Geagan eludía mi mirada.
– ¿Y? -pregunté.
– A Harold le gustaba fumar un poco de maría. A mí también. Sabía dónde conseguirla, y yo se la pagaba. No mucha, lo justo para sobrellevar los largos meses del invierno.
– ¿Harold trapicheaba?
– No, no creo. Simplemente tenía un proveedor.
– Pero pensó que quizá guardaba drogas en el motel, ¿no?
– Tendría su lógica, sobre todo si necesitaba ganar un poco de dinero para volver a abrir.
– ¿Sintió la tentación de echar un vistazo?
Geagan se incomodó más aún.
– Quizás una vez, cuando Harold no estaba.
– ¿Y qué vio?
– Todas las habitaciones estaban tapiadas, pero vi que algunas habían sido abiertas recientemente. Había virutas de madera en el suelo, y surcos en la tierra, como si hubieran metido algo pesado con una carretilla.
– Desde la ventana de su casa, ¿nunca llegó a ver qué metían allí?
– El camión siempre quedaba de frente. Si descargaban algo, convenía colocar la parte de atrás del camión hacia el motel. Nunca vi claramente qué trasladaban.
Nunca vio «claramente».
– Pero creyó entrever algo, ¿no es así?
– Va a parecerle raro.
– Estoy curado de espanto, créame.
– Verá, yo diría que era una estatua. Como una de esas estatuas griegas, ya me entiende, esas blancas, las de los museos. Al principio pensé que era un cadáver, pero no tenía brazos: como la Venus de Milo, pero en hombre.
– Vaya por Dios -exclamé en un susurro. No eran drogas: eran antigüedades. Joel Tobias era una caja de sorpresas-. ¿Ha hablado ya con la policía?
– No. Seguramente ni saben que vivo allí arriba.
– Hable con ellos mañana por la mañana, pero que sea a última hora. Cuénteles lo que me ha contado a mí. Una cosa más: la policía piensa que Harold se mató hace tres días, poco más o menos. ¿Oyó usted algún disparo por entonces?
– No, estuve en Boston hasta anteayer, visitando a mi familia. Supongo que Harold se suicidó cuando yo no estaba. Porque se suicidó, ¿no?
– Creo que sí.
– Entonces, ¿por qué se encerró en esa habitación para hacerlo? ¿A qué disparaba antes de morir?
– No lo sé.
Pedí la cuenta al camarero. Oí abrirse la puerta a mis espaldas, pero no me volví. Stunden y Geagan alzaron la mirada y les cambió la expresión, iluminándose sus rostros después del sombrío cariz de nuestra charla.
– Parece que la suerte de alguien podría estar a punto de cambiar -comentó Geagan, alisándose el pelo-, y desde luego espero que sea la mía.
Con la mayor naturalidad que me fue posible, intenté echar una ojeada por encima del hombro, pero la mujer estaba ya junto a mi mano derecha.
– ¿Me permite invitarle a una copa, señor Parker?
28
Geagan y Stunden se pusieron en pie, dispuestos a marcharse.
– Por lo visto no estoy de suerte. Una vez más -dijo Geagan-. Perdone, señorita -añadió.
– No es necesario que se disculpe -contestó Saunders-. Y esto es profesional, no personal.
– ¿Significa eso que tengo todavía alguna posibilidad? -preguntó Geagan.
– No.
Geagan dejó escapar un suspiro exagerado. Stunden le dio una palmada en la espalda.
– Vámonos, dejémoslos con lo suyo. Seguro que en casa tengo en algún sitio una botella para ayudarte a aliviar tus problemas.
– ¿Whisky? -preguntó Geagan.
– No -respondió Stunden-. Alcohol etílico. Pero puede que tengas que rebajarlo con algo…
Se excusaron y se fueron, no sin que antes Geagan recreara la vista en Saunders por última vez. Era evidente que el pobre llevaba demasiado tiempo en el bosque: si no conseguía un poco de acción pronto, incluso los alces correrían peligro.
– ¿Su club de admiradores? -preguntó Saunders en cuanto la camarera le sirvió una Mich Ultra.
– Parte del club.
– Es más numeroso de lo que esperaba.
