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—Dime si te duele —dijo mientras se subía encima de ella, asegurándose de que sus propios brazos y piernas soportaran casi todo el peso; no estaba nada gordo, pero pesaba bastante más que antes de la vuelta atrás. Maniobró con cuidado, amablemente, buscando un equilibrio entre lo que su cuerpo era capaz de hacer y lo que podía soportar el de ella. Pero después de una simple embestida, que a él le pareció demasiado suave, vio el dolor en el rostro de ella, se retiró rápidamente y quedó tendido de espaldas en su lado de la cama.

—Lo siento mucho —dijo ella, en voz baja.

—No, no —respondió él—. No pasa nada.

Se tumbó de lado, mirándola, y la abrazó con ternura.

14

Aquella noche inolvidable, hacía tantos años, Sarah había saltado de su silla del sótano y Don la había abrazado, la había levantado hasta que sus pies dejaron de tocar el suelo para hacerla girar y besarla apasionadamente, allí mismo, delante de los niños.

—¡Mi esposa la genio! —declaró Don, sonriendo de oreja a oreja.

—Más bien tu esposa la tenaz investigadora —replicó Sarah. Pero se reía mientras lo decía.

—No, no, no —dijo él—. Lo has descubierto tú… antes que nadie, has descubierto el meollo del mensaje.

—Tengo que publicarlo —dijo ella—. No tendrá ningún valor si lo mantengo en secreto. Quien lo anuncie públicamente primero será…

—Aquél cuyo nombre aparezca en los libros de historia. Estoy muy orgulloso de ti.

—Gracias, querido.

—Pero tienes razón —dijo él—. Deberías publicarlo ahora mismo.

La soltó y ella se acercó al ordenador.

—No, mamá —dijo Carl—. Déjame a mí.

Sarah tecleaba muy despacio, buscando cada letra. Su padre, en Edmonton, nunca había comprendido que quería ser científica y la había animado a escribir a máquina para estar preparada para ser secretaria. Un curso de mecanografía era obligatorio. Había sido la única materia en su vida que Sarah había suspendido.

Miró a su hijo adolescente, quien a su modo, evidentemente, quería compartir este momento.

—Díctame lo que quieras —le dijo Carl—. Yo lo teclearé.

Ella le sonrió y se puso a caminar de un lado a otro por la habitación.

—Muy bien, allá va. El meollo del mensaje es…

Mientras ella hablaba, Don corrió escaleras arriba y llamó a uno de los productores de los noticiarios de la CBC que estaba de guardia esa noche. Cuando regresó al sótano, Sarah acababa de terminar de dictar su informe. Don vio cómo Carl lo enviaba al grupo de noticias del Instituto SETI.

—Muy bien, cariño —dijo Don—. Te he concertado una entrevista para la tele dentro de una hora y saldrás en The Current y Sounds Like Canadá por la mañana.

Ella miró la hora.

—Dios, es casi medianoche. Emily, Carl, deberíais estar en la cama. Y, Don, no quiero ir al centro tan tarde…

—No tienes que hacerlo. Un equipo viene hacia aquí.

—¿De verdad? ¡Dios mío!

—Nunca viene mal conocer a gente —dijo él con una sonrisa.

—Yo… hum, bueno, estoy hecha un desastre…

—Estás maravillosa.

—Además, ¿quién demonios está viendo la tele a estas horas?

—Los que nunca salen de casa, los insomnes, los que cambian de canal buscando porno…

—¡Papá! —Emily tenía las manos en jarras ante él.

—Pero seguirán repitiendo la noticia, y se harán eco de ella en todo el mundo, estoy seguro.

—Estábamos muy equivocados —le dijo Sarah a Shelagh Rogers a la mañana siguiente. Don no era el ingeniero de sonido de Sounds Like Canadá en Toronto (de eso se encargaba Joe Mahoney últimamente), pero estaba detrás de Joe, que manejaba la mesa de mezclas, y miraba a Sarah por encima de su hombro.

