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Y después estaba el propio Tanner. Rara vez sabía lo que estaba pensando. Parecía despreciarla algo menos que al principio. Madison se preguntaba si sería una locura confiar en él, y la sorprendió advertir cuál era su inmediata respuesta.

No, no era una locura. En sus circunstancias, confiar en Tanner tenía sentido.

Todavía estaba intentando convencerse a sí misma cuando Tanner entró en la cocina para servirse un café. Madison observó la agilidad de sus movimientos y la flexibilidad de sus músculos. En otra situación, lo habría encontrado intrigante y atractivo. En aquélla, sólo era un misterio.

– ¿Por qué lo hace? -le preguntó.

Tanner alzó la mirada de la jarra del café.

– Me gusta el café.

– No, ¿por qué me está ayudando?

– Me contrataron para que la rescatara, no para que la entregara a un potencial asesino. Hasta que esté seguro de que se encuentra a salvo, la mantendré aquí.

– ¿Es una cuestión de honor? -le preguntó.

– Eso sería decir demasiado.

– Pero usted está haciendo lo que cree más correcto.

– Eso todavía tendremos que aclararlo.

– O sea, que todavía no me cree.

– Algunas cosas son ciertas. Tenía razón en lo de que Hilliard no paga sus deudas. Tiene una gran lista de acreedores furiosos. Algunos de ellos incluso lo denunciaron.

– Sí, ya se lo dije -le recordó Madison-, pero las denuncias fueron desestimadas.

– No todas, y no necesariamente por razones legales.

A Madison no le gustó cómo sonaba aquello.

– ¿Qué quiere decir?

– Algunas de las personas que pusieron las denuncias han desaparecido.

Madison sintió el sabor del miedo.

– A Christopher no le gustan las personas que se interponen en su camino -le dijo.

– Aparentemente, no.

– Sé que es una amenaza para mí. ¿Pero qué me dice de mi padre?

– Hilliard lo necesita.

– De momento.

Tanner se encogió de hombros.

– ¿Usted no puede protegerlo? ¿No puedo contratarlo para que se encargue de ello? Podría mandar un par de hombres de su compañía para vigilarlo.

Tanner dio un sorbo a su café.

– Estudiaré esa posibilidad.

– Puedo pagarle.

– En ningún momento lo he cuestionado.

Madison se tranquilizó ligeramente. Si Tanner vigilaba a su padre, no tendría que preocuparse por él. Era cierto que de momento Christopher necesitaba a Blaine pero, ¿durante cuánto tiempo?

– Odio todo esto -dijo Madison-. Odio que Christopher forme parte de mi vida. Me basta pensar en él para que se me pongan los pelos de punta.

– Por si le sirve de algo, de momento no se ha puesto en contacto con la policía para decirles que la estoy reteniendo.

– Si mi ex marido no lo ha denunciado, eso tiene que significar algo.

– Sí, admito que eso corrobora su punto de vista -admitió Tanner.

– Es usted un hombre muy obstinado.

– Soy un hombre cuidadoso.

Pero si iba a mantenerla viva, Madison no iba a quejarse de su necesidad de ser precavido.

– Voy a volverme loca si continúo aquí sin nada que hacer -dijo-. Creo que deberíamos volver a discutir sobre la posibilidad de que utilice mi ordenador.

Tanner la sorprendió con una sonrisa.

– ¿Quiere intentar convencerme?

Madison bebió un sorbo de café antes de contestar con un contundente:

– Por supuesto.

– ¿Y si acabo tan harto que al final decido no ayudarla?

Madison descartó aquella posibilidad encogiéndose de hombros.

– De momento me mantiene aquí segura y a salvo, aunque no le gusto. Dudo que enfadarlo por culpa del ordenador vaya a suponer alguna diferencia. Usted no funciona de esa manera.

– ¿Entonces cómo funciono?

– No estoy completamente segura, pero sé que no es una persona falsa.

Tanner la miró en silencio durante algunos minutos antes de hablar.

– Me reservo el derecho a revisar sus correos. Y también a analizar su disco duro.

Madison suspiró aliviada.

