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Debería haber habido un tiroteo, susurró para sí. Deberían haberles plantado cara. Nada de aquello tenía sentido.

Pero si lo tenía o no, daba igual, porque eran ricos.

***

Aun ahora lo asombraba la magnitud de lo que Roddam había conseguido organizar, pero Roddam era listo, eso desde luego: sabía cómo explotar el caos de la guerra, e Iraq era el caos al cuadrado. Sólo se concedía importancia a lo que entraba en el país, no a lo que salía: la mitad de lo que habían capturado en el almacén se mandó a Canadá, a veces vía Estados Unidos, en aviones por lo demás vacíos que volvían para cargar más equipamiento sobrevalorado con destino al esfuerzo bélico. Los objetos más grandes se enviaban a través de Jordania, y desde allí por mar. Cuando era necesario, se pagaban sobornos, pero no en Estados Unidos y Canadá. Incluso sin los contactos de Roddam en la CIA para allanar el camino, Iraq era una mina de oro para los contratistas. El equipo se necesitaba ayer, a cualquier precio, y nadie quería ser acusado de obstaculizar el esfuerzo bélico poniendo trabas por cuestiones de papeleo.

En los meses posteriores, todos empezaron a volver a casa gradualmente, unos más intactos que otros. Entregaron sus armas, rellenaron sus cuestionarios médicos en los PDAs, sin que ninguno admitiera ningún trastorno psicológico, no por entonces, cosa que alegró al ejército. Todos escucharon el mismo discurso del comandante del batallón, que les aconsejó no pegar a sus mujeres o novias cuando volvieran a casa, o algo por el estilo, y añadió que el ejército volvería a recibirlos con los brazos abiertos, un ramo de flores y cuarenta vírgenes de los estados del sur si decidían reengancharse.

O algo por el estilo.

Luego Kuwait, luego Francfort, pasando por Bangor, Maine, de camino a la base aérea de McCord, y luego de vuelta a Bangor, de vuelta a casa.

Todos menos él, porque para entonces tenía las piernas destrozadas. Él siguió un camino distinto: una aeroambulancia Black Hawk hasta un hospital de apoyo en la Zona Verde, donde lo estabilizaron antes de trasladarlo a la unidad traumatológica del Centro Médico Regional de Landstuhl, cerca de Frankfurt, donde practicaron las amputaciones. De Landstuhl a Ramstein, de Ramstein a la base aérea de Andrews en un C-141 Starlifter, todos los hombres amontonados como leña dentro del avión, como cautivos en un barco esclavista, en literas separadas por quince centímetros, en medio de un nauseabundo olor a sangre y orina pese a las brumas de la medicación, el ruido del aparato ensordecedor incluso con tapones en los oídos. De Andrews a Walter Reed. El infierno de la terapia ocupacional; los intentos de acoplar unas prótesis, abandonados en el último momento debido al dolor que le causaban, y ya había experimentado dolor más que suficiente.

Luego la vuelta a Maine, y las discusiones con Tobias. Cuidarían de él, le aseguró Tobias; sólo tenía que mantener la boca cerrada. Pero no se preocupaba únicamente por sí mismo. Tenían un acuerdo: el dinero se destinaría a ayudar a sus hermanos y hermanas de armas, los que estaban heridos, los que tanto habían perdido. Pero Tobias contestó que eso había cambiado. Él no tenía intención de velar por la conciencia de los demás. Cada cual podía dar lo que le viniera en gana, cada uno por su cuenta. Era una situación complicada. Debían andarse con pies de plomo. Jandreau no lo entendió.

Y de pronto empezaron a morir. Fue Kramer quien le habló de la caja, Kramer quien le explicó las pesadillas que tenía, Kramer quien lo impulsó a ahondar en los rincones oscuros de la mitología sumeria, pero no descubrió la verdad sobre Roddam hasta que Damien Patchett murió. Roddam estaba muerto. Lo habían encontrado en la oficina de IRIS en Concord una semana después del regreso a casa de Tobias y Bacci, los primeros participantes en la incursión en Al-Adhamiya que volvían. Su muerte había pasado inadvertida a los demás, en el supuesto de que a alguno le hubiera importado, porque Roddam no era su verdadero nombre: se llamaba Nailon, Jack Nailon. Se había quedado dormido en el sofá de su despacho con un puro encendido en un cenicero colocado en el brazo del sofá, y con demasiado whisky en el organismo y la ropa. Había muerto abrasado, dijeron.

