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El Capitán había vuelto.

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Vernon y Pritchard se hallaban en una pequeña elevación, ocultos tras zarzas y ramas colgantes. Tenían buena visibilidad de las casas contiguas al almacén de Rojas. Los dos permanecían totalmente inmóviles; incluso vistos de cerca, apenas parecía que respirasen. Pritchard tenía el ojo derecho en la mira con visión nocturna del M-40. El fusil era preciso hasta un alcance de mil metros, y Pritchard se hallaba más o menos a ochocientos de los objetivos. Junto a él, Vernon vigilaba puertas y ventanas mediante un monocular ATN Night Spirit.

Vernon y Pritchard habían sido francotiradores de elite en la Infantería de Marina, llamados CHA en el argot de su oficio: cazadores de hombres armados. Eran veteranos de los combates entre francotiradores que se producían en Bagdad, un conflicto en gran medida oculto que había ido en aumento a partir de la pérdida de dos equipos de francotiradores de la Infantería de Marina, un total de diez hombres caídos a manos de los haji. Habían jugado al gato y al ratón con el casi mítico «Juba», un francotirador anónimo que, según algunos, era checheno, o acaso el nombre colectivo de una célula de francotiradores armados con los fusiles Tabuk, de fabricación iraquí, una variante del Kaláshnikov. Juba, disciplinado, esperaba a que los soldados se pusieran en pie en sus vehículos, o se apearan, y buscaba huecos entre los protectores personales, sin disparar nunca más de un tiro desde la misma posición. Vernon y Pritchard discrepaban en cuanto a si Juba era un hombre o muchos. Pritchard, el mejor tirador de los dos, tendía a creer lo primero, basándose en la preferencia de Juba por disparar en un radio de trescientos metros, y su reticencia a disparar más de una vez, aun cuando le pusieran cebos. Vernon disentía, aduciendo que si bien el Tabuk era fiable hasta un alcance de novecientos metros, daba mejores resultados a trescientos metros, de modo que los francotiradores Juba armados con Tabuks se veían condicionados por su equipo. Vernon, además, atribuía bajas a Juba provocadas por el uso de otras armas, como el Dragunov y el Izhmash de 0.22, lo que inducía a pensar en varios francotiradores, y en cambio Pritchard optaba por no tomar siquiera en consideración esas bajas. Al final, los dos fueron blanco de los disparos de Juba, ya fuera un solo hombre o varios. Al igual que sus compañeros, desarrollaron el hábito de «recortar cuadrados»: zigzaguear, agacharse, moverse hacia delante y hacia atrás y balancear la cabeza para ofrecer un blanco más difícil. Pritchard lo llamaba el «boogie del campo de batalla», y Vernon, el «jitterbug de la yihad». Lo curioso era que ninguno de los dos era capaz de bailar en una pista de baile normal ni aunque les fuera la vida en ello, y, sin embargo, bajo la amenaza de un asesino experto se habían movido como Gene Kelly y Fred Astaire.

Vernon y Pritchard conocían a los cuatro hombres de la Compañía Echo caídos en Ramadi en 2004. Tres de ellos murieron por disparos en la cabeza, y un cuarto quedó literalmente destrozado por las balas. Además, un infante de Marina fue degollado. El ataque se produjo a plena luz del día, a ochocientos metros de un puesto de mando. Más tarde supieron que, probablemente, los autores habían sido un equipo de asalto compuesto por cuatro hombres, y que los infantes de Marina llevaban un tiempo bajo sus miras, pero en todo caso esa matanza dio inicio al desencanto de Vernon y Pritchard respecto al carácter del conflicto en Iraq. Sólo uno de los muertos había sido adiestrado como francotirador. Los demás eran simples soldados, y teóricamente no era así como se hacían las cosas. No menos de dos francotiradores expertos en ningún equipo, ésa era la regla de oro. Cuando el equipo de francotiradores formado por seis hombres del Tercer Batallón de la Reserva cayó en Hadithah un año después, y los demás tiradores se vieron obligados a actuar con arreglo a normas de combate más restrictivas, Vernon y Pritchard decidieron que la Infantería de Marina podía irse a la mierda, decisión reforzada más tarde por una explosión que le provocó a Vernon un desprendimiento de retina en el ojo derecho, con la consiguiente pérdida de visión permanente y un billete de vuelta a casa.

