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En tanto que ex poli, en mi tiempo había visto el interior de bastantes prisiones: Tegel, Sonnenburg, Lago Ploetzen, Brandeburgo, Zellengefängnis, Brauweiler; todas son lugares duros, con una disciplina de mano dura; peroninguna se acercaba a la brutalidad y a la miseria deshumanizadora que era Columbia Haus, y no pasó mucho tiempo antes de que empezara a preguntarme si Dachau podría ser peor.

Había aproximadamente un millar de prisioneros en Columbia. Para algunos, como yo, era una prisión de tránsito, de estancia corta, de camino a un campo de concentración; para otros, era un campamento de tránsito de larga estancia, de camino a un campo de concentración. Y bastantes sólo saldrían de allí en una caja de pino.

Como recién llegado para una estancia corta, tenía una celda para mí solo. Pero dado que hacía frío por la noche y no había mantas, habría agradecido tener un poco de calor humano a mi alrededor. El desayuno era duro pan integral de centeno y sucedáneo de café. La comida era pan y gachas de patata. La letrina era una zanja con una plancha puesta a través de ella, y estabas obligado a cagar en compañía de otros nueve prisioneros. Una vez, uno de los guardias aserró la plancha y algunos de los prisioneros acabaron en el pozo negro. En Columbia Haus se apreciaba el sentido del humor.

Llevaba allí seis días cuando un día, alrededor de la medianoche, me ordenaron que me uniera a un cargamento de prisioneros que iban a ser transportados a la estación de ferrocarril de Putlitzstrasse, y desde allí a Dachau.

Dachau está situado a unos quince kilómetros al noroeste de Munich. Alguien en el tren me dijo que era el primer campo de concentración del Reich. Esto me pareció muy apropiado, dada la fama de Munich como cuna del nacionalsocialismo. Construido en torno a los restos de una antigua fábrica de explosivos, se levanta como una anomalía cerca de tierras de cultivo en el agradable campo bávaro. En realidad, el campo es lo único agradable en Baviera. La gente no lo es, con toda seguridad. Estaba seguro de que Dachau no iba a decepcionarme en ese aspecto ni en ningún otro. En Columbia Haus decían que Dachau era el modelo para los campos posteriores; que incluso había una escuela especial allí para preparar a los hombres de las SS para que fueran más brutales. No mentían.

Nos ayudaron a bajar de los vagones por medio de las botas y culatas de rifle habituales y nos llevaron hacia el este hasta la entrada del campo. Estaba circundado por una gran prisión militar, con una verja con el lema «El trabajo te hace libre». Esa leyenda fue objeto de un cierto regocijo desdeñoso por parte de los prisioneros, pero nadiese atrevió a decir nada por miedo a que lo patearan.

Podía imaginar montones de cosas que te hacen libre, pero el trabajo no era una de ellas: después de cinco minutos en Dachau, la muerte parecía una opción mejor.

Nos llevaron hasta una plaza abierta, que era una especie de plaza de armas, flanqueada al sur por un largo edificio con un tejado muy inclinado. Al norte, entre lo que parecían filas interminables de barracones de prisioneros, se extendía una amplia y recta calle bordeada de altos álamos. Se me cayó el alma a los pies cuando empecé a comprender la magnitud de la tarea que tenía frente a mí. Dachau era enorme. Podía llevarme meses encontrar a Mutschmann, y luego tenía que hacerme amigo suyo de forma tan convincente como para averiguar dónde había escondido los papeles. Estaba empezando a dudar que todo aquello no fuera el más burdo ejercicio de sadismo por parte de Heydrich.

El comandante del campo salió del largo barracón para darnos la bienvenida. Al igual que todo el mundo en Baviera, tenía mucho que aprender en cuanto a hospitalidad. Básicamente lo que nos ofreció fueron castigos. Nos dijo que por allí había árboles adecuados más que suficientes para colgar a cada uno de nosotros. Y acabó prometiéndonos el mismo infierno. No dudé que haría honor a su palabra. Pero, por lo menos, el aire era limpio. Ésa es una de las dos cosas que se pueden decir en favor de Baviera; la otra tiene algo que ver con el tamaño de los pechos de sus mujeres.

