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Fuego.

Vernon vio al objetivo alzar los brazos en un último saludo y caer

– Diana -dijo-. Curly, Puerta. Distancia: setecientos cincuenta metros. Viento cero. Sin corrección. Arriba dos y medio. -Esta vez, el pistolero se quedó dentro, a cubierto tras el marco de la puerta, intentando adivinar de dónde procedía el disparo.

– Tirador, listo.

– Observador, listo. Dispara.

Pritchard apretó el gatillo otra vez. Se vio una lluvia de astillas en la puerta, y el objetivo volvió a esconderse dentro.

– Lástima, fallo, creo -informó Vernon-. Pero eso debería inmovilizarlo.

Momentáneamente, dirigió el monocular hacia el almacén de Rojas, del que salían dos de sus hombres, llevando a cuestas a un tercero.

– Vale, ya están en marcha, pero tienen una baja. Vamos…

Se produjo una erupción de llamas blancas en Curly, en la ventana de la derecha, la más próxima a ellos

– Curly. Puerta.

Pritchard disparó, y Vernon vio al hombre saltar por el aire al alcanzarle la bala en la cabeza y provocar un espasmo en las piernas.

– Diana -informó Vernon.

Alguien abrió fuego desde Moe. Vernon desplazó el monocular justo a tiempo de ver desplomarse a un segundo miembro del equipo de asalto.

– Maldita sea -dijo Vernon-. Un segundo hombre abatido.

Pritchard reajustó la posición lo más deprisa posible y empezó a disparar a bulto a través de la ventana de la casa, pretendiendo sólo proporcionar cobertura mientras los heridos eran trasladados a lugar seguro, pero ya se oían gritos y se encendían luces en las otras casas. Vernon vio al último hombre en pie -pensó que podía ser Tobias- echarse al hombro a uno de los caídos, llevarlo de regreso a la camioneta y depositarlo en el suelo con la mayor delicadeza posible. Acto seguido volvió a por el segundo hombre.

– Vámonos -dijo Pritchard.

Corrieron hacia donde habían dejado un par de Harleys, junto a un camino de tierra lleno de baches. Dejaron en el suelo una cazadora vaquera embarrada de un motero canadiense, un camello al que Vernon y Pritchard habían liquidado y abandonado en Lac-Baker. Era un montaje más bien tosco, pero dudaban que los mexicanos se anduviesen con las sutilezas propias de una investigación formal. Querrían venganza, y la cazadora, junto con el rugido de las motos al marcharse, podía bastar para hacerlos perder el rastro durante un par de días.

Tobias se sentó al volante de la camioneta y arrancó. En los retrovisores laterales, el almacén de Rojas era una masa oscura recortándose contra el cielo nocturno, y vio acercarse por ambos lados las sombras danzantes de unos hombres. Era el único superviviente. Mallak había muerto en el almacén, y Bacci había recibido un balazo en la base del cuello mientras se llevaban el cuerpo de Mallak Era un desastre que podía haberse evitado si Greenham y Twizell hubiesen estado allí, pero él había dado la orden, y tendría que vivir con eso. Tal vez si el capullo de Pritchard hubiese sido más rápido al cambiar de blanco…

La explosión, amortiguada por los gruesos muros de ladrillo del viejo edificio, no fue muy sonora, pero la finalidad de la termita, compuesta en un veinticinco por ciento de aluminio y un setenta y cinco por ciento de óxido férrico, no era volar el almacén, sino incendiar su contenido, dejando las mínimas pruebas posibles. Serviría asimismo para distraer a sus perseguidores: muertos Mallak y Bacci, no quedaba nadie para cubrirlo, así que todo se reducía a llegar a la autovía cuanto antes y pisar el acelerador a fondo durante todo el camino. Vernon y Pritchard seguirían su propia ruta hasta el lugar de encuentro, pero Tobias tendría unas palabras con ellos cuando se reunieran, aunque sólo fuera para anticiparse a la inevitable ira de los francotiradores.

Tenía un mensaje en el teléfono. Lo escuchó mientras conducía, y supo que algo había salido mal en Bangor. Greenham y Twizell no habían rendido cuentas, y cabía suponer que la situación de Jandreau seguía sin resolverse. El localizador GPS instalado en el coche del detective ya no emitía señal, y el detective seguía vivo. Se había torcido todo, pero al menos había recuperado los sellos. También tenía, en el bolsillo, todos los dientes de Rojas que había podido arrancarle en el poco tiempo disponible. Había llegado la hora de desprenderse del botín, sacar la mayor suma de dinero posible cuanto antes y desaparecer.