– Me gusta considerarlo pequeño pero estable, a diferencia de su lista de pacientes, que parece disminuir a diario. Tal vez deba plantearse una profesión alternativa, o llegar a un acuerdo con una funeraria.
Saunders frunció el entrecejo. Uno a cero a favor del resentido.
– Harold Proctor no era paciente mío. Parece que un médico del pueblo le recetaba los medicamentos. Me puse en contacto con él para que participase en mi estudio, pero se negó a cooperar, y no me pidió ayuda profesional. Y no me hace ninguna gracia esa frivolidad suya respecto a mi trabajo, o respecto a los ex militares que han muerto.
– Déjese de pontificar, doctora Saunders. La última vez que nos vimos, cuando yo tenía la errónea impresión de que perseguíamos un objetivo común, no se dio prisa en ofrecerme ayuda.
– ¿Y cuál era ese objetivo?
– Averiguar por qué un pequeño grupo de hombres, todos conocidos entre sí, morían suicidándose. Y sin embargo recibí el discurso oficial del partido y un poco de terapia barata.
– No era eso lo que usted quería averiguar.
– ¿Ah, no? ¿También aprendió telepatía en la escuela de loqueros? ¿O a eso se dedica cuando se cansa de sentar cátedra?
Me miró con severidad.
– ¿Algo más?
– Sí, ¿por qué no pide una copa de verdad? Me está abochornando.
Cedió. Tenía una sonrisa bonita, pero había perdido la costumbre de usarla.
– ¿Una copa de verdad? ¿Vino tinto, por ejemplo? -preguntó-. Esto no es una reunión parroquial. Me extraña que el dueño no lo haya sacado a la calle y apaleado con un bastón.
Me recliné en la silla y levanté la mano en un gesto de rendición. Ella apartó la Mich y llamó a la camarera.
– Tomaré lo mismo que él.
– Parecerá que esto es una cita -dije.
– Eso sólo lo pensaría un ciego, y probablemente tendría que ser también sordo.
Sin duda, Saunders era una mujer de buen ver, pero cualquiera que contemplase seriamente la posibilidad de relacionarse con ella en un plano íntimo tendría que ponerse chaleco antibalas para protegerse de las púas. Llegó su vino. Bebió un sorbo, no pareció desaprobarlo de forma activa, y tomó otro sorbo.
– ¿Cómo me ha encontrado? -pregunté.
– La policía me ha dicho que estaba en Rangeley. Uno de ellos, el inspector Walsh, incluso me ha descrito su coche. Me ha pedido que le pinchara las ruedas cuando lo encontrara, sólo para asegurarme de que no se movía de aquí. Ah, y sólo por el placer de hacerlo.
– En cierto modo la decisión de quedarme me ha venido impuesta.
– ¿Por la policía? Deben de adorarlo.
– Es un amor a prueba, pero mutuo. ¿Cómo ha sabido lo de Harold Proctor? -pregunté.
– La policía ha encontrado mi tarjeta en su cabaña, y según parece su médico está de vacaciones en las Bahamas.
– Es un viaje muy largo para tratarse de un hombre a quien usted apenas conocía.
– Era militar, y también se ha suicidado. En esto consiste mi trabajo. La policía ha pensado que tal vez podría aclarar algo sobre las circunstancias de su muerte.
– ¿Y ha podido?
– Sólo lo que he sido capaz de contar acerca de mi única visita a su casa antes de esta noche. Vivía solo, bebía demasiado, fumaba un poco de hierba, a juzgar por el olor de la cabaña, y carecía prácticamente de toda estructura de apoyo.
– Entonces, ¿era un claro candidato al suicidio?
– Era vulnerable, sólo eso.
– Pero ¿por qué ahora? Había dejado el ejército hacía quince años o más. Usted me explicó que el estrés postraumático podía tardar hasta una década en manifestarse, pero que se desate a los quince años me parece excesivo.
– Para eso no tengo explicación -contestó Saunders.
– ¿Cómo es que vino a verlo?
– Cuando entrevistaba a ex militares, les pedía que me propusieran a otros dispuestos, quizás, a participar, o a quienes consideraban vulnerables, personas a las que les sería útil una conversación informal. Alguien propuso a Harold.