Ya ni se acordaba de cómo era una borrachera. En Estados Unidos, un paquete de seis cervezas apenas le habría servido para achisparse un poco, pero allí en Iraq, apartado del alcohol durante meses, con la boca siempre seca, el cuerpo siempre caliente, era como si se hubiera soplado la producción de Coors de toda una semana. Al día siguiente le dolía la cabeza, pero aún era consciente de la promesa que había hecho. Se alegraba de salir en el Stryker, y no en alguna de las carracas de reserva, a la vez que empezaba a albergar ciertas dudas acerca de lo que hacían. La noche anterior, con un par de cervezas entre pecho y espalda, y sin comida suficiente en el estómago, se había enardecido igual que los demás, pero ahora iba tomando conciencia de la realidad de la situación. En una misión normal, lo que se conocía como «maniobra para establecer contacto», el nuevo eufemismo para referirse a «buscar y destruir», la pequeña pantalla del sistema FBCB2 instalada detrás de la trampilla del comandante de vehículo empezaba a proyectar triángulos rojos una vez localizado el enemigo, y la voz de aquella mala puta, adorable y horrenda a la vez, se activaba para anunciar que había un enemigo en la zona; esta vez, no obstante, volarían a ciegas y solos.
Tobias lo planteó como una patrulla corriente: los palpó a todos para asegurarse de que llevaban la mochila de hidratación Camelbak; guantes; rodilleras; un arma limpia y engrasada, y pilas nuevas en los DVN, las gafas de visión nocturna. Todos habían llevado a cabo su propia inspección previa al combate, y tenían las instrucciones del Procedimiento Operativo grabadas en la cabeza, pero Tobias, por muchos defectos que tuviese, era muy riguroso a la hora de asegurarse de que todos conocían la tarea asignada y disponían del equipo adecuado para llevarla a cabo. Roddam observaba sin hablar, incómodo con su chaleco antibalas. Estaba nervioso, y miraba una y otra vez el reloj. Tobias comprobó la munición de reserva en la calibre 0.50 acoplada al lado derecho del Stryker. Resultaba de difícil acceso en situaciones de combate, pero no había otro sitio donde ponerla, y era preferible tenerla allí a no tenerla. Después de la comprobación, realizaron sus propios gestos personales, tocando medallas, crucifijos, retratos de la familia. Fueran cuales fuesen las rutinas que los habían mantenido vivos en el pasado, procuraban repetirlas. Todos los soldados eran supersticiosos. Iba con el oficio.
Era domingo, a última hora de la tarde, y cuando se pusieron en marcha el sol declinaba. Todos iban bien comidos, porque la mejor comida se servía siempre los domingos, pero habían prescindido del café. Antes de una incursión les corría ya adrenalina más que suficiente por el organismo. Recordaba el sonido de sus botas en el polvo, los granos de arena compactándose bajo la suela, la solidez del terreno y la fuerza de sus piernas, y después, cuando fue a ocupar su asiento en el Stryker, la reverberación hueca del suelo. Una acción tan sencilla: dar un paso y después otro. Una acción ya imposible. Imposible para siempre.
El almacén estaba en Al-Adhamiya, el barrio antiguo de Bagdad, un bastión suní. Avanzaron por estrechos callejones, idóneos para una emboscada. En las ventanas de las casas se veían lámparas de queroseno, pero no había un alma en las calles. A dos manzanas del objetivo desaparecieron todas las luces, y sólo el resplandor de una luna creciente teñía los edificios de plata y diferenciaba sus líneas de la negrura situada por encima y por debajo.
Recorrieron los últimos treinta metros a pie. El almacén, en apariencia más moderno que los edificios que lo rodeaban, estaba a oscuras y tenía dos entradas: una puerta al sur, en la parte de atrás, y la otra en la fachada oeste. Había dos ventanas pequeñas a ras de suelo, protegidas mediante barrotes, tan sucias de polvo y mugre que era imposible ver a través del cristal. Las puertas eran blindadas, pero volaron las cerraduras con C4 e irrumpieron deprisa y con contundencia. Con los DVN puestos, vio moverse siluetas, armas en alto, y a la vez que disparaba pensó: aquí hay algo que no cuadra. ¿Cómo es posible que los hayamos cogido por sorpresa? En Al-Adhamiya, si aterriza una mosca, alguien corre a avisar a una araña.
