Soy el Obergruppenführer Heydrich. -Señaló con un gesto al coronel y cruzó los brazos-. Y éste es el Standartenführer Sohst, de la Fuerza Especial de Alarma.
– Encantado de conocerle -dije.
No lo estaba. La Fuerza Especial de Alarma eran los asesinos especiales de la Gestapo de los que me había hablado Marlene Sahm.
– Llevo tiempo observándolo -dijo-. Y después de aquel pequeño incidente desafortunado en la casa de la playa en Wannsee le he tenido bajo una vigilancia constante, con la esperanza de que pudiera conducirnos hasta ciertos papeles. Estoy seguro de que sabe de cuáles le hablo. En lugar de ello, nos dio lo segundo mejor que podía darnos: el hombre que planeó el robo. Durante los últimos días, mientras usted era nuestro huésped, hemos estado comprobando su historia. Fue el obrero de la autopista, Bock, quien nos dijo dónde buscar a ese Kurt Mutschmann, el ladrón de cajas fuertes que tiene ahora los papeles.
– ¿Bock? -Negué con la cabeza-. No lo creo. No era la clase de tipo que se convierte en informador de la policía contra un amigo.
– Es completamente verdad, se lo aseguro. Oh, no quiero decir que nos dijera exactamente dónde encontrarlo, pero nos puso sobre la pista, antes de morir.
– ¿Lo torturaron?
– Sí. Nos dijo que en una ocasión Mutschmann le había dicho que si alguna vez estuvieran tan detrás de él que se encontrara realmente desesperado, entonces probablemente pensaría en esconderse en una prisión o en un campo de concentración, bueno, por supuesto, con un grupo de criminales buscándolo, por no hablar de nosotros mismos, es exactamente desesperado como debía sentirse.
– Es un viejo truco -explicó Sohst-. Se evita el arresto por una cosa haciendo que te arresten por otra.
– Creemos que Mutschmann fue arrestado y enviado a Dachau tres noches después de la muerte de Paul Pfarr – dijo Heydrich.
Con una fina y autocomplaciente sonrisa añadió:
– De hecho, casi pedía a gritos que lo arrestaran. Parece que lo cogieron con las manos en la masa, pintando eslóganes del Partido Comunista en la pared de una Kripo Stelle de Neukölln.
– Un campo de concentración no es tan malo, si eres un Kozi -dijo Sohst con una risita-. En comparación con los judíos y los maricas. Probablemente estará fuera dentro de un par de años.
Sacudí la cabeza.
– No lo entiendo -les dije-. ¿Por qué no piden sencillamente al comandante de Dachau que interrogue a Mutschmann? ¿Para qué diablos me necesitan?
Heydrich cruzó los brazos y balanceó la pierna, calzada con bota alta, de forma que la punta del pie casi me golpeaba la rodilla.
– Involucrar al comandante de Dachau significaría también tener que informar a Himmler, que es algo que no quiero hacer. Verá, el Reichsführer es un idealista. Sin lugar a dudas pensaría que era su deber utilizar esos papeles para castigar a los que a su entender son culpables de crímenes contra el Reich.