—Tal vez ninguno de los dos debería quedarse el objeto. Ya sabes, dejarlo donde se encontró.
Ella asintió.
—Eso estaría bien, pero no es una de las respuestas posibles. Recuerda que la respuesta casi siempre permite múltiples opciones.
Don metió unos cuantos platos en el lavavajillas.
—Demonios, no lo sé. El otro debería quedárselo… porque, bueno, porque me siento generoso, ¿vale?
—Pero no lo quiere —dijo ella.
—Pero podría resultarle de valor algún día.
—O podría ser venenoso o pertenecer a otra persona que se enfadará porque se lo han quitado y buscará venganza contra quien se lo robó.
Él sacudió la cabeza e introdujo la pastilla de detergente.
—No hay suficiente información.
—Al parecer, los alienígenas opinan que sí la hay.
Puso en marcha el lavavajillas y le indicó a Sarah que lo siguiera fuera de la cocina: la máquina hacía mucho ruido.
—De acuerdo —dijo—. No podemos darles a los dracos las respuestas que harán que les parezcamos buenos, porque no sabemos cuáles son en todos los casos.
—Así es. Y, de todas formas, ni siquiera en el caso de las preguntas que sí que comprendemos hay consenso sobre qué respuesta nos haría parecer buenos. Verás, algunos de nuestros principios morales son racionales y otros están basados en las emociones… y no está claro qué valoran más los alienígenas.
—Creía que todos los argumentos morales eran racionales —dijo Don. Contempló el salón, calibrando si había que hacer algo más—. ¿No es ésa la esencia de la moralidad: dar una respuesta racional y razonada, en vez de una visceral y primaria?
—¿Ah, sí? —dijo ella, enderezando la pila de revistas del mes (McLean's, Mix, Discover, The Atlantic Monthly) que guardaban en la mesita, entre el sofá y el sillón reclinable—. Prueba con esto. Es un rompecabezas clásico sobre ética llamado «el dilema del tranvía». Se le ocurrió a una filósofa británica. Su nombre, por cierto, era Philippa Foot. Pues bien, se trata de lo siguiente: un tranvía está fuera de control y hay cinco personas atadas a la vía, que no podrán escapar a tiempo. Si el tranvía continúa la marcha, los matará a todos. Pero tú lo estás viendo todo desde un puente situado sobre las vías y da la casualidad de que en el puente están los mandos, incluida una palanca que, si tiras de ella, desviará el tranvía hacia otra vía de la izquierda y no atropellará a las cinco personas. ¿Qué harías?
—Tirar de la palanca, naturalmente —dijo Don. Tras decidir que no había nada más que hacer esa noche, se sentó en el sofá.
—Eso es lo que dice casi todo el mundo —respondió Sarah, uniéndose a él—. La mayoría de la gente siente la obligación moral de intervenir en situaciones en que la vida humana está en peligro. Oh, pero olvidaba decirte una cosa: hay un gordo atado en la otra vía. Si desvías el tranvía, morirá. ¿Qué haces ahora?
El la rodeó con el brazo.
—Bueno, hum… supongo que seguiría tirando de la palanca.
Ella apoyó la cabeza en su hombro.
—Es lo que dice la mayoría do la gente. ¿Por qué?
—Porque muere sólo una persona en vez de cinco.
Don supo por su tono que ella estaba sonriendo.
—Trekker hasta la médula. «La necesidad de muchos está por encima de la necesidad de unos pocos.» No me extraña que el señor Spock crea en eso: es claramente el producto de un pensamiento racional. Pero ¿y si no hay segunda vía? Y si en vez de ser el infeliz atado a la izquierda el gordo no está atado ni nada parecido sino allí, a tu lado, en el puente. Sabes con seguridad que si lo empujas para que caiga delante del tranvía, el golpe será suficiente para detener la máquina antes de que atropelle a las otras cinco personas. Pero tú eres un tipo pequeñito. El tranvía no se detendría golpeándote a ti, así que no tiene sentido que saltes, pero sí que puede detenerse si atropella al gordo. ¿Qué haces entonces?
—Nada.
Don notó que ella asentía.
—Una vez más, es lo que dice la mayoría de la gente… que no harían nada. Pero ¿por qué no?
