—Oh, sí, bueno, su esposa…
Don entornó los ojos.
—¿Qué pasa con ella?
Ben parecía acorralado.
—Hum, ¿no es rica? Descifró el primer mensaje, después de todo.
—No, ella no es rica tampoco.
Podría haberlo sido, pensó, si hubiera firmado el contrato adecuado para un libro en el momento adecuado, o si hubiera cobrado por todas las conferencias públicas que había dado en los primeros meses después de recibirse el mensaje original. Pero aquello era agua pasada; no tienes una segunda oportunidad con todo.
—Oh, bueno, yo…
—Así que necesito un empleo—dijo Don. Interrumpir a su jefe potencial no era probablemente una estrategia que un orientador laboral hubiese aprobado, pensó, pero no pudo evitarlo.
—Ah —dijo Ben. Observó el lector flatsie que había sobre la mesa—. Bueno, estudió usted Artes de Radio y Televisión en Ryerson. Buena cosa. Yo también. —Ben entornó un poco los ojos—. Promoción de 1982. —Sacudió la cabeza—. Yo soy de la de 2035.
Lo que quería decir era obvio, así que Don trató de tomárselo con humor.
—Me pregunto si quedarían algunos de los mismos profesores.
Ben tuvo el detalle de soltar una carcajada.
—¿Cuánto tiempo trabajó aquí, en la CBC?
—Treinta y seis años —dijo Don—. Era productor e ingeniero de grabación cuando me llegó la…
Se abstuvo de pronunciar la palabra, pero Ben se la proporcionó, subrayándola con un breve gesto de cabeza.
—Jubilación.
—Pero, como puede ver —continuó Don—, ahora soy joven otra vez y quiero volver a trabajar.
—Y ¿en qué año se jubiló?
Don sabía que lo tenía ahí delante, en su historial, pero el muy hijo de puta iba a obligárselo a decir en voz alta.
—En 2022.
Ben sacudió levemente la cabeza.
—Guau. ¿Quién era entonces primer ministro?
—Lo cierto es que necesito el trabajo —dijo Don, ignorando la pregunta—. Y, bueno, cuando tienes en la sangre el gusanillo…
Ben asintió.
—¿Ha trabajado alguna vez con un Mennenga 9600?
Don negó con la cabeza.
—¿Un Evoterra C-49? Son los que usamos ahora.
Don volvió a negar.
—Y ¿en montaje?
—Claro. Miles de horas…
Al menos la mitad de ellas las había pasado cortando físicamente las cintas con cuchillas de afeitar.
—Pero ¿con qué clase de equipo?
—Studer. Nevé Capricorn. Euphonix.
Don se saltó deliberadamente los números de los modelos, y también se abstuvo de nombrar el Kadosura, que hacía ya veinte años que no empleaba nadie.
—De todas formas —dijo Ben—, el equipo cambia constantemente…
—Lo comprendo. Pero los principios…
—Los principios cambian también. Lo sabe usted. Ya no editamos igual que hacíamos hace una década, no digamos hace cinco. El estilo y el ritmo son diferentes, el sonido es diferente. —Sacudió la cabeza—. Ojalá pudiera ayudarle, Don. Cualquier cosa por ayudar a un compañero de Ryerson… lo sabe. Pero… —Abrió los brazos—. Incluso un chico recién salido de la facultad conoce el material mejor que usted. Demonios, lo conoce mejor que yo.
—Pero no tengo por qué hacer el trabajo físico —dijo Don—. Quiero decir, al final no lo hacía. Me encargaba de la dirección, y eso no cambia.
—Tiene toda la razón. No cambia. Lo cual significa que un tipo que parece que tiene veintitantos años no podrá ganarse el respeto de hombres y mujeres de cincuenta. Además, necesito directores que sepan cuándo un ingeniero les está dando largas sobre lo que el equipo puede y no puede hacer.
—¿No hay nada? —preguntó Don.