Sólo que Roddam, o Nailon, o comoquiera que se llamase en realidad, no bebía. Eso era lo que él recordaba de la noche de las cervezas en la base, cuando Roddam y él cruzaron un par de palabras después de ofrecerle a Roddam una cerveza. Roddam era diabético y tenía la presión alta. No podía beber alcohol, y no fumaba. Ignoraba por qué esos detalles no habían salido a la luz durante la investigación de la muerte de Roddam. Quizá su historial médico, como todo en él, era incierto, o estaba oculto. Pero entonces recordó algunas de las cosas que Tobias, antes de volver a casa, había empezado a decir acerca de Roddam: Roddam no era de fiar. Roddam no era de los nuestros. Roddam causaba problemas en Quebec. Roddam quería una parte mayor. Como si preparase el terreno para la eliminación de Roddam.

Él había sacado a relucir la muerte de Roddam en el funeral de Damien. Había sacado a relucir muchas cosas porque estaba triste, y bebido, y echaba de menos a Mel, y sin duda echaría de menos a Damien. Si Roddam no estaba al frente, ¿quién lo estaba? Tobias era el típico suboficial. Él no generaba ideas, simplemente las ponía en práctica, y aquello era una operación complicada.

Y Tobias lo había hecho callar, le había dicho que se ocupara de sus asuntos, porque un hombre en silla de ruedas era vulnerable, y los lisiados tenían muchos accidentes.

A partir de ese momento empezó a llevar la pistola bajo la silla.

29

El Coleccionista estaba sólo a unos pasos detrás de Herodes. Se sentía cada vez más cerca de él, y conforme se aproximaba, sus temores crecían.

El caso de Herodes se salía de lo común. El Coleccionista incluso habría podido considerarlo simplemente un reto interesante, como el cazador que descubre una inesperada astucia en el animal al que persigue, si no fuera porque le preocupaba cada vez más el objetivo final de ese hombre, y la inminencia de su realización. Herodes se había escondido bien, y el Coleccionista sólo había podido encontrar rastros de éclass="underline" tratos y amenazas; vidas arruinadas y cadáveres sin enterrar; objetos adquiridos o arrebatados a los muertos. Era el carácter de esos objetos -ocultos, arcanos- lo que primero había captado la atención del Coleccionista. Con sumo esmero, había intentado distinguir una pauta. Herodes no parecía interesarse en un periodo histórico concreto, y era desconcertante la diversidad y el valor relativo de las propias piezas. El Coleccionista sólo tenía la extraña sensación de que eso era el reflejo de un convencimiento, como si Herodes estuviese decorando una habitación en previsión de la llegada de un distinguido invitado, a fin de que el visitante se viese rodeado de tesoros y curiosidades que le resultaran familiares o de interés; o preparando una exposición en un museo que sólo cobraría sentido para el espectador cuando por fin el elemento principal ocupase su lugar.

El Coleccionista había estado a punto de enfrentarse a Herodes en varias ocasiones, pero éste siempre se había escabullido. Era como si le hubiesen prevenido sobre la proximidad del Coleccionista y hubiese encontrado maneras de eludirlo, aun cuando eso implicase sacrificar un objeto que deseaba, ya que el Coleccionista había cebado bien sus trampas. El Coleccionista había decidido eliminar a Herodes hacía ya unos años. Herodes había matado a un niño, un chico cuyo padre había incumplido un acuerdo, y con esa acción Herodes, a ojos del Coleccionista, se había condenado. Al parecer, una de las peculiaridades de Herodes era que consideraba que las personas con quienes trataba y él se hallaban comprometidos por una retorcida idea del honor, cuyas reglas establecía Herodes, y sólo Herodes.