– ¿Qué ocurrió?
– Fue en una fiesta a la que asistían numerosos científicos. Yo circulaba de grupo en grupo, haciendo las veces de anfitriona, pero todo el mundo estaba muy ocupado hablando de chips de ordenadores y de todo ese tipo de cosas. Así que me limitaba a mirar y a estar atractiva.
– ¿Y qué ocurrió? -le preguntó.
– Oí a Christopher hablando con uno de esos científicos. A su interlocutor le sorprendía que yo no supiera nada sobre su trabajo. Christopher señaló un jarrón que había encima de la mesa y dijo que yo era exactamente eso: una obra de arte completamente vacía.
Tanner le dio un beso en la frente.
– Sólo un idiota podría no ver lo que hay detrás de esos enormes ojos azules.
– Me quedé completamente estupefacta y pasé los siguientes días pensando en lo que había dicho. Decidí que de alguna manera, tenía razón. Entonces fue cuando comencé a cambiar, a convertirme en una persona mejor. Unos meses después, empecé a trabajar con los niños.
– ¿Qué le respondió el científico a Hilliard?
Madison se encogió de hombros.
– Era un científico ruso que había abandonado a su mujer y a sus hijos porque eran menos importantes que el trabajo para él. No creo que le sorprendiera.
– ¿Un científico ruso? -preguntó Tanner, mirándola fijamente.
– Claro. Había muchos. Algunos ni siquiera hablaban inglés. Yo aprendí algunas frases en ruso para poder hablar con ellos, pero Christopher me dijo que dejara de intentarlo, que sólo conseguía ponernos en ridículo.
– ¿Ruso?
– Sí, ruso, ¿por qué?
– Porque podría ser la información que necesitamos. ¿Te acuerdas de cómo se llamaba ese hombre?
– No, pero seguramente tendré la lista de invitados en el ordenador. Conservaba todas las listas de invitados para saber a quién habíamos invitado y cuándo.
– ¿Puedes acceder a esa información?
– Claro.
Tanner se sentó y le enmarcó el rostro con las manos.
– Después de aquella fiesta, ¿cuánto tiempo pasó hasta que Christopher comenzó a trabajar en ese nuevo producto tecnológico?
Madison intentó recordar.
– Varios meses. Seis quizá.
– Si yo fuera él, no lo vendería inmediatamente -dijo Tanner, hablando para sí-. De hecho, intentaría retrasar el proceso para que pareciera que yo mismo lo he inventado…
– ¿Qué quieres decir? -Madison se levantó y corrió a su lado-. ¿Que ha comprado la tecnología para eludir radares a los rusos?
– Quizás. El único posible vendedor tiene que ser la mafia rusa. Claro, de esta forma todo tiene sentido.
Regresaron a la sala de control, y Tanner la hizo sentarse frente a uno de los ordenadores, desde el que podía acceder a los contenidos de su portátil. Madison buscó las listas de invitados.
– ¿Quieres que te ayude? -le preguntó Tanner.
– Por supuesto.
Cuanto antes averiguaran que se proponía Hilliard, antes podrían atraparlo.
– ¿Cuánto puede costar un dispositivo como ese? -preguntó Madison.
– Millones. Cientos de millones, quizás.
– Así que podría haber necesitado el dinero de mi secuestro para comprarlo.
– Seguramente. Y probablemente también eso le ha supuesto problemas con el vendedor. La mafia rusa no tiene mucha paciencia.
– No me gusta que esté tan desesperado. Podría poner a mi padre en peligro.
– Lo sé. Pero mi equipo continúa vigilando a tu padre. -Tanner extendió las listas sobre la mesa-. Eliminaremos los nombres repetidos y cuando tengamos una lista reducida, intentaré averiguar quien es quien.
