Выбрать главу

– Aquí no está todo.

– No, quizá no.

La furia bullía con fuerza en el interior de Christopher.

– ¡Dijiste que éste era el último pago! Que me entregarías todo el equipo y habríamos terminado.

Stanislav lo fulminó con la mirada.

– Y tú me dijiste que recibiría el pago hace una semana. Esto es un negocio. El tiempo vale dinero. Tú me has hecho esperar. Considéralo como si me estuviera cobrando los intereses.

Christopher no era capaz de dominar su rabia. ¿Cómo podía estar ocurriéndole eso a él?

– ¿Cuánto pides?

– No mucho. Diez millones.

Christopher soltó un juramento. Diez millones de dólares. ¿De dónde podría…? Madison, pensó inmediatamente. Madison tenía acciones y opciones de venta que valían mucho más.

– ¿De cuánto tiempo dispongo?

– De otra semana.

No era mucho tiempo, pero lo único que tenía que hacer era asegurarse de manejar las cosas suficientemente bien para que Madison saliera de su escondrijo. Y en cuanto la tuviera, el dinero sería suyo.

– Gracias, Bill -dijo Tanner mientras se reclinaba en la silla-. Ya te he enviado por correo electrónico todo lo que tengo.

– Todo sería mucho más fácil si tuvieras pruebas -dijo su amigo.

Tanner se cambió de mano el auricular y sonrió.

– No puedo hacer todo el trabajo por ti.

Bill se echó a reír.

– Estoy deseando leer ese material. Hay un capo de la mafia rusa trabajando en la costa oeste al que estoy deseando atrapar.

– Espero que sea el mismo.

– Yo también.

– Estaremos en contacto.

Colgaron el teléfono y Tanner se volvió hacia Madison, que caminaba nerviosa por la habitación.

– Hecho -le dijo-. Bill hablará con su equipo e intentarán averiguar todo lo posible sobre los proyectos de Christopher. La buena noticia es que ya andan detrás de un tipo de la mafia rusa. Es posible que les hayamos dado la información que necesitaban para detenerlo.

– Eso sería magnífico. ¿Bill está en Washington D. C.?

– En San Francisco -advirtió que Madison continuaba paseándose por la habitación, muy nerviosa-. Madison, tranquilízate. Lo atraparemos.

– ¿Pero lo haremos a tiempo? No puedo quitarme de encima la sensación de que pronto va a ocurrir algo malo.

– Madison, la espera es la parte más dura de este trabajo.

– Para mí esto no es un trabajo. Esto es mi vida -suspiró-. Lo siento, estoy irascible porque estoy nerviosa. Necesito hacer algo, pero ya he contestado todos mis correos. Supongo que podría limpiar la cocina…

– O podríamos hablar.

– Te estoy poniendo nervioso, ¿eh?

– Me gusta hablar contigo.

– De acuerdo -se acercó a la silla que había frente a Tanner y se dejó caer en ella-. ¿De qué quieres que hablemos?

– ¿Qué te parece si hablamos de tus niños? Háblame de Kristen.

– ¿Cómo sabes que hay una niña que se llama Kristen?

– Tenías una carta suya en el correo. Hablaba de que había ido a bailar.

– Sí -Madison sonrió-, estaba tan emocionada… La primera vez que la vi tenía una cicatriz horrible. Era hija de unos padres adolescentes que habían decidido quedarse con ella y criarla. Una noche, su padre se la llevó a hacer un recado. Era tarde y tenía prisa, así que no le puso el cinturón de seguridad. Chocaron con otro coche y la niña salió disparada por el parabrisas. Tenía cuatro años.

– Tuvo que ser muy duro.

– Peor de lo que te imaginas. Su padre murió al instante. Cuando la conocí, tenía catorce años y parecía salida de una película de miedo. Pero era una niña muy dulce, divertida e inteligente. Su madre y ella tenían una relación magnífica. Los cirujanos plásticos hicieron un trabajo increíble con ella. Todavía le quedan cicatrices, pero pueden disimularse con un poco de maquillaje.