No se fijó en el coche de Herodes, esperando al ralentí en una carretera adyacente, con las luces apagadas. Poco después Herodes seguía a la camioneta.

31

En la habitación del motel reinaba el silencio. Mel y Bobby estaban sentados en una cama. Ella lo tenía abrazado y le acariciaba la cara como recompensándolo por haberse descargado finalmente de todo lo que sabía. Junto a la ventana, Ángel vigilaba el aparcamiento. Yo, sentado en la otra cama, intentaba asimilar todo lo que había oído. Tobias y sus hombres entraban antigüedades de contrabando, pero si había que dar crédito a Bobby, habían traído consigo algo más, algo que nunca debía ser descubierto, que nunca debía abrirse. Había formado parte del cebo, como una dosis de veneno en un trozo de carne. Deseé creer que Jandreau se equivocaba, que era la culpabilidad y el estrés lo que inducía a esos hombres a quitarse la vida y a arrebatar la vida a otros, incluida la mujer de Brett Harlan y Foster Jandreau, ya que Bobby corroboró que él le había expresado sus preocupaciones a su primo, y que, según creía, fueron las pesquisas oficiosas de Foster la causa de su asesinato. Ya todo se reducía a quién había apretado el gatillo. Al principio, yo hubiese jurado que había sido Tobias, pero Bobby no estaba tan seguro: había prevenido a su primo respecto a Joel Tobias, y le costaba creer que Foster hubiese accedido a reunirse con él en el aparcamiento a oscuras de un bar en ruinas sin testigos. Fue entonces cuando me habló de sus sesiones con Carrie Saunders, y de que le había planteado a ella algunas de sus inquietudes.

Carrie Saunders. Tobias no era el único vínculo entre todos esos hombres; también estaba Saunders. Ella había servido en Abu Ghraib, coincidiendo allí con el misterioso Roddam, o Nailon. Ella había mantenido contacto con todos esos hombres muertos en un momento u otro, y tenía motivos para tratar con ellos. Jandreau no habría accedido a reunirse con un ex militar potencialmente peligroso como Tobias en un aparcamiento vacío, pero quizá sí habría accedido a encontrarse con una mujer. Telefoneé a Gordon Walsh y le conté todo lo que sabía, omitiendo sólo a Tobias. A Tobias me lo reservaba para mí. Gordon me dijo que él mismo abordaría a Saunders y vería qué salía de eso.

***

Fue Louis quien, hundido en el asiento del Lexus para ver a todo aquel que se acercara a la habitación, advirtió su presencia. La figura andrajosa atravesó el aparcamiento con un cigarrillo en la mano derecha y nada en la izquierda. Vestía un abrigo negro sobre un traje negro y una camisa arrugada con el cuello desabrochado; la chaqueta y el pantalón, muy gastados, presentaban el aspecto de la ropa barata. Llevaba el pelo peinado hacia atrás, pegado al cráneo, y demasiado largo en la nuca, donde le colgaba en mechones grasientos por encima del cuello de la camisa. Parecía haber cobrado forma por arte de magia, como si los átomos hubieran sido extraídos del aire, y se hubieran alterado sus partes integrantes mientras se reconstruía a sí mismo allí. Louis había permanecido atento tanto a los retrovisores como a la parte del motel visible a través del parabrisas. Tendría que haberlo visto acercarse, pero no había sido así.

Y Louis supo quién era y qué era: el Coleccionista. Por más que se vistiera con ropa de saldo, por más que su imagen fuera la de alguien a quien la vida había tratado mal y que había decidido actuar en consonancia, era todo pura apariencia. Louis había conocido a hombres peligrosos, y algunos habían muerto a manos de él, pero el hombre que se dirigía ahora hacia la puerta de la habitación 112 exudaba un aire de amenaza del mismo modo que otros expelían sudor por los poros. Louis casi lo olió cuando salió del coche y se acercó, y también percibió algo más: los efluvios de ofrendas quemadas, de sangre y osarios. Aunque Louis se aproximó en silencio, el Coleccionista levantó las manos sin volverse cuando él se hallaba aún a cinco metros. El cigarrillo había ardido hasta la piel amarillenta de sus dedos, pero si le dolía, no lo exteriorizaba.