A las tres de la tarde siguiente, Madison encontró por fin respuesta para al menos una de las muchas preguntas que se acumulaban en su cabeza. Excepto durante las tres horas que había dedicado a dormir, no se había separado del ordenador. Habían conseguido seleccionar a todos los posibles sospechosos y habían terminado reduciendo la lista a cuatro personas.
Cuando vio que tenía un mensaje esperándola, hizo clic en el icono correspondiente y descubrió que se trataba de un mensaje de la empresa de su padre. En cuanto lo abrió y leyó el titular, comprendió que los problemas económicos de Christopher acababan de solucionarse.
– Christopher y mi padre han fusionado sus empresas -le dijo a Tanner, que trabajaba sentado frente a otro de los ordenadores de la sala de control-. No sé si es una buena o una mala noticia. Lo han anunciado cuando la bolsa estaba cerrada, pero mañana, las acciones de Christopher alcanzarán un precio espectacular. Su empresa es mucho más pequeña que la de mi padre, pero sé que tenía acciones. Ahora puede venderlas y sacar una buena cantidad.
– ¿Veinte millones?
– Posiblemente. ¿Crees que esto mejora o empeora la situación de mi padre?
– Hilliard no va a hacer nada públicamente. Durante las próximas semanas, ambas empresas van a estar bajo un riguroso control.
– Y necesitará que también mi padre aparezca en público. Así que hemos ganado algún tiempo para él.
Tanner se acercó hasta ella y se agachó al lado de su silla.
– Ni siquiera sabemos si tu padre ha corrido nunca algún peligro. Hilliard no mata por placer. Siempre tiene un plan.
– Lo sé. Lo que me asusta es lo mucho que mi padre confía en él. ¿Por qué no será capaz de darse cuenta de la verdad?
– Quizá porque no quiere. Tú misma me dijiste que no le gusta complicarse la vida.
Madison asintió.
– Si fuera capaz de ver a Christopher como lo que es, todo cambiaría. Pasé toda una época de mi vida deseando hacer feliz a mi padre. Incluso estudié matemáticas y física durante los primeros años de universidad, pero él ni siquiera se dio cuenta. Al final, dejé de intentarlo.
– ¿Querías participar en el negocio de la familia?
– No lo sé. En realidad no era una opción. Mi padre siempre ha creído que soy como mi madre.
– Y si Hilliard continúa alimentando la historia de que tienes alguna debilidad mental, jamás podrá creerse que estás bien.
– Exacto.
– Pero quizá las cosas cambien.
– Quizás. Yo podría… -en ese momento apareció un nuevo mensaje en su buzón-. A lo mejor es otra noticia sobre la fusión.
Marcó el mensaje y se sorprendió al ver que era de Christopher. Inmediatamente sintió frío y el miedo se transformó en un nudo en la boca de su estómago. Tanner se levantó, agarró la silla más cercana y se sentó a su lado, dispuesto a ayudarla.
– Adelante, estoy contigo.
Madison abrió el mensaje.
“Madison, sé que piensas que todo esto es un truco, pero tu padre está muy enfermo. El problema es que está empeorando su corazón. Ésa es la razón por la que por fin se ha mostrado de acuerdo en fundir las empresas. Quiere que lo hagamos antes de que sea demasiado tarde. No sabes lo preocupado que está por ti. Tu ausencia lo está matando. Si no me crees, ponte en contacto con su médico y pregúntale por su última cita. Me parece bien todo lo que puedas pensar de mí, pero tienes que ver a tu padre. Es posible que no te quede mucho tiempo.”
– Es muy bueno -reconoció Tanner.
Madison no podía hablar. Se le había secado la boca y apenas podía respirar.
– No… no es cierto, ¿verdad? -preguntó en un susurro.
– Sabes que no. Tu padre está bajo vigilancia y sabemos que no ha ido al médico. Hilliard está jugando sucio.
– Quiero creerte, Tanner.
– ¿Cómo puedo convencerte, Madison? ¿Quieres que consiga una copia de sus informes médicos?