Madison continuó hablando de Kristen, pero Tanner dejó de escuchar. Prefería perderse en el placer de ver cómo movía los labios mientras hablaba. Y le gustaba ver cómo acompañaba sus palabras con los gestos de las manos. Cada movimiento, cada gesto, le recordaba lo hermosa que era.

Pero no era solo eso, pensó. Era la mujer que tenía en su interior la que lo cautivaba. Aquella mujer capaz de trabajar durante horas y horas a cambio de nada. La admiraba y sabía que no podía decir eso de ninguna de las mujeres con las que había intimado. Madison era una persona especial en el pleno sentido de la palabra.

– No me estás escuchando -lo acusó-. Y podría sentirme ofendida.

– Pero no te sientes ofendida. Además, estaba pensando en ti. Estaba pensando que eres magnífica.

– Oh, por favor…

– Lo digo en serio.

– Vaya, muchas gracias.

– De nada.

Tanner la miró en silencio, sabiendo que no le resultaría fácil olvidarla.

– Voy a echarte de menos -dijo, aunque no tenía intención de expresar aquel pensamiento en voz alta.

Madison se quedó mirándolo fijamente.

– ¿Tanner?

– Ya, ya lo sé, eso no significa nada. Es sólo que me gusta tenerte por aquí. Y eres una mujer increíble. Guapa, fuerte, cariñosa.

– Yo también creo que eres increíble.

Algo que no debería hacer, pensó Tanner. Cuando todo aquello terminara, Madison se marcharía y él se dedicaría a su próxima misión. Ninguno de ellos podía cometer la estupidez de esperar otra cosa.

– Me contratan a cambio de ayuda, nada más.

– En realidad yo no te he contratado. No me has dejado pagarte.

– Porque nos estamos acostando juntos y el dinero lo complica todo.

– Un hombre de principios.

– En los días buenos.

– ¿Y en los malos?

Tanner se levantó, le tendió la mano y la hizo levantarse.

– En los días malos soy mucho más divertido -y la besó.

Madison había hecho el amor con Tanner suficientes veces como para anticipar el placer que se avecinaba. Le bastó sentir su mano en la cintura y su boca en los labios para empezar a derretirse. Se inclinó contra él para poder acariciar todo su cuerpo mientras entreabría los labios.

Tanner sabía a café y a las naranjas que habían tomado después del desayuno. Y su contacto provocó un calor inmediato entre sus piernas que irradiaba desde allí en todas direcciones.

– Nunca parezco tener bastante -susurró Tanner contra su boca antes de interrumpir el beso para desplazarse hacia su barbilla.

Madison lo deseaba. Completamente y en ese mismo instante. Y el dormitorio estaba demasiado lejos.

No acababa de pensar en ello cuando ya estaba alargando la mano hacia su cinturón y empezaba a desabrochárselo. Tanner rió contra su cuello.

– Estamos impacientes, ¿eh?

– Sí, mucho.

Tanner le agarró la camiseta y se la quitó con un solo movimiento. A la camiseta le siguió el sujetador e inmediatamente volcó toda su atención en sus senos.

Los sopesó primero, acariciando cada centímetro de aquella sensible piel. Después, se inclinó para saborear los pezones. Todo el cuerpo de Madison se encogió en respuesta mientras se aferraba a él.

Pero no era suficiente, pensó. Jamás sería suficiente. Madison alzó los brazos. Quería que Tanner se desnudara, pero en aquel momento sólo era capaz de experimentar lo que le estaba haciendo.

– Más… -jadeó, hundiendo los dedos en su pelo.

Tanner reaccionó inmediatamente, abriendo la boca y succionándole profundamente los senos. Al mismo tiempo, desabrochó los pantalones cortos de Madison, le bajó la cremallera y deslizó la mano en el interior de sus bragas hasta encontrar el punto más sensible, que inmediatamente comenzó a acariciar.

Madison ya estaba húmeda y henchida. Y los sabios dedos de Tanner aplicaron justo la presión necesaria.

– ¡Tanner! -gritó, sintiéndose cada vez más cerca del orgasmo.