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Pero si el Coleccionista tenía alguna duda sobre la legitimidad de matar a Herodes, ésta se disipó por completo en cuanto llegó a sus oídos que Herodes estaba indagando acerca de los tesoros desaparecidos en el saqueo al Museo de Iraq. A partir de eso el Coleccionista empezó a sospechar qué buscaba. Había oído rumores sobre la caja, pero los había desechado. Corrían muchas historias como ésa, remontándose a la leyenda original de Pandora. Y sin embargo ésta era distinta, porque había despertado el interés de Herodes, y Herodes no emprendía búsquedas infructuosas. Herodes tenía una meta a la vista, y todo cuanto hacía estaba en función de eso.

Herodes se había puesto en contacto con Rochman en París, deseoso de determinar la procedencia de los sellos que había adquirido. Rochman se había resistido a cooperar, ya que Herodes carecía de los fondos necesarios para participar en una puja seria por los objetos, aun cuando le hubiese interesado adquirirlos, y no era el caso. Curiosamente, Herodes, por su parte, no mostró la menor inclinación a amenazar a Rochman para sonsacarle la información. El Coleccionista había observado que Herodes sólo empleaba la violencia contra los débiles, como un matón de patio de colegio. La Casa de Rochman era toda una institución y poseía influencia. Si Herodes la contrariaba, corría el riesgo de indisponerse con una camarilla de tratantes ricos y sin escrúpulos que, en el mejor de los casos, lo condenarían al ostracismo o, más probablemente, emprenderían acciones contra él. El Coleccionista no dudaba que todo aquel que entrase en conflicto con Herodes tarde o temprano sufriría las consecuencias, pero un enfrentamiento con hombres decididos a proteger una industria multimillonaria que dependía del movimiento secreto de antigüedades robadas sólo podía concluir con la aniquilación de Herodes.

Así que Herodes había dado marcha atrás para dejar pasar el tiempo. Ahora habían aparecido varios sellos en un pueblo de Maine, pues en cuanto Rojas empezó a buscar la manera de hacer efectivos el oro y las piedras preciosas, corrió la voz. No sólo atraerían a los tratantes y a Herodes. El Gobierno federal mostraba ya interés, porque Rochman había empezado a hablar tratando de salvar el pellejo y el negocio. Los sellos en su haber procedían del Armario 5 del sótano del Museo de Iraq, al igual que los sellos actualmente a la venta en Maine. Los sellos de Rochman eran un anticipo por haber asesorado en las tasaciones y por ayudar en la localización de compradores. A su debido tiempo, facilitaría todo lo que sabía a los investigadores, y en cuestión de días estrecharían el cerco en torno a todos los implicados.

El Coleccionista había oído hablar del doctor Al-Daini, y creía que si bien el iraquí se había propuesto recuperar los otros tesoros perdidos en 2003, lo que buscaba en último extremo era la caja. El Coleccionista había hecho indagaciones y averiguado que Al-Daini iba camino Estados Unidos. Viajaría en avión a Boston, y de allí lo llevarían directamente a un motel abandonado en el pueblo de Langdon, Maine.

Los hombres que transportaban las piezas robadas desde el motel habían sido descuidados. Se habían hallado un par de estatuillas de alabastro entre la hierba y se las identificó de inmediato como parte de un tesoro descubierto en Tell es Sawwan, en la orilla izquierda del Tigris, en 1964, y que fueron robadas posteriormente en el saqueo del Museo de Iraq. En el motel había aparecido asimismo el cadáver de un hombre, encerrado por dentro en una habitación, muerto de un balazo autoinfligido, después de abrir fuego, al parecer, contra una amenaza desconocida.

El cadáver lo había encontrado el detective, Charlie Parker.

No existían las coincidencias, como el Coleccionista sabía, no por lo que se refería a Parker. Éste formaba parte de algo que él mismo no comprendía, algo que, en realidad, el propio Coleccionista tampoco comprendía plenamente. Ahora, una vez más, Parker y él giraban en torno a la misma presa, como lunas gemelas orbitando alrededor de un planeta oscuro y desconocido.

El Coleccionista telefoneó a su abogado. Quería saber dónde estaba Parker. Su abogado, un anciano que despreciaba los ordenadores y los móviles y la mayoría de las innovaciones técnicas importantes de los últimos años, llamó a su vez a un caballero especializado en asuntos de triangulación, y el móvil de Parker fue localizado en un motel cerca de Bucksport.

Bucksport estaba a una hora.

El Coleccionista se puso en camino.

30

Herodes, de pie junto a su coche, observó el almacén de Rojas. Había luz en los dos pisos, y detrás del cristal en la planta baja veía moverse siluetas. Delante había varios vehículos aparcados: furgonetas de Hermanos Rojas, un par de coches y un todoterreno blanco.

Herodes necesitaba su medicación, y a dosis considerables. El dolor se había agudizado conforme avanzaba el día, y ahora deseaba acabar con todo aquello para poder descansar un rato.

Experimentó un hormigueo en la base del cuello. Al principio apenas lo percibió en medio de la estridencia de su sufrimiento; era como intentar discernir una melodía entre el barullo cacofónico de una orquesta que afina sus instrumentos. La herida de la boca le palpitaba en el cálido aire nocturno, y los insectos se cebaban en él.

«Apesto a descomposición», pensó. «Si me tendiera y esperara a que la muerte se llevara mi último aliento, plantarían en mi carne sus huevos aun antes de mi fallecimiento. Incluso podría sentir cierto alivio en ello.» Imaginó los gusanos saliendo de los huevos y dándose un festín con sus tumores, consumiendo el tejido putrefacto y dejando el resto para que se regenerase, sólo que ya no quedaba carne sana, y por tanto lo devorarían íntegramente. En otro tiempo habría aceptado bien un fin así, porque al menos habría sido más rápido, y más natural, que la manera en que su cuerpo estaba canibalizándose a sí mismo. Sin embargo había encontrado otra salida al dolor. Si eso era un castigo divino, la penitencia por sus pecados -ya que había pecado, y se había deleitado en sus transgresiones-, él a su vez infligiría un castigo a los demás. El Capitán le había proporcionado los medios, lo había dotado de un objetivo más allá del simple dolor causado a otros en venganza por sus propios tormentos. El Capitán le había prometido que el mundo lloraría a causa de Herodes. Antes de verse arrancado de la oscuridad -arrancado quizá del infierno creado por otro y arrojado al infierno de las facultades de su propio cuerpo-, el Capitán le había proyectado a Herodes imágenes en su mente: la imagen del ángel negro oculto detrás de una pared, una presencia atrapada dentro de ella; cuerpos extinguiéndose lentamente sin llegar a morir nunca, cada uno con algo del Capitán dentro de sí…

Y la caja. El Capitán le había enseñado la caja. Pero para entonces ésta ya había desaparecido, y se inició la búsqueda.

El hormigueo persistía. Se frotó el cuello esperando sentir entre los dedos el reventón de una criatura atracada de sangre, pero no fue así. Entre Herodes y el almacén se extendía un descampado. En el límite más cercano se había formado una charca de agua estancada sobre la que se arremolinaba una nube de bichos. Herodes se acercó hasta ver en ella su reflejo: el suyo y el de otro. Detrás de él se alzaba un alto espantapájaros con traje negro y chistera negra aplastada en la cabeza. El rostro era un saco con dos cuencas toscamente recortadas, sin boca. El espantapájaros flotaba en el aire. No disponía de una cruz de madera en la que sostenerse.