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– En realidad la tiene el ministro Huang. Todos estos años el Partido siempre ha confiado en usted. ¿Qué es lo que ha citado antes de Confucio?

– Lo sé, pero… -no sabía cómo continuar.

– Comprendemos que se hace cargo del caso en un momento crítico. El ministerio le proporcionará fondos especiales. Presupuesto sin límite. Lleve a la inspectora Rohn a los mejores restaurantes, teatros, cruceros… lo que usted decida. Gaste todo lo que pueda. No deje que los norteamericanos crean que somos tan pobres como esa gente que huye en barco. Esto también es trabajo de relaciones con el extranjero.

La mayoría de personas encontrarían atractiva esta misión. Hoteles de primera, diversión y banquetes. China no debía perder prestigio ante las visitas occidentales: era una de las normas de las relaciones con el extranjero que Chen había aprendido. Sin embargo, aquella misión tenía otra cara: la vigilancia secreta del gobierno. Seguridad Interna acecharía por detrás.

– Haré todo lo que pueda. Sólo quiero pedir dos cosas, Secretario del Partido Li.

– Adelante.

– Quiero que el inspector Yu Guangming sea mi compañero en el caso.

– El inspector Yu es un policía con experiencia, pero no habla inglés. Si necesita ayuda, me gustaría sugerir a otra persona.

– Enviaré al inspector Yu a Fujian. No sé qué ha hecho hasta ahora la policía local. Tenemos que descubrir la causa de la desaparición de Wen -dijo Chen, tratando de captar algún cambio en la expresión de Li, pero no vio ninguno-. El inspector Yu puede mantenerme informado de los últimos acontecimientos producidos allí.

– ¿Qué pensará la policía de Fujian?

– Allí estoy yo al cargo, ¿no?

– Por supuesto, tiene el control absoluto de toda la operación. Sus órdenes serán obedecidas.

– Entonces le enviaré a Fujian esta tarde.

– Bien, si insiste -accedió Li-. ¿Necesita ayuda aquí? Estará totalmente ocupado con la inspectora Rohn.

– Es cierto. Tengo algún otro trabajo pendiente. Y también está el cadáver del parque.

– De veras quiere trabajar en el caso del parque del Bund? No creo que tenga tiempo, inspector jefe Chen.

– Hay que hacer un poco de trabajo preliminar. No puede esperar.

¿Qué me dice del sargento Qian Jun? Puede servirle de ayudante temporal.

A Chen no le gustaba Qian, un joven graduado de la academia de policía con una cabeza antigua para la política. Sin embargo, sería excesivo volver a rechazar la sugerencia de Li.

Qian está bien. Yo estaré casi todo el tiempo fuera con la inspectora Rohn. Cuando el inspector Yu venga, Qian puede transmitirle los mensajes.

– Qian también puede ayudar con el papeleo -añadió Li con una sonrisa-. Ah, en esta misión hay una subvención para ropa. No se olvide de ir a ver al contable del departamento.

– ¿Esa asignación no es sólo para los que salen al extranjero?

– Tendrá que vestir de la mejor manera posible para los que vengan del extranjero. Recuerde: tiene que dar una buena imagen de nuestra fuerza policial. También puede reservar una habitación en el Peace Hotel. Allí es donde se alojará la inspectora Rohn. Será más cómodo para usted.

– Bien… -la perspectiva de alojarse en aquel famoso hotel era tentadora. Vivir en una habitación que daba al Bund no sólo sería un placer para él. Había invitado a la familia del inspector Yu a darse un baño caliente cuando se alojó en el Hotel Jing River. La mayoría de familias de Shanghai no disponían de cuarto de baño, y mucho menos de agua caliente. Sin embargo, no necesariamente sería sensato, concluyó Chen, el que se alojara en el mismo hotel que una agente norteamericana-. No será necesario, Secretario del Partido Li. Es un paseo de diez minutos desde aquí. Podemos ahorrar dinero al departamento.

– Sí, siempre debemos seguir la tradición consagrada del Partido: vivir con sencillez y trabajar duramente.

Cuando salió del despacho de Li, Chen estaba intranquilo por el inaprensible recuerdo de lo que le había sucedido, no mucho tiempo atrás, en otro hotel.