Y mientras lo hacía reflexionó sobre lo curioso de todo aquello. Sarah estaba en Toronto, pero Shelagh se hallaba en Vancouver, donde tenía su sede el programa de Radio Uno: dos personas que no podían verse entre sí, estaban comunicándose a través de enormes distancias por medio de la radio. Era… perfecto.

—¿Equivocados en qué sentido? —La voz de Shelagh era rica en matices y aterciopelada pero entusiasta, una combinación cautivadora.

—En todos los sentidos —respondió Sarah—. En todo lo que habíamos supuesto en el SETI. ¡Qué idea tan ridícula, que unos seres enviaran mensajes a través de años luz para hablar de matemáticas. —Sacudió la cabeza y el pelo castaño se agitó—. Las matemáticas y la física son iguales en todo el Universo. No hay ninguna necesidad de contactar con una raza alienígena para averiguar si está de acuerdo en que uno más tres son cuatro, en que siete es un número primo, en que el valor de % es 3,1416, etcétera. Ninguna de esas cosas es de ámbito local, ni cuestión de opinión. No, las cosas que merece la pena discutir son los asuntos morales: cuestiones debatibles, sobre las que una raza alienígena podría tener una perspectiva radicalmente diferente.

—¿Y de eso trata el mensaje de Sigma Draconis? —la instó Shelagh.

—¡Exactamente! Ética, moralidad… las grandes preguntas. Y también estábamos completamente equivocados en lo que cabía esperar del SETI. Carl Sagan solía decirnos que recibiríamos una Enciclopedia galáctica. Pero nadie se molestaría en enviar un mensaje a través de años luz para contar cosas. Más bien, enviaría un mensaje para preguntar cosas.

—Y ese mensaje de las estrellas es… ¿qué? ¿Un cuestionario?

—Sí, eso es. Consiste en una serie de preguntas, la mayoría de opción múltiple, planteadas como un mapa tridimensional, con espacio para que mil personas diferentes respondan a cada pregunta. Los alienígenas quieren, evidentemente, una muestra de nuestros puntos de vista, y se tomaron muchas molestias para establecer un vocabulario para concebir juicios de valor y tratar con cuestiones de opinión, con escalas para cuantificar adecuadamente las respuestas.

—¿Cuántas preguntas hay?

—Ochenta y cuatro —dijo Sarah—. En todo el mapa.

—¿Por ejemplo?

Sarah tomó un sorbo de la botella de agua que le habían proporcionado.

—«¿Es aceptable impedir el embarazo si la densidad de población es baja?», «¿Es aceptable acabar con el embarazo si la densidad de población es alta?», «¿Está bien que el Estado ejecute a gente mala?».

—Control demográfico, aborto, pena capital —dijo Shelagh, sorprendida—. Supongo que son dilemas incluso para los extraterrestres.

—Eso parece —contestó Sarah—. Y hay muchas más, todas de un modo u otro acerca de la ética y la conducta aceptables. «¿Deberían adoptarse sistemas para impedir a toda costa que quienes hacen el mal se salgan con la suya?», «Si una población identificable es desproporcionadamente mala, ¿es permisible restringir toda la población?». Son sólo traducciones preliminares, naturalmente. Estoy segura de que habrá un montón de discusiones sobre el significado exacto de algunas de ellas.

—Estoy segura de que las habrá —dijo Shelagh, afablemente.

—Pero me pregunto si los alienígenas no son un poco ingenuos, al menos según nuestros parámetros —continuó Sarah—. Básicamente, somos una raza hipócrita. Creemos que las normas sociales deben cumplirlas los demás y siempre encontramos buenos motivos para no seguirlas nosotros. Así que, sí, que pregunten por nuestra moralidad es interesante, pero si esperan que nuestras creencias sean coherentes con nuestra conducta puede que se lleven una gran sorpresa. El hecho de que incluso tengamos una máxima como «haz lo que predicas» subraya lo natural que es para nosotros hacer exactamente lo contrario.