Pero para entonces ya conocían a Tobias, y habían estado presentes la noche de la incursión en el almacén. Ellos eran el Equipo 1, que cubría los avances desde el sur. Twizell y Greenham eran el Equipo 2, que cubría el lado norte. Nadie había puesto en tela de juicio la finalidad de la misión: las unidades de tiradores planeaban y ejecutaban sus propias operaciones, y habían anunciado su inserción en la zona unos días antes a fin de que las unidades de patrulla pudieran actuar en torno a ellos. Sólo Tobias y Roddam sabían exactamente dónde estarían. Al final, no tuvieron que disparar un solo tiro la noche de la incursión, lo cual fue una decepción para ellos.

Pritchard se había licenciado poco después de regresar Vernon a casa, de ahí que ahora Vernon y él estuvieran agazapados entre la maleza, listos para matar a mexicanos en lugar de a hajis. Los dos eran callados, pacientes, solitarios, como correspondía a los individuos con su vocación. Carecían de remordimientos. Cuando alguien preguntaba a Pritchard si le pesaba en la conciencia la vida que llevaba, respondía que él lo único que sentía era el retroceso del arma. Eso no era del todo cierto: matar le proporcionaba una excitación mejor que el sexo, y sin embargo era un hombre con valor y principios que consideraba noble su vocación, y poseía inteligencia suficiente para percibir la tensión implícita en el deseo de quitar vidas de una manera moral y al mismo tiempo experimentar placer al realizar el acto.

Vernon y él vestían trajes de camuflaje ghillie de fabricación casera, con orificios en la espalda para la ventilación. Se habían untado de barro y agua en un arroyo cercano y, como brillaba la luna, llevaban redecilla en las gorras para no delatar la forma del rostro humano. En vez de usar telémetros láser, realizaban automáticamente en la cabeza todos los cálculos necesarios: distancia, ángulo respecto al blanco, densidad del aire, velocidad y dirección del viento, humedad, e incluso añadían la temperatura del propelente del cartucho, ya que con una diferencia de diez grados, una bala alcanza el blanco cincuenta centímetros más arriba a una distancia de mil metros. Antes empleaban libros de datos, calculadoras con software de balística y tablas pegadas a la culata del rifle. A esas alturas se conocían ya de memoria tales detalles.

El terreno presentaba una ligera inclinación. Pritchard calculó que debía apuntar unos cinco metros por encima del blanco, y a la izquierda, para compensar la trayectoria descendente de la bala. Ya estaba todo listo. El único problema eran Twizell y Greenham. No estaban en su posición. Pritchard ignoraba dónde se habían metido. Tanto a Vernon como a él les preocupaba aún el hecho de que Tobias los hubiese mandado previamente a otro sitio, sin molestarse en consultárselo antes. Vernon había sido alférez, un E-6, el rango más alto entre los cuatro francotiradores, y Tobias y él aún chocaban en lo tocante a cuestiones operativas. Ahora contaban con un equipo menos, y eso no era bueno.

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La camioneta estaba aparcada en una arboleda a unos ciento veinte metros de la parte de atrás del almacén de Rojas. Tenía abierta la puerta del conductor. Tobias, con un pasamontañas negro y traje de faena negro, escrutaba el almacén y los edificios cercanos con unos binoculares de visión nocturna. Se sobresaltó a causa de un ruido a corta distancia. Enseguida oyó un débil silbido y vio salir una silueta de la maleza frente a él.

– Cuatro, aparte de Rojas -informó Mallak- Tres armados con subfusiles MP5, uno con una escopeta de corredera enorme. Una Mossberg Roadblocker, probablemente. Dos Glocks de nueve milímetros en hombreras: una la tiene el de la escopeta; otra, el del MP5 situado más cerca de la puerta. No he visto alcohol. La tele está encendida, no muy alta. Hay restos de comida encima de la mesa.