Uno menos. Dos. A su izquierda oyó a alguien exclamar «¡Toma eso!», una voz que reconoció y no reconoció a la vez, una voz transformada por la furia y la confusión del combate. Se oía un televisor a todo volumen, su brillo casi cegador visto a través de las gafas de visión nocturna, y de pronto la pantalla estalló y quedó a oscuras. Oyó ordenar a Tobias «¡Alto el fuego!», y se acabó. Se acabó casi tan pronto como había empezado.
Registraron el edificio y no encontraron a ningún otro haji. Había tres muertos, y uno agonizante. Tobias se detuvo junto a éste mientras los demás se apostaban en torno al perímetro, y le pareció oír que cruzaban unas palabras. Los miembros del pelotón se quitaron las gafas a la vez que los haces de las linternas comenzaron a recorrer las paredes, revelando cajas de madera y cartón y formas extrañas envueltas en telas. El haji moribundo tenía las pupilas dilatadas, y sonreía y cantaba en voz baja para sí.
– Está colocado -dijo Tobias-. Con Artane, probablemente.
Artane era un antipsicótico empleado para el tratamiento del Parkinson, pero tenía mucho éxito entre los insurgentes más jóvenes. En Bagdad, formaba parte de la farmacopea asequible en lugares como la Babb al-Sharq, la Puerta Este. Producía en el consumidor de la droga una sensación de euforia y de invulnerabilidad. El haji levantó la voz para rezar, y en ese momento Tobias lo remató con un único disparo. Esa noche no retirarían a los muertos, no meterían los cadáveres en bolsas para dejarlos ante la comisaría más cercana. Estos permanecerían donde habían caído.
Todos los haji muertos llevaban cintas negras en la cabeza, la marca de los shaheed, los mártires. Se lo mencionó a Tobias, pero éste no mostró interés.
– ¿Y qué? -dijo- Si querían ser mártires, ya lo han conseguido.
Tobias no lo entendió. «Nos esperaban», eso era lo que él pretendía decir, «pero apenas han presentado resistencia. De haber querido, nos habrían atacado en la calle, donde éramos vulnerables, pero no lo han hecho. Nos han dejado llegar hasta ellos, y nos han dejado matarlos.»
Roddam se reunió con ellos. Hablaba por un teléfono vía satélite. Al cabo de unos minutos oyeron un retumbo y vieron luces, y fuera apareció un vehículo blindado Buffalo. Sabía Dios cómo habían pasado por aquellas calles, pero de algún modo lo habían logrado. Los seguía de cerca un único Humvee. No reconoció a los cuatro hombres que tripulaban los vehículos. Más tarde averiguaría que pertenecían a la Guardia Nacional, dos de Calais, los otros dos de algún rincón perdido del condado de Aroostook. Más hombres de Maine, más hombres en deuda con Tobias. Tres no volvieron a casa. El cuarto aún intentaba aprender a manejar sus brazos nuevos.
Sacaron dos elevadores neumáticos del Buffalo y empezaron a llevarse las cajas más pesadas del almacén. Tobias ordenó formar una hilera a cuatro hombres del pelotón, y apilaron los objetos más pequeños dentro del Humvee y los más grandes en el Buffalo. Tardaron cuatro horas. En todo ese tiempo, nadie se acercó al almacén, y se les permitió abandonar Al-Adhamiya sin percances. Por el camino recogieron a dos equipos de francotiradores. No tenía nada de raro: era su sistema de trabajo. Los francotiradores -Delta, Blackwater, Rangers, SEALs, infantes de Marina- estaban adscritos a una unidad de infantería en una misión de acordonamiento y búsqueda. Cuando la unidad se marchaba, los francotiradores se quedaban y permanecían ocultos. Más tarde una unidad regresaba y los recogía. En este caso, sabía que la misión de los francotiradores había sido organizada por Roddam, y sólo para encubrir la incursión en el almacén, porque su pelotón había dejado a los dos equipos días antes esa misma semana.