Cruzó la habitación y él descubrió que seguía el movimiento de su trasero enfundado en los pantalones cortos. Encima de un archivador había un fajo de un palmo de grosor de papeles repartidos en varios clasificadores.
A Don le preocupó que su nuevo aspecto no estuviera a la altura; a él le sorprendía tanto que suponía que sorprendía también a los demás. Pero cuando la chica le entregó el montón de papeles, no dio muestras de ver en él nada fuera de lo corriente.
Por su parte, él empezó a captar una suave fragancia afrutada… ¡qué maravilloso era haber recuperado el sentido del olfato! No era perfume. Más bien era champú o acondicionador para el pelo, y resultaba bastante agradable.
—Santo Dios —dijo—. ¡No esperaba que fueran tantos!
—¿Necesita que le eche una mano para llevarlo hasta el coche? —le preguntó Lenore.
—La verdad es que he venido en metro.
—¡Oh! Puedo buscarle una caja para guardarlo todo.
—Gracias, pero…
Ella arqueó las cejas pelirrojas y él continuó:
—Es que pensaba ir a la Galería de Arte esta tarde. Hay una exposición de vidrio soplado de Robyn Harrington que quiero ver.
—Bueno, la galería está a un par de manzanas. ¿Por qué no deja aquí los papeles y vuelve a recogerlos cuando termine?
—No quiero ser una molestia.
—¡Oh, no es ninguna molestia! Estaré aquí hasta las cinco.
—Adicta al trabajo, ¿eh? Sí que le gusta estar aquí.
Ella apoyó su apetecible trasero en una mesa cercana.
—Oh, sí, es magnífico.
—¿Está haciendo el doctorado?
—Todavía no. Estoy terminando un máster.
—¿Estudió aquí?
—No. Fui a Simón Fraser.
Él asintió.
—¿Y es de ahí? ¿De Vancouver?
—Aja. Y, no es por nada, pero es mucho mejor que esto. Echo de menos el océano, echo de menos las montañas y no soporto el clima de aquí.
—Pero ¿no se cansaba de tanta lluvia en Vancouver?
—Ni siquiera la noto: estoy acostumbrada. Pero ¡la nieve de aquí en invierno! Y la humedad de ahora. Me moriría si no fuera por el aire acondicionado.
Don tampoco era un gran amante del clima de Toronto. Volvió a asentir.
—Entonces, ¿volverá a casa cuando termine aquí?
—No, probablemente no. Quiero ir a alguna parte del hemisferio sur. El SETI no ha investigado lo suficiente los cielos meridionales.
—¿A algún sitio en particular? —le preguntó Don.
—La Universidad de Canterbury tiene un gran departamento de astronomía.
—¿Dónde está eso?
—En Nueva Zelanda. En Christchurch.
—Ah —dijo Don—. Montañas y océano.
Ella sonrió.
—Exactamente.
—¿Ha estado alguna vez allí?
—No, no. Pero algún día…
—Es maravilloso.
—¿Ha estado usted? —le preguntó ella, dejando que sus cejas escalaran hasta su frente pecosa.
—Aja —dijo él, adoptando su forma de hablar—. En…
Calló antes de decir «en 1992».
—Bueno, hace unos cuantos años.
—Ooohh —dijo Lenore, frunciendo seductoramente los labios—. ¿Cómo era? ¿Le gustó?
Don pensó que debía dejar de mirar a los ojos a la joven y posó su mirada sobre el reloj digital; era la 1.10. Le estaba entrando hambre. Era otra cosa que había recuperado con el sentido del olfato. Durante mucho tiempo había comido muy poco. Siempre se llevaba a casa lo que le sobraba de los restaurantes. Durante la vuelta atrás, cuando su cuerpo había empezado a recuperar la masa muscular perdida, se había puesto como un cerdo. Sin embargo, su apetito había ido recuperando los niveles de cuando tenía de verdad veinticinco años, que seguían siendo prodigiosos.
—Bueno, gracias por dejarme volver más tarde para llevarme los papeles —dijo Don—. Tengo que marcharme.
—¿A la galería de arte?
—La verdad es que pensaba tomar primero un bocado. ¿Hay algún sitio bueno por aquí cerca?
—Está el Duque de York —respondió ella—. Es bueno. De hecho…
—¿Sí?
—Bueno, estoy pensando en serio solicitar la plaza en Nueva Zelanda. Me encantaría sonsacarle un poco. ¿No le importa si le acompaño a almorzar?
21
Don y Lenore salieron al exterior. El sol estaba alto en el cielo de mercurio, la humedad era sofocante. Al sur, la Torre CN titilaba a través de la bruma. Como era verano, el campus se hallaba casi vacío, pero la calle Bloor estaba repleta de lo que probablemente era una mezcla por igual de gente de negocios y turistas, además de unos cuantos robots, todos corriendo hacia alguna parte. Don y Lenore charlaron sobre Nueva Zelanda mientras caminaban.
—Es un sitio magnífico —dijo él—, pero te advierto que tienen la molesta costumbre de poner una rodaja de remolacha en las hamburguesas y… ¡oh, mira!
Había un coche aparcado en la acera. Don señaló la matrícula azul y blanca: PQHO-294, con el guión, como era normal en Ontario, convertido en una corona estilizada.
—Qoph.
Lenore abrió mucho los ojos.
—¡El nombre de una letra hebrea! —exclamó con placer—. ¿Juegas al Scrabble?
Todos los buenos jugadores de Scrabble habían memorizado el puñado de palabras aceptables que contenían la «q» pero no la «u».
El sonrió.
—Oh, sí.
—Yo también —dijo ella—. Siempre practico con las matrículas. Hace unas cuantas semanas, vi un par de coches juntos: sus matrículas eran anagramas de «pedo» y «culo». Estuve sonriendo todo el día.
Continuaron caminando, hablando sobre Nueva Zelanda, y para cuando llegaron al restaurante habían agotado todo lo que Don tenía que decir sobre el tema. El Duque de York resultó ser un restaurante de dos pisos estilo pub situado en una calle tranquila al norte de Bloor. Los otros edificios del lugar, todos ellos casas elegantes reformadas, parecían de oficinas de abogados y contables de postín. Los condujeron a una mesa situada al fondo del primer piso del pub. Música rock (o lo que fuera que los chavales escucharan) sonaba por los altavoces. Por fortuna, el local tenía aire acondicionado.
Había tres hombres sentados a una mesa cercana a la suya. Una camarera de la edad de Lenore, y casi igual de bonita, con un top negro ceñido que dejaba al descubierto buena parte de su canalillo, estaba anotando el pedido del grupo: una botella de vino para acompañar la comida.
—¿Tinto o blanco? —preguntó uno de los hombres mirando a sus amigos.
—Tinto —dijo el tipo