– Revíselo cuantas veces quiera, no me importa. Lo único que quiero es volver a trabajar. En mi casa tengo un ordenador portátil.

– Le diré a uno de mis hombres que vaya a buscarlo. Si quiere algo más de su casa, anótemelo.

Madison contuvo un grito de alegría. En cuanto Tanner salió de la cocina, buscó papel y bolígrafo y comenzó a escribir rápidamente una lista. Salió a la puerta y se la mostró.

– Aquí está -le dijo.

Tanner dejó el ordenador en suspensión, agarró las llaves y se acercó al pasillo. Tomó la lista, la leyó y asintió.

– Volveré dentro de un par de horas.

¿Se iba? Madison no sabía si alegrarse o todo lo contrario.

– No intente escapar, ni salir a la sala de control. Si lo hace, se activará la alarma y recibiré un aviso. ¿Ha quedado claro?

Como Madison no tenía ninguna intención de marcharse, no le resultó en absoluto difícil mostrarse de acuerdo. Cinco minutos después, Tanner se había ido y ella estaba sola.

Cuando oyó que la puerta del garaje se cerraba, se acercó directamente al teléfono y lo descolgó. Pero en vez del tono de línea, la voz de un contestador le preguntó por su código de acceso.

– ¿Por qué será que no me sorprende? -musitó Madison.

Se dirigió al cuarto de estar y tomó el mando a distancia de la televisión sabiéndose prisionera de Tanner.

Tanner tecleaba en el ordenador mientras Madison esperaba impaciente en el pasillo. No podía verla directamente, pero distinguía la mayor parte de sus movimientos por el rabillo del ojo.

– Está poniéndome nervioso -le dijo, sin alzar la mirada del ordenador.

– ¿No puede ir más deprisa? -le preguntó Madison con obvia impaciencia-. ¿Cuánto tiempo se necesita para revisar un ordenador?

– Si me distrae, necesitaré más del que pensaba.

Madison apretó los labios, pero continuó moviéndose nerviosa.

– Tendré acceso a Internet, ¿verdad? -preguntó.

– Sí, pero su correo estará controlado.

– Como quiera. Sólo lo quiero para trabajar. No me va a pillar practicando cibersexo con nadie.

– Me alegro de saberlo. Pero lo que me preocupaba era que pudiera decirle a alguien dónde está escondida. Tendrá que contar que está recuperándose de una gripe en casa de una amiga. O que está fuera de la ciudad.

– Sí, claro. Supongo que no quiere que localicen nuestra posición.

Tanner alzó los ojos para fulminarla con la mirada.

– Esto no es una película de guerra.

Madison le sonrió.

– Quizá no, pero tenemos una posición que defender. No se preocupe, capitán. Guardaré el secreto aunque me cueste la vida.

– ¿Cuánto café ha tomado?

– Creo que demasiado. Estaba aburrida. He tenido unos resultados pésimos en todos los concursos que he visto mientras estaba fuera, pero se me han ocurrido unas ideas magníficas para decorar la cocina. ¿Quiere oírlas?

– No.

Se levantó y le llevó el portátil. Madison lo agarró con fuerza, estrechándolo contra su pecho.

– Gracias, gracias -le dijo feliz-. Prometo que le daré un buen uso -pero su buen humor desapareció un instante-. Christopher no podrá localizarme aquí, ¿verdad? Es un genio de los ordenadores.

– No, es imposible localizarla. Aunque encuentre la manera de saber que está conectada a Internet, cualquier pista que encuentre le remitirá a una dirección falsa. Por lo que a él y al resto del mundo concierne, este lugar ni siquiera existe.

– Me alegro de saberlo. Y en serio, muchas gracias por esto.

Dio media vuelta y corrió a su habitación. Tanner la observó marcharse. Su larga melena flotaba tras ella y los vaqueros marcaban la curva de sus caderas.

Necesitaba engordar unos diez kilos, pero tenía potencial. Aunque no era algo que a él le importara en absoluto. En primer lugar, porque no era su tipo. En segundo lugar, porque mientras fuera responsabilidad suya, no podía intentar nada con ella. Y en tercer lugar, porque dudaba de que ella estuviera interesada en lo que tenía en mente.