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Había pocos niños en Dachau, nacidos de mujeres prisioneras. Algunos de ellos no habían conocido nunca otra vida que el campo. Jugaban libremente en el recinto, tolerados por todos los guardias, y a algunos de ellos incluso les gustaban, y podían ir casi a todas partes, con excepción del barracón hospital. El castigo por desobedecer era una dura paliza.

Mendelssohn tenía escondido un niño con una pierna rota debajo de uno de los camastros. El chico se había caído mientras jugaba en la cantera de la prisión y llevaba casi tres días allí con la pierna entablillada cuando los SS vinieron a buscarlo. Estaba tan aterrado que se tragó la lengua y murió ahogado.

Cuando la madre del niño vino a verlo y hubo que darle las malas noticias, Mendelssohn fue un modelo de compasión profesional. Pero, más tarde, cuando ella ya se había marchado, lo oí llorar, solo, silenciosamente.

– ¡Eh, ahí arriba!

Di un salto al oír la voz que venía de abajo. No era que hubiera estado durmiendo; era sólo que no había estado vigilando a Mutschmann. Ahora no tenía ni idea del valioso periodo de tiempo durante el que había estado consciente. Bajé con cuidado y me arrodillé al lado de su camastro. Aún me resultaba muy doloroso sentarme. Sonrió de una forma horrible y me aferró el brazo.

– Lo he recordado -dijo.

– ¿Ah, sí? -dije con optimismo-. ¿Y qué has recordado?

– Dónde había visto tu cara.

Traté de no mostrar preocupación, aunque el corazón me golpeteaba en el pecho. Si pensaba que era un poli ya podía olvidarme de todo el asunto. Un ex preso nunca es amigo de un poli. Aunque los dos hubiéramos naufragado en una isla desierta, él seguiría escupiéndome a la cara.

– Ah, ¿y dónde fue?

Le puse el cigarrillo a medio fumar entre los labios y se lo encendí.

– Eras detective de hotel -dijo con voz ronca-. En el Adlon. Una vez estuve allí reconociendo el terreno para hacer un trabajo. -Soltó una áspera risita-. ¿Tengo razón?

– Tienes buena memoria -dije, encendiendo un cigarrillo para mí-. De eso hace bastante tiempo.

Me aferró con más fuerza.

– No te preocupes -dijo-. No se lo contaré a nadie. No es como si hubieras sido un poli ¿eh?

– Has dicho que estuviste reconociendo el terreno. ¿A qué línea concreta de delincuencia te dedicabas?

– Robaba cajas fuertes.

– No recuerdo que robaran nunca la caja del hotel -dije-. Por lo menos, no mientras yo trabajé allí.

– Eso es porque no me llevé nada -dijo con orgullo-. La abrí, claro, pero no había nada que valiera la pena llevarse. En serio.

– Si tú lo dices… Siempre había gente rica en el hotel, y siempre tenían cosas valiosas. Era muy raro que no hubiera nada en la caja.

– Es verdad -dijo-. Fue sólo mi mala suerte. Realmente, no había nada que pudiera llevarme y que pudiera sacarme de encima. Ésa es la cuestión, ¿sabes? No tiene sentido coger algo que no podrás vender.

– De acuerdo, te creo.

– No estoy alardeando -dijo-. Era el mejor. No había nada que no pudiera abrir. Ya ves, supongo que esperarías que fuera rico, ¿no?

Me encogí de hombros.

– Quizá. También esperaría que estuvieras en la cárcel, que es donde estás.

– Es por ser rico por lo que estoy aquí escondido -dijo-. Ya te lo he dicho, ¿verdad?

– Mencionaste algo así, sí.

Me tomé mi tiempo antes de añadir:

– ¿Y qué tienes que te hace ser tan rico y tan buscado? ¿Dinero? ¿Joyas?

Soltó otra risa ronca.

– Mejor que eso -dijo-. Poder.

– ¿En qué modo o forma?

– Papeles -dijo-. Créeme, hay un montón de gente que pagaría un montón de dinero por poner las manos en lo que yo tengo.

– ¿Qué hay en esos papeles?

Su respiración era más superficial que una chica de la portada de Der Junggeselle.

– No lo sé exactamente -dijo-. Nombres, direcciones, información. Pero tú eres un tipo listo, tú podrías sacarles provecho.