«¿Qué puede revivirse en la memoria / si se pierde allí al instante?».

Oprimió el botón del ascensor; volvía a estar estropeado.

CAPÍTULO 3

El avión llevaba retraso.

Las cosas empezaban a ir mal desde el principio, pensó Chen. Mientras esperaba en el aeropuerto internacional Hongqiao de Shanghai, miraba fijamente la información que aparecía en el monitor de salidas y llegadas, que a su vez parecía mirarle fijamente a él, reflejando su frustración.

En el exterior la tarde era despejada y fresca, pero la visibilidad local en el aeropuerto Narita de Tokio, según el mostrador de información, era extremadamente mala. De modo que los pasajeros que tenían que hacer trasbordo allí, entre los que se encontraba Catherine Rohn, que volaba con United Airlines, tenían que esperar hasta que mejorara el tiempo.

La puerta cerrada parecía inexplicablemente intimidante.

No le gustaba la misión, aunque el resto del departamento habría estado de acuerdo, por una vez, en que él era el candidato ideal para ella. Vestido con un traje nuevo, incómodo con una corbata de nudo apretado, una cartera de piel en la mano y haciendo esfuerzos por ensayar lo que le diría a la inspectora Rohn cuando llegara, esperó.

Sin embargo, la mayoría de la gente que estaba sentada en el aeropuerto parecía estar de buen humor. Un hombre joven estaba tan nervioso que no paraba de dar vueltas a su móvil, pasándoselo de una mano a la otra. Un grupo de cinco o seis personas, aparentemente una familia, iban por turnos a ver el monitor de salidas y llegadas. Un hombre de edad madura intentaba enseñar a una mujer también de edad madura unas cuantas palabras sencillas en inglés, pero al fin lo dejó, meneando la cabeza con una sonrisa afable.

Sentado en un asiento de un rincón, reflexionando sobre el posible paradero de Wen, el inspector jefe Chen se inclinaba por la idea de que la desaparición de Wen se debía a un secuestro por parte de la tríada local. Por supuesto, Wen podía haber sufrido un accidente. En cualquiera de los dos casos las pistas estarían en Fujian. Pero su tarea consistía en mantener a la inspectora Rohn a salvo y satisfecha en Shanghai. Segura lo estaría, pero ¿satisfecha? Si la policía de Fujian no lograba encontrar a Wen, ¿cómo podría él convencerla de que la policía china había hecho todo lo que había podido?

En cuanto a la posibilidad de que Wen se hubiera ocultado, parecía improbable. Según la información inicial, hacía meses que había solicitado un pasaporte y realizado un par de viajes a Fuzhou con ese fin. ¿Por qué iba a desaparecer voluntariamente en aquellos momentos? De haber tenido un accidente, ya se habría descubierto.

Desde luego, cabía otra posibilidad: las autoridades de Beijing querían echarse atrás. Cuando se trataba de intereses nacionales todo era posible. En este caso, su trabajo sería como mucho patético, como una ficha del juego dego colocada en el tablero para distraer la atención del contrincante.

Decidió no seguir especulando. No servía de nada. En un discurso sobre la reforma económica de China, el camarada Deng Xiaoping había utilizado la metáfora de cruzar el río pisando una piedra tras otra. Cuando no se pueden prever los problemas ningún plan puede evitarlos. Ese era el único rumbo que ahora Chen podía tomar.

Abrió su maletín y buscó la fotografía de la inspectora Rohn para echarle otro vistazo, pero la fotografía que sacó fue la de una mujer china: Wen Liping.

Rostro enjuto y demacrado, cetrino, el pelo alborotado, con profundas líneas alrededor de unos ojos apagados, cuyas comisuras parecían cargadas de pesos invisibles. Esta era la mujer que aparecía en la fotografía reciente utilizada en su solicitud de pasaporte. Qué diferente de las que aparecían en su expediente del instituto, en las que Wen, mirando hacia el futuro, aparecía joven, bonita, llena de vida, su brazal rojo reluciente al levantar el brazo al cielo durante la Revolución Cultural. En el instituto, Wen había sido «reina», aunque en aquella época este término no se utilizaba.