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—¿Y luego?

—Luego habrá que esperar a ver qué respuesta envían.

20

Otro caluroso día de agosto. Don había ido de nuevo al centro, pero esta vez no para una entrevista de trabajo, y por eso llevaba ropa adecuada para el clima: pantalones cortos de sarga y una camiseta celeste. Lo agradeció cuando subió sin esfuerzo las escaleras de la estación de metro y salió al calor asfixiante.

Sarah, junto con el resto de la comunidad del SETI, todavía estaba tratando de descubrir la clave para descifrar el segundo mensaje de Sigma Draconis, y la noche anterior se le había ocurrido una idea. Pero para probarla necesitaba unos viejos archivos en papel que estaban almacenados en la universidad.

Era un trayecto corto desde la estación de metro de Queen's Park hasta la torre de McLennan Physical Laboratories, donde estaba alojado el Departamento de Astronomía y Astrofísica de la Universidad de Toronto. En el techo había dos cúpulas de observación. Don recordó lo que solía pensar cuando las veía: que no podía ser que sirvieran para nada, estando como estaban rodeadas por el brillo del centro de Toronto. Pero, para su sorpresa, cuando las miró se encontró pensando que parecían un bonito y firme par de tetas.

Cuando salió del ascensor en la planta catorce de la torre, vio que una pared del pasillo estaba llena de fotos de famosos relacionados con el departamento. Allí estaban la doctora Helen Sawyer Hogg, que llevaba muerta cincuenta y cinco años, cuya columna semanal sobre astronomía recordaba haber leído de niño en el Star de los sábados; Ian Shelon, descubridor de la supernova 1987a en la Gran Nube de Magallanes, y la propia Sarah. Se detuvo a leer la placa y contempló la foto, que debía haber sido tomada hacía al menos cuarenta años; no llevaba el pelo tan largo desde entonces.

Ah, bueno. Las fotos gastadas por el tiempo eran lo adecuado en aquel lugar. Las universidades ya estaban anacrónicas. Escapaban a la tendencia que ya venía de lejos de hacerlo todo on-line, todo a distancia. Los sagrados salones, las torres de marfil… los sinónimos que su diccionario mental le proporcionaba acababan de subrayar lo débiles y anticuadas que eran esas instituciones. Y, sin embargo, de algún modo resistían.

Miró de nuevo la foto de Sarah y, sin darse cuenta, rechinó los dientes. Si las cosas hubieran salido tal como debían, su esposa hubiese tenido un aspecto incluso más joven. Esa foto sería lo que cabría esperar de ella cuando entrara en la edad madura por segunda vez… hacia 2070, más o menos.

Siguió la curva del pasillo, en cuyas paredes había fotos astronómicas enmarcadas, hasta que encontró la puerta que estaba buscando. Llamó con los nudillos, suavemente. Las viejas costumbres eran difíciles de erradicar, advirtió: hacía tiempo que no llamaba con fuerza, ya que solía lastimarle los nudillos afectados por la artritis, pero se preguntó si alguien lo habría oído a través de la gruesa madera. Estaba a punto de volver a llamar, con más fuerza, cuando oyó una voz femenina.

—Pase.

Entró, dejando la puerta abierta. Una joven pelirroja sentada ante un ordenador alzó la cabeza, expectante.

—Estoy buscando a Lenore Darby —dijo Don.

Ella levantó una mano.

—Culpable.

Don alzó las cejas. Ahora que la veía, recordó que había una pelirroja entre las estudiantes de la última fiesta de Navidad, pero había olvidado, o más bien no se había fijado entonces, en lo bonita que era.

Lenore tenía unos veinticinco años… veinticinco años reales, no había duda. Su cabello pelirrojo le caía hasta los hombros y tenía la piel blanca y pecosa y unos ojos verdes brillantes. Vestía pantalones de color verde y una camiseta con la palabra «Onderdonk», que él supuso que sería un conjunto musical. Llevaba la mitad inferior de la camiseta atada en un nudo sobre el ombligo, que dejaba al descubierto unos cinco centímetros de vientre plano a pesar de estar sentada.

—¿Puedo ayudarle? —preguntó, con una sonrisa perfecta. Muchos contemporáneos suyos se habían pasado toda la vida adulta, como él mismo hasta hacía poco, con diversas imperfecciones dentales (torcimientos y mellas, dientes salidos y mandíbulas que no encajaban), pero la gente joven casi siempre tenía los dientes perfectos, blancos y brillantes, muy rectos y sin ninguna Carles.

El se dispuso a soltar su discurso:

—Soy Don Halifax. Sé que…

—¡Oh, cielos! —exclamó Lenore. Lo miró de arriba abajo, haciéndole sentirse cohibido y avergonzado; probablemente incluso se ruborizó—. Esperaba… bueno, debe de ser su abuelo. ¿Se llama igual que él?

Ella había conocido a un hombre de ochenta y siete años en diciembre llamado Don Halifax, y le habían dicho que alguien que se llamaba igual iría a recoger unos papeles para Sarah, así que…

Así que, sí, era una suposición perfectamente razonable por su parte.

—En efecto —dijo él. De hecho, lo que ella había supuesto era cierto, no sólo en el sentido en que ella lo entendía. Su nombre completo era Donald Roscoe Halifax, y Roscoe era el nombre del padre de su padre.

Así que, ¿por qué no? Era una mentira inofensiva, y odiaba tener que dar explicaciones sobre su situación; no quería tener que contarle toda la historia a cada persona que conociera. Además, probablemente nunca volvería a ver a esta chica.

—¡Encantado de conocerle! —dijo Lenore—. He visto a su abuelo un par de veces. ¡Qué hombre tan simpático!

A Don le encantó el comentario y se permitió una sonrisita.

—Sí que lo es.

—Y ¿cómo está…?

Don notó que contenía la respiración. Si ella hubiera terminado la frase con «su abuela», dudaba que hubiese podido continuar con la farsa, pero ella dijo:

—¿Cómo está la profesora Halifax?

—Está bien.

—Me alegro —contestó Lenore, pero entonces sorprendió a Don cabeceando—. A veces me gustaría ser mayor. —Sonrió, se levantó y tiró del nudo de la camiseta, lo cual tuvo el momentáneo efecto de marcar sus pechos—. Podría haberla tenido de supervisora de mi tesis. No es que el profesor Danylak no sea magnífico, pero, ¿sabe?, es frustrante estudiar allí donde trabajó la persona más famosa en mi campo y no haber tenido casi ninguna relación con ella.

—¿Su especialidad es también el SETI?

Ella asintió.

—Aja. Así que, como puede imaginar, la profesora Halifax es para mí una especie de heroína.

—Ah —dijo él. Contempló brevemente la habitación, porque…

Porque se dio cuenta de que había estado mirando demasiado fijamente y demasiado tiempo a la atractiva joven. Allí estaban los habituales biombos de tela y una pared forrada de archivadores. La oficina sin papeles y el coche volador habían estado unos cuantos años por delante en el futuro durante toda su vida, aunque tal vez viviera lo suficiente para ver una u otra cosa hacerse realidad.

Abrió la boca para continuar, pero se contuvo a tiempo. Había estado a punto de decir «Sarah me pidió que…», pero ¿quién demonios llamaba a su abuela por su nombre? Sin embargo, era incapaz de decir «mi abuela». Después de un segundo, recurrió a una fórmula menos comprometedora.

—Me han dicho que tenía que recoger unos viejos archivos.

—Sí, lo sé —dijo Lenore—. Aquí soy el último mono: he tenido que rebuscar yo en el sótano para encontrarlos. Voy a traérselos.