Un hombre mayor, con el pelo cano y un traje azul marino se levantó para saludarlos.
– Lillian, es un placer conocerte por fin -rodeó la mesa y le estrechó la mano-. Me alegré muchísimo al saber que estabas viva después de tanto tiempo. Tienes que contarme dónde has estado todos estos años.
Lacey compuso una sonrisa.
– El pasado, pasado está. Prefiero mirar al futuro -le contestó-. ¿No nos hemos reunido para eso? ¿Para que pueda explicarme cuáles eran los deseos de mis padres y qué va pasar a partir de ahora?
Él asintió con la cabeza.
Lacey se tomó aquello como una invitación y se sentó en una de las dos grandes sillas que había frente a la mesa de madera antigua de Dunne. De nuevo, Ty la siguió y tomó asiento en la otra silla. Lacey cruzó las manos sobre el regazo y esperó a que el administrador hablara.
Como si notara su malestar, Ty alargó el brazo y cubrió su mano con la suya, más fuerte y cálida, para darle ánimos. Ella se lo agradeció más de lo que él creía.
Dunne carraspeó.
– Empezaré encantado. Sin embargo, preferiría discutir estos asuntos en privado -dijo con la mirada fija en Ty.
Era evidente que quería que Ty saliera del despacho, pero Lacey decidió que era ella quien mandaba. Estaba demasiado nerviosa para recordar lo que se dijera en aquella habitación y otro par de oídos la ayudaría a retenerlo en la memoria. Además, el aura de frialdad de Paul Dunne le daba escalofríos. Y, por último, quería que Ty estuviera allí por las cosas extrañas que le pasaban últimamente. O estaba con personas a las que conocía bien y en las que confiaba, o no estaba con nadie.
– Ty se queda -insistió.
Dunne asintió con la cabeza.
– Como quieras -se acomodó en su silla y sacó un legajo de papeles con ribete azul-. Éstas son las últimas voluntades de tus padres.
Leyó los términos elementales del testamento y Lacey descubrió que, además de la enorme suma de dinero del fondo fiduciario, la casa de sus padres también pasaría a ella. Asombrada, apenas oyó el resto.
Dunne concluyó por fin.
– ¿Entiendes lo que acabo de leer?
Ella negó con la cabeza.
– Lo siento. ¿Podría repetirlo?
– El meollo de la cuestión es que debes reclamar el dinero en persona el día que cumplas veintisiete años o con posterioridad, en cualquier momento. Si murieras antes de esa fecha, el dinero se dividiría entre los hermanos de tu padre, Robert y Marc.
Lacey sacudió la cabeza.
– Eso no puede ser. Mi tío Marc siempre decía que heredaría cuando cumpliera veintiún años -de hecho, Dumont contaba con que para entonces le hubiera cedido legalmente la administración del dinero. El día que oyó aquella conversación todavía seguía grabado vivamente en su memoria.
A su lado, Ty guardaba silencio.
Paul Dunne juntó los dedos y la miró a los ojos.
– Te aseguro que ésos eran los deseos de tus padres. No me explico por qué tu tío te dijo otra cosa.
– Seguramente porque esperaba convencerla de que confiara en él hasta el punto de cederle su dinero cuando era todavía muy joven -masculló Ty, asqueado.
Lacey asintió. El razonamiento de Ty tenía perfecto sentido, pero el administrador movió la cabeza negativamente.
– Lillian, debes admitir que fuiste una adolescente difícil. Estoy seguro de que, si tu tío te dijo eso, fue sólo porque sabía que alguien con tu, digámoslo así, falta de madurez lo necesitaba más de lo que creía.
Ella se levantó del asiento.
– ¿Justifica usted que me mintiera? -por no mencionar que aquello confirmaba lo que ya pensaba de Paul Dunne. Aquel hombre era un burócrata al que ella había importado un bledo siempre, tanto de niña como ahora.
– Claro que no. Sólo estoy ofreciendo una explicación plausible. Las mentiras de tu tío eran innecesarias. Siempre y cuando las cosas sucedieran como tú las recuerdas. ¿No es posible que, con el trauma de perder a tus padres, estuvieras confusa?