—Porque, bueno… está mal… bueno… ah… —Don frunció el ceño, abrió la boca para volver a intentarlo, pero luego la cerró.
—¿Ves? —dijo Sarah—. Son situaciones comparables. En ambos casos eliges que un tipo muera… el mismo, de hecho, para salvar a otros cinco. Pero en la primera situación, lo haces tirando de una palanca. En la segunda, empujas al hombre a la muerte. La ecuación racional es exactamente la misma. Pero el segundo caso parece distinto emocionalmente. Lo que la mayoría de la gente juzga adecuado en el primer caso, juzga que es inadecuado en el segundo. —Hizo una pausa—. Los alienígenas no nos han hecho la pregunta concreta del tranvía, pero hay otras para las cuales tenemos una respuesta emocionalmente ética y una respuesta lógicamente ética. Y no estoy segura de cuál de las dos preferirían los dracos.
Don volvió a fruncir el ceño.
—Pero ¿no preferirían de manera natural unos seres avanzados la lógica a la emoción?
—No necesariamente. La equidad y el deseo de reciprocidad parecen respuestas emocionales: se dan en animales que obviamente no razonan de una manera abstracta y simbólica y, sin embargo, son algunas de las cosas que más valoramos. Los alienígenas podrían valorarlas también, lo que significa que las respuestas emocionales podrían ser de hecho lo que están buscando. Sin embargo, algunos de mis colegas argumentan que las respuestas lógicas son las mejores, porque denotan un conocimiento más sofisticado. No obstante, darles respuestas puramente lógicas no retrataría realmente cómo somos. Piensa en esto, por ejemplo: los alienígenas no nos lo han preguntado, pero viene al caso. Tenemos dos hijos, niño y niña. Supongamos que Emily es la mayor, y que ambos se van a pasar el fin de semana a alguna parte y deciden tener sexo entre sí… sólo una vez, por ver lo que es.
—¡Sarah!
—¿Ves? Te repugna de inmediato. Y, por supuesto, también a mí. Pero ¿por qué nos repugna? Bien, presumiblemente porque la evolución nos ha inculcado el deseo de promover la exogamia y evitar los defectos de nacimiento que a menudo se producen en las uniones incestuosas. Pero digamos que toman precauciones… sabes que cualquier hija mía lo hará. Eso significa que la preocupación por los defectos de nacimiento no es relevante. Además, digamos que ambos están libres de enfermedades venéreas. Digamos que sólo lo hicieron una vez y que no les provocó ningún daño psicológico en absoluto y que nunca se lo contaron a nadie. ¿Sigue siendo repugnante? Para mí, en el fondo, y apuesto a que también para ti, sí, aunque no podamos dar un motivo racional para el disgusto que sentimos.
—Supongo —dijo él.
—Bien. Durante muchísimo tiempo, en un montón de sitios, las uniones homosexuales fueron recibidas también con disgusto, igual que las interraciales. Hoy en día, la mayoría de la gente no reacciona negativamente a ellas. Así pues, porque algo disgustara a la gente una vez no significa que sea malo universalmente. Los códigos morales cambian, en parte porque la gente puede adoptar nuevas posturas. Después de todo, fueron argumentos racionales los que hicieron posibles los movimientos a favor de los derechos civiles y la igualdad de la mujer. La gente se convenció de que la esclavitud y la discriminación estaban mal en esencia; educas a la gente en un tema y su punto de vista de lo que es moral cambia. De hecho, es lo que pasa con los niños. Su conducta se vuelve más moral a medida que su capacidad de razonamiento se desarrolla. Pasan de pensar que algo está mal simplemente porque los van a pillar, a pensar que algo está mal en esencia. Bien, tal vez hayamos crecido lo suficiente para que los dracos quieran continuar manteniendo el contacto con nosotros, o tal vez no, y si no, entonces no hay manera de que podamos deducir cuáles son las respuestas adecuadas. —Sarah se acurrucó contra él—. No, en el fondo creo que lo único que podemos hacer es exactamente lo que nos piden: enviar mil cuestionarios independientes, cada uno respondido por separado, cada uno tan sincero y fiel como sea posible.