—¿Lo ha intentado abajo?
Don frunció el ceño.
—¿En el vestíbulo?
En el vestíbulo (el Atrio Barbara Frum, como era conocido técnicamente, y Don era lo bastante viejo como para haber trabajado con Barbara) no había más que un par de restaurantes, los tres mostradores de seguridad y montones de espacio abierto.
Ben asintió.
—¡El vestíbulo! —explotó Don—. No quiero ser un maldito guardia de seguridad.
Ben alzó las manos, las palmas hacia afuera.
—No, no. No me refería a eso. Quería decir… no se lo tome a mal, pero me refería al museo.
Don notó que se quedaba boquiabierto; Ben bien podría haberle dado un puñetazo en el estómago. Se le había olvidado, sí, pero en el vestíbulo había un pequeño museo dedicado a la historia de la CBC.
—No soy un puñetero objeto de museo.
—¡No, no… no! Tampoco me refería a eso. Quería decir que usted, ya sabe, tal vez podría unirse al personal de mantenimiento, quiero decir que conoce muchos temas de primen mino. No sólo a Pellatt, sino a Peter Gzowski, Sook-Yin Lee, Bob McDonald, a todos esos tipos. Los conoció y trabajó con ellos. Y aquí dice que trabajó usted en Tal como pasa y en Más rápido que la luz.
Ben estaba intentando ser amable, Don lo sabía, pero en realidad ya tenía suficiente.
—No quiero vivir en el pasado —dijo—. Quiero ser parte del presente.
Ben miró el reloj de la pared, una de esas unidades con dígitos rojos en el centro rodeados por sesenta puntos de luz que se iluminan en secuencia para marcar el paso de los segundos.
—Mire, tengo que volver al trabajo. Gracias por venir. —Se levantó y le tendió la mano.
Don no supo si el apretón de Ben era normalmente flácido y débil o si estaba siendo delicado porque le estrechaba la mano a un hombre de ochenta y siete años.
18
Don regresó al vestíbulo. Un punto a favor de Canadá era que cualquiera pudiese caminar por el enorme Atrio Barbara Frum, mirando las seis plantas de balcones internos y viendo ir y venir a todo tipo de personalidades de la CBC (a la compañía no le gustaba que se utilizara la palabra «estrellas»), sin que lo acompañaran guardias de seguridad ni secretarios. El pequeño restaurante Oh La La!, que llevaba allí desde siempre, tenía mesas repartidas por todo el lugar, y uno de los presentadores de Newsworld estaba sentado disfrutando de una ensalada; en la mesa de al lado, el principal actor de un programa infantil que Don había visto con su nieta tomaba café; camino de los ascensores iba la mujer que presentaba Ideas. Todo muy abierto, muy acogedor… para todo el mundo, menos para él.
El museo era diminuto. Arrinconado a un lado, se veía claramente que había sido una idea improvisada posterior al diseño del edificio. Había en él material más viejo que Don. El programa infantil El tío Chichimus era anterior a su época, y Esta hora tiene siete días y Desafío en primera plana eran programas que veían sus padres. Era lo bastante mayor para recordar a Wayne y Shuster, pero no lo suficiente para haberlos encontrado jamás graciosos. Sin embargo, había aprendido francés con Chez Héléne y pasado muchas horas felices con Mr. Dressup y El gigante amistoso. Don se entretuvo un momento mirando la maqueta del castillo del gigante y las marionetas de Rusty el Gallo y Jerome la Jirafa. Leyó la plaquita que decía que el extraño color de Jerome, púrpura y naranja, se había escogido en los tiempos de la tele en blanco y negro porque contrastaban bien y había seguido tal cual cuando el programa pasó a ser emitido en color en 1966: le daba un aspecto psicodélico, un involuntario reflejo de la época.
Don había olvidado que Mister Rogers había empezado allí, pero ahí estaba el carrito original en miniatura del programa, de cuando se llamaba El barrio de Mister Rogers.