Él se inclinó hacia ella.
– ¿Cómo se lo tomó Dumont cuando le dijiste que Lilly estaba viva?
Ella intentó no envararse. Procuró no ponerse a la defensiva. Lo intentó y fracasó, aunque Ty tenía derecho a ver respondida aquella pregunta y muchas otras. Pero lo cierto era que ella no tenía las respuestas que buscaba. Le había preguntado lo mínimo a Marc: lo que soportaría oír y nada más. No se consideraba una cobarde, pero, enfrentada a la posibilidad de perder los progresos que había hecho para acercarse a su madre y tener una familia, había descubierto que era decididamente una cobarde y más aún.
– ¿Por qué quieres saberlo? -le preguntó, recelosa.
– Porque sí.
– Porque sí no es una respuesta y tú lo sabes.
Él asintió brevemente con la cabeza.
– Porque la última vez que pasó algo que dio al traste con sus planes, Dumont reaccionó. Y como consecuencia de ello cambiaron las vidas de algunas personas. Puede que esté haciendo el papel del tío arrepentido y amable al invitar a Lilly, pero yo no me lo trago. Y pienso asegurarme de que ella no vuelva a sufrir porque él tenga planes de venganza -Ty se pasó una mano por el pelo y se apoyó contra la pared sin apartar la mirada de la de Molly.
Ella sintió admiración por el modo en que defendía a Lilly y se preguntó si alguien la querría a ella alguna vez lo suficiente como para cuidarla de esa manera. Nunca antes, desde luego, había sentido que así fuera, ni siquiera de niña, lo cual explicaba probablemente por qué ahora luchaba por conservar el cariño de su madre.
– Déjame que te diga una cosa -respondió, concentrándose en las palabras de Ty-. Puede que Hunter y tú penséis que me he dejado convencer por los encantos de Marc, pero no es cierto. Yo sopeso los hechos y decido por mí misma -esta vez, sin embargo, no había hecho preguntas. Pero eso no tenía por qué saberlo Ty.
Él sonrió.
– Me alegra saberlo.
– ¿Por qué sonríes tan de repente?
– Porque eres muy luchadora.
– ¿Y?
– Tú podrías hasta plantar cara a un hombre como Hunter -dijo Ty, y su humor sombrío se aligeró por un instante.
Aquel comentario perspicaz sorprendió a Molly.
– No estamos hablando de Hunter y de mí.
Ty asintió con la cabeza.
– Ojalá habláramos de vosotros. Sería una conversación mucho más divertida.
Ella tuvo que echarse a reír. Luego, dado que él había mencionado a Hunter, decidió decirle la verdad.
– Mira, fui a ver a Marc y le dije que Lacey estaba viva, como Hunter esperaba que hiciera.
– ¿Y? -insistió Ty.
Ella respiró hondo.
– Se quedó de piedra. Al principio se enfadó, pero luego logró controlarse -dijo mientras lo recordaba-. Por fin me pidió que me fuera para poder estar solo. Y eso hice. Es lo único que sé -Molly se pasó la mano por el vestido negro, alisándose unas arrugas inexistentes. Luego se puso a juguetear con los flecos de su cinturón de un vivo color violeta.
Aquella conversación había sido una de las más penosas que había tenido nunca, sobre todo por todas las preguntas que no había hecho. No podía mirar de frente a Ty sabiendo lo que Hunter aseguraba que Marc Dumont les había hecho a sus amigos y a él. Y odiaba sentirse egoísta porque tenía todo el derecho a tener la familia unida que deseaba. ¿Verdad?
Marc se había convertido en una parte importante de su vida. Era en cierto modo una figura paterna, alguien que parecía querer tenerla cerca. Tras verse rechazada toda su vida por los mayores que habían pasado por su vida, aquello le importaba. Incluso aunque tuviera que luchar por reconciliar al monstruo que aquellas personas aseguraban que era Marc con el hombre al que ella conocía.
Miró a Ty.
– Tienes que entender que yo he conocido a Marc en una etapa muy distinta de su vida. Me ha dicho que va todas las semanas a una reunión de Alcohólicos Anónimos y yo le creo. Y sí, sé que hacerse con el dinero de Lacey entraba en sus planes cuando le pidió a mi madre que se casara con él, pero parece haber aceptado cómo son las cosas ahora que Lacey está viva.
– Está bien -dijo Ty al fin.
– ¿Eso es todo? ¿Así de fácil?
Él se apartó de la pared y se irguió.
– Sé que crees lo que me estás diciendo, y con eso me basta por ahora. Pero vigila tus espaldas -dijo a modo de advertencia.
– No te preocupes. Sé cuidar de mí misma.
Él miró su reloj.
– Lilly se fue hace un buen rato.
Molly miró hacia la puerta.
– ¿Por qué no vas a buscarla? -sugirió.
Porque a ella, ciertamente, le hacía falta una bebida más fuerte.
Ty se sentía mal por haber interrogado a Molly, pero necesitaba presionarla para calibrar su postura ante Dumont y ante la situación en la que todos se encontraban. También había querido sondearla por el bien de Hunter. Su amigo sentía algo muy fuerte por aquella mujer, y Ty estaba velando por él. La madre de Molly iba a meterse en un nido de serpientes al casarse con Marc Dumont, y Ty se preguntaba cómo encajaba Molly en la familia.
Lo cual lo indujo a hacerse otra pregunta. ¿Dónde demonios se habría metido Lilly en aquella monstruosidad de casa? No podía imaginar qué sentía ella en ese momento, del mismo modo que no imaginaba cómo sería crecer en un sitio así. La casa era una mansión y los jardines parecían infinitos. Se preguntaba si Lilly podría separar los últimos años que había pasado allí de los años de su infancia y recordar que aquella casa también abrigaba buenos recuerdos. En cualquier caso, estaba seguro de que la ausencia de sus padres le hacía la visita aún más difícil.
Tras mirar en los cuartos de baño de la planta baja, subió las largas escaleras del vestíbulo y comenzó a buscar en las habitaciones vacías de la planta de arriba. Había algunas que parecían llevar años cerradas. Ty miraba en una, la encontraba vacía y seguía adelante. Al final del pasillo, había unas puertas dobles que parecían conducir al dormitorio principal. Se dirigió hacia allí.
Aunque abajo había mucha gente, el suave murmullo de las voces fue remitiendo a medida que se alejaba. Al aproximarse a la habitación, se dio cuenta de que había otro dormitorio a su lado del que salía un leve resplandor.
«Bingo», pensó. Abrió la puerta lentamente y entró.
Lacey estaba sentada en su antigua cama, con un animal de peluche que se había obligado a dejar atrás en brazos. Había pasado el tiempo desde que se había ido de la fiesta deambulando por las habitaciones del piso de arriba. Había pocos cambios, salvo en el dormitorio principal, que Marc había transformado en una habitación de soltero, con colores oscuros y muebles de madera antiguos. Lacey se acordó de la madera clara de sus padres, de los muebles pintados de azul suave y al instante se echó a llorar, no con lágrimas silenciosas, sino con grandes sollozos incontrolables, causados en parte por hallarse en su casa, rodeada de extraños.
Hacía años que no se derrumbaba ni se sumergía en el recuerdo hasta el punto de llorar. No podía permitirse aquella debilidad cuando necesitaba ser fuerte para seguir adelante. Siempre adelante. Para vivir, fuera lo que fuera lo que le saliera al paso.
La transformación completa de la habitación de sus padres la había afectado profundamente, sin embargo, y, al cerrar los ojos, se había sentido embargada por el recuerdo de todo lo que había perdido.
– ¿Lilly? -preguntó Ty suavemente-. Te estaba buscando.
Ella abrió los ojos y se encontró con su mirada sombría.
– Me he entretenido -musitó mientras hundía los dedos en el pelo ajado de su vieja mascota de peluche.
Ty se acercó y se sentó a su lado.
– ¿Ésta era tu habitación? -preguntó. Ella asintió con la cabeza-. No ha cambiado -dijo Ty al tiempo que miraba a su alrededor.
– Sí, lo sé. O mi tío no ha tenido dinero o… No sé por qué.
– ¿Y esas mariquitas de la pared?