Tenían una curiosa y diminuta sastrería en Dachau. Y una barbería. Encontré un bonito traje de confección a rayas, un par de zuecos, y luego fui a cortarme el pelo. Habría pedido que me pusieran un poco de brillantina, pero habrían tenido que tirarla al suelo. Las cosas empezaron a tener mejor aspecto cuando me dieron tres mantas, toda una mejora respecto a Columbia, y me asignaron a un barracón para arios. En él se alojaban ciento cincuenta hombres. Los de los judíos contenían tres veces más.

Lo que dicen es cierto: siempre hay alguien que está peor que uno mismo. Es decir, a menos que se tenga la desgracia de ser judío. La población judía de Dachau nunca fue numerosa, pero en todos los aspectos, los judíos eran los que peor estaban. Salvo, quizá, en los dudosos medios para conseguir la libertad. En un barracón ario la tasa demortalidad era de uno por noche; en uno judío se acercaba a los siete u ocho.

Dachau no era lugar para ser judío.

Por lo general, los prisioneros eran el reflejo de todo el espectro de oposición a los nazis, por no hablar de aquellos contra los que los nazis eran implacablemente hostiles. Había socialistas y comunistas, sindicalistas, jueces, abogados, doctores, maestros, oficiales del ejército, soldados republicanos de la guerra civil española, testigos de Jehová, francmasones, sacerdotes católicos, gitanos, judíos, espiritualistas, homosexuales, vagabundos, ladrones y asesinos. Con la excepción de algunos rusos y unos cuantos miembros del gabinete austriaco, todo el mundo en Dachau era alemán. Conocí un preso que era judío. Era también homosexual y, por si eso fuera poco, además era comunista. Eso significaba tres triángulos. No era que su suerte lo hubiera abandonado; era que se había largado a toda velocidad en una jodida moto.

Dos veces al día nos reunían en formación en la Appellplatz, y después de pasar lista venían los azotes de las Hindenburg Alms. Ataban a un hombre o una mujer a un bloque y le daban un promedio de veinticinco latigazos en el trasero desnudo. Vi cómo varios se cagaban durante el castigo. La primera vez sentí vergüenza, pero más tarde alguien me dijo que era la mejor manera de romper la concentración del hombre que manejaba el látigo.

La formación era mi mejor oportunidad para mirar a los demás prisioneros. Llevaba un registro mental de los hombres que había eliminado, y al cabo de un mes había conseguido descartar a más de trescientos.

Nunca olvido una cara. Es una de las cosas que te hacen ser un buen poli, y una de las cosas que me habían llevado a incorporarme a la policía en primer lugar. Sólo que esta vez mi vida dependía de ello. Pero siempre llegaban nuevos para alterar mi metodología. Me sentía como Hércules tratando de limpiar la mierda de los establos de Anglas.

¿Cómo se puede describir lo indescriptible? ¿Cómo se puede hablar de algo que te hace enmudecer de horror? Ha habido muchos más elocuentes que yo que no han conseguido encontrar las palabras. Es un silencio nacido de la vergüenza, porque incluso los inocentes son culpables. Despojado de todo derecho humano, el hombre vuelve a convertirse en un animal. Los que se mueren de hambre, roban a los que se están muriendo de hambre y lasupervivencia personal es la única consideración que se tiene en cuenta, una consideración que es más importante que la experiencia, que incluso la somete a censura. Dar el trabajo suficiente para quebrar el espíritu humano era el objetivo de Dachau, con la muerte como consecuencia no buscada. La supervivencia se conseguía a través del sufrimiento vicario de los demás: se estaba a salvo durante un tiempo, cuando era otro al que linchaban o golpeaban; durante unos cuantos días te podías comer la ración del hombre de la litera de al lado después de que expirara mientras dormía.