– No los tendrás aquí, ¿verdad?

– No seas estúpido -dijo casi sin aliento-. Están a buen recaudo, fuera.

Le saqué el cigarrillo apagado de la boca y lo tiré al suelo. Luego le di lo que quedaba del mío.

– Sería una lástima… que nunca se utilizaran -dijo sin resuello-. Te has portado bien… conmigo. Así que voy a hacerte un favor… Haz que suden, ¿lo harás? Esto te valdrá… un montonazo… de pasta… en el exterior. -Me inclinéhacia él para oír lo que decía-. Agárralos por… la nariz.

Parpadeó. Lo agarré de los hombros y lo sacudí para tratar de hacerlo volver en sí.

Volver a la vida.

Me quedé allí, arrodillado, durante un tiempo. En el rinconcito dentro de mí donde todavía sentía las cosas, había una horrible y aterradora sensación de abandono. Mutschmann era más joven que yo, y fuerte, además. No me resultaba difícil verme sucumbir a la enfermedad. Había perdido mucho peso, tenía tiña y los dientes me bailaban en las encías. El hombre de Heydrich, el Oberschutze Bürger de las SS, era el encargado de la carpintería, y me preguntaba qué me sucedería si fuera y le dijera la palabra clave que me iba a sacar de Dachau. ¿Qué me haría Heydrich cuando descubriera que no sabía dónde estaban los papeles de Von Greis? ¿Enviarme de vuelta? ¿Ejecutarme? Y si no daba el aviso, ¿se le ocurriría pensar que no había tenido éxito y que tenía que soltarme? Por mi breve reunión con él y por lo que sabía de él, eso parecía muy improbable. Haber estado tan cerca y haber fracasado en el último momento, era casi más de lo que podía soportar.

Al cabo de un rato, estiré el brazo y cubrí la amarilla cara de Mutschmann con la manta. Un cabo de lápiz cayó al suelo, y lo contemplé durante varios segundos antes de que una idea me cruzara la cabeza y un destello de esperanza iluminara de nuevo mi corazón. Aparté de nuevo la manta del cuerpo de Mutschmann. Tenía los puños fuertemente apretados. Una después de la otra logré abrirle las manos. En la izquierda había un trozo de papel del tipo que los prisioneros utilizan en la zapatería para envolver los zapatos reparados de los SS. Tenía demasiado miedo de que no hubiera nada en el papel para abrirlo enseguida. En realidad, la escritura era casi ilegible y me llevó cerca de una hora descifrar el contenido de la nota. Decía: «Oficina de Objetos Perdidos. Departamento de Tráfico de Berlín. Saarlandstr. Perdiste un maletín en algún momento de julio, en la Leipzigerstrs. Hecho de cuero marrón liso, con cierre de latón, una mancha de tinta en el asa. Iniciales doradas K. M. Contiene una postal de Estados Unidos. Una novela del Oeste de Karl May y algunos papeles de trabajo. Gracias. K. M.».

Puede que fuera el billete de vuelta a casa más extraño que nadie haya tenido nunca.

19

Parecía haber uniformes por todas partes. Incluso los vendedores de periódicos llevaban gorras y abrigos de las SA. No había ningún desfile y con seguridad no había nada judío en Unter den Linden que pudiera boicotearse. Quizá fuera sólo ahora, después de Dachau, cuando me daba plena cuenta del férreo control que el nacionalsocialismo tenía sobre Alemania.

Me dirigía hacia mi oficina. Pasé por delante del Ministerio del Interior, situado de manera incongruente entre la embajada griega y la tienda de arte de Schultze, vigilado por dos guardias de asalto. Desde allí Himmler le había enviado a Paul Pfarr su memorando relativo a la corrupción. Un coche se detuvo ante la puerta frontal y de él salieron dos oficiales y una chica de uniforme a quien reconocí como Marlene Sahm. Me detuve para decirle hola, pero luego lo pensé mejor. Pasó a mi lado sin ni siquiera mirarme. Si me había reconocido, se las arregló muy bien para disimular. Me volví y la observé mientras seguía a los dos hombres al interior del edificio. No creo que me quedara allí más de un par de minutos, pero fue suficiente para que me abordara un hombre gordo con un sombrero con el ala bajada.