Lacey dio un paso adelante al tiempo que Ty se levantaba y la enlazaba por la cintura para sujetarla.
– Creo que especular sobre el pasado es inútil. Lo que Lilly necesita ahora es que le explique qué pasos tiene que seguir para reclamar el dinero el día que cumpla veintisiete años, que es…
– El mes que viene -dijo ella, que de pronto había cobrado conciencia de las demás cláusulas del testamento de sus padres-. ¿Por qué veintisiete? ¿No es un número extraño?
Paul enderezó sus papeles.
– No es extraño que los padres y tutores pospongan la entrega del dinero a sus hijos hasta que son adultos. En este caso, se han pagado asignaciones anuales extraídas de los intereses que generaba anualmente el capital. Las asignaciones estaban destinadas al cuidado y mantenimiento de la casa y las tierras y se pagaban a tu tutor, Marc Dumont. Tu tutor también tenía el derecho a solicitar dinero a discreción del fideicomisario para tu cuidado -Lacey hizo lo posible por contener un bufido-. Pero, para responder a tu pregunta, la razón por la que no puedes reclamar el dinero hasta que cumplas veintisiete años es que tus padres querían que tuvieras tiempo para vivir de verdad. Querían que fueras a la universidad, o a Europa, y esas cosas, mientras fueras joven. Todo ello se habría sufragado con los intereses, de acuerdo con las estipulaciones del fondo fiduciario. Querían que aprendieras a vivir antes de heredar. Temían que, si no, pudieras gastarte el dinero con poca sensatez.
– Qué poco sospechaban cómo acabarían siendo las cosas -le dijo ella a Ty.
Se pasó las manos por los brazos. Sus padres habían querido que tuviera experiencias valiosas y ella había tenido más de las que hubieran podido imaginar. En vez de ir a la universidad, había acabado en Nueva York y apenas había logrado sobrevivir, gracias a su tío y presunto tutor.
Ty la atrajo hacia sí. Su fuerte presencia era lo único que la impedía desmoronarse.
– Aun así, ¿veintisiete no es un número raro? ¿No podrían haber elegido un número como veinticinco? ¿O treinta? -preguntó Ty.
– Tu madre era una mujer sentimental. Conoció a tu padre a los veintisiete años. Se casaron un veintisiete de abril -Dunne se encogió de hombros-. Y tu padre vivía para complacerla -explicó.
– Es una lógica curiosa -dijo Ty.
Oír hablar de sus padres hizo que Lilly sintiera un nudo en la garganta, y sólo fue capaz de asentir con la cabeza.
– Entonces, ¿puede venir a firmar los papeles el día de su cumpleaños? -preguntó Ty, que obviamente comprendía que ella era incapaz de formular la pregunta.
– Es un poco más complicado, pero básicamente sí. Cuando firme, habrá que trasladar los papeles al banco. Luego podrá disponer de su dinero -Dunne se aclaró la garganta-. Ahora, si me disculpáis, tengo otra cita para la que debo prepararme.
Lacey no estaba dispuesta a que los despidiera.
– ¿De cuánto dinero estamos hablando exactamente?
– Bueno, los tipos de interés han fluctuado con los años -Paul Dunne toqueteó su corbata-. Pero aproximadamente de dos millones y medio de dólares.
Y Lacey sabía que sólo tenía que mantenerse con vida para reclamarlos.
Salieron del despacho de Dunne y Ty la condujo a la calle. Sabía que estaba alterada por todo lo que había oído, sobre todo por haber heredado la casa de sus padres. Pero sabía también que no debía sacar a relucir ese asunto de momento. Lilly necesitaba tiempo para asimilar la noticia.
Ty se paró en la tienda que había junto al bufete y le compró una botella de agua antes de que se montaran en el coche.
– ¿Estás bien? -preguntó mientras abría la botella y se la daba.
Ella asintió con la cabeza y bebió un poco.
– Decir que esto es surrealista es poco, ¿no crees?
– Es una forma de describirlo.
Ella agarró con fuerza la botella.
– Los términos del testamento son una prueba. El tío Marc está empeñado en que no viva para cumplir los veintisiete años.