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– No les dirás que la he pifiado, ¿verdad?

– No la has pifiado, Jackie. Has tenido mala suerte, eso es todo.

– Debería andarme con más cuidado -dijo Jackie, pesaroso-. Pero es que me encantan los explosivos…

Poco después Bennett Patchett me envió por e-mail los nombres de unos cuantos ex militares que habían asistido al funeral de su hijo. Los dos primeros eran Vernon y Pritchard, acompañados ambos de una nota en la que indicaba que no tenía la certeza de haberlos escrito correctamente. Admitía que no recordaba los nombres de algunos de los presentes, porque no todos habían firmado en el libro de condolencias, ni todos le habían sido presentados, pero creía que hubo al menos una docena de antiguos soldados. Sí recordaba a una mujer, una tal Carrie Saunders, metida en algo relacionado con la ayuda psicológica a los veteranos; pero, que Bennett supiera, no habla tenido contacto formal con Damien antes de su muerte. Estaba también Bobby Jandreau, que ahora iba en silla de ruedas a causa de las heridas recibidas en Iraq. A éste lo tenía incluido ya en mi propia lista, formada por todos aquellos con quienes quería hablar en cuanto llegase la ayuda de Nueva York.

– ¿Había algún negro entre los asistentes al funeral?

– Vernon es de color -respondió Bennett-. ¿Es importante?

– Simple curiosidad.

Tomé nota de que debía llamar a Carrie Saunders y averiguar algo más sobre Bobby Jandreau. Antes, sin embargo, me acerqué a Scarborough Downs, donde vivía Ronald Straydeer en una cabaña a un paso del hipódromo. Ronald había servido en el cuerpo K9 durante la guerra de Vietnam, y seguía tan atormentado por la pérdida de su perro, al que había tenido que abandonar como «excedente del ejército» durante la caída de Saigón, como por la muerte de sus compañeros. Ahora su casa era una especie de área de reposo para veteranos que pasaban por la ciudad y necesitaban un sitio donde dormir, un lugar donde tomar una cerveza y fumar un porro sin que los molestaran con preguntas estúpidas. Yo no sabía bien cómo se ganaba la vida, pero es posible que tuviera algo que ver con la provisión de hierba que siempre parecía tener a mano.

Recientemente Ronald también había empezado a implicarse en la reivindicación de derechos para los veteranos. Al fin y al cabo, había tenido experiencia directa con la problemática de un veterano a su regreso de Vietnam, y tal vez pensara, sobre todo después del 11-S, que esas indignidades no volverían a suceder. Sin embargo, un nuevo aluvión de indignidad había caído sobre los veteranos, peor incluso que el padecido por sus predecesores de Vietnam. Por aquel entonces el conflicto guardaba relación con el retorno de soldados a quienes se culpaba de una guerra impopular, enfrentados a unos detractores enardecidos por las imágenes, que circulaban por las universidades, de niños moribundos o envueltos en napalm mientras cruzaban un puente vietnamita. Ahora, en lugar de esa ira, imperaban el desconocimiento de las secuelas del combate en los ex militares, tanto físicas como psicológicas, y cierta reticencia por parte de quienes los habían mandado alegremente a la guerra a la hora de cuidar de esos hombres heridos y desolados, fueran visibles o no sus heridas, cuando volvían a casa. Yo había visto a Ronald en la televisión local un par de veces, y a menudo la prensa del estado acudía a él en busca de declaraciones cuando, por una razón u otra, rebrotaba el tema de los veteranos discapacitados. Había fundado una organización informal llamada Veteranos Preocupados de Maine, y por primera vez desde que yo lo conocía parecía tener un verdadero objetivo, una nueva batalla que librar en lugar de revivir las antiguas.

Cuando llegué a su casa, vi moverse una cortina. Sabía que Ronald tenía un sensor instalado al principio del camino de acceso, y el rayo detectaba cualquier cosa mayor que un pequeño mamífero. Como persona inteligente que era, no guardaba en casa un alijo demasiado grande, con la idea de que si se producía una redada, pudieran acusarlo de posesión pero no de posesión con intenciones de venta. Por otra parte, las actividades de Ronald eran una especie de secreto a voces entre ciertas secciones de las fuerzas del orden locales, pero éstas las pasaban por alto gustosamente porque Ronald no vendía a jóvenes, no usaba la violencia y cooperaba con la policía siempre que surgía la necesidad. En cualquier caso, Ronald no estaba al frente de un imperio de la droga. Si hubiera sido así, no habría estado viviendo en una pequeña cabaña en Scarborough Downs.

Habría estado viviendo en una gran cabaña en Scarborough Downs.

Ronald se acercó a la puerta cuando me bajé del coche. Era un hombre corpulento, de pelo negro muy corto, veteado de plata. Vestía unos vaqueros ajustados y una holgada camisa de cuadros que le colgaba por encima del cinturón. Una bolsa de piel pendía de su cuello.

– ¿Qué es eso? -pregunté-. ¿Gran medicina?

– No, aquí guardo el dinero suelto.

Al estrechar mi mano con la suya, curtida y surcada de músculos y venas, pareció engullirla como un bagre viejo y nudoso devorando un pececillo.

– Eres el único nativo americano que conozco -dije-, y no haces nada propio de un nativo americano.

– ¿Te decepciono?

– Un poco. Da la sensación de que no te esfuerzas.

– Ni siquiera me gusta que me llamen «nativo americano». A mí «indio» ya me parece bien.

– ¿Lo ves? Seguro que si hubiera llegado aquí vestido de vaquero, ni siquiera habrías pestañeado.

– No. Puede que te hubiera pegado un tiro, pero sin pestañear.

Nos sentamos a una mesa en el jardín, y Ronald sacó un par de refrescos de una nevera. En la cocina sonaba música en un radiocasete a bajo volumen, una mezcla de blues indio, folk y country alternativo: Slidin' Clyde Roulette, Keith Secola, Butch Mudbone.

– ¿Una visita de cumplido? -preguntó.

– No, una visita de amigo -contesté-. ¿Te acuerdas de un tal Damien Patchett? Un chico del pueblo, sirvió en Iraq con la infantería.

Ronald asintió.

– Fui al funeral.

Debería haberlo supuesto. Ronald, siempre que le era posible, asistía a los funerales de los veteranos en la zona. Aducía que al honrar a uno los honraba a todos. Formaba parte de su permanente sentido del deber personal para con los caídos.

– ¿Lo conocías? -pregunté.

– No.

– Ha llegado a mis oídos que quizá se quitó la vida él mismo.

– ¿Quién te lo ha contado?

– Su padre.

Ronald se tocó una diminuta cruz de plata que llevaba en la muñeca, prendida de una tira de cuero, un gesto por el dolor de Bennett Patchett.

– Estamos otra vez en las mismas -dijo-. Uno espera que los altos mandos y los políticos aprendan, pero nunca es así. La guerra cambia a los hombres y las mujeres, y algunos de ellos cambian tanto que ya no se reconocen nunca más, y detestan aquello en lo que se han convertido. Si quieres saber mi opinión, simplemente estamos elaborando mejor las estadísticas de suicidios. Desde que acabó la guerra de Vietnam se han quitado la vida más veteranos que hombres cayeron allí, y este año, a juzgar por la evolución de las cifras, se habrán quitado la vida más veteranos de Iraq que hombres caerán allí. Se cumple la misma pauta en las dos guerras: un trato lamentable allí, un trato lamentable aquí tras el regreso.

– ¿Qué se decía de Damien?

– Que se había aislado, que le costaba dormir. A la mayoría les cuesta dormir cuando vuelven. Les cuesta hacer muchas cosas, pero si no duermes… En fin, ya sabes, se te trastoca la cabeza y pasas a ser una persona inestable y deprimida. Entonces quizá bebes más de la cuenta, o tomas algo para equilibrarte y necesitas cada vez un poco más. Él tomaba trazodona, pero de pronto lo dejó.

– ¿Por qué?

– Tendrías que preguntárselo a alguien que lo conociera mejor que yo. Hay gente a la que no le gusta tomar somníferos: descubren que a la mañana siguiente tienen resaca y les estropea el sueño en fase REM, pero en el caso de Damien todo eso lo sé por terceros. ¿Su padre te ha contratado para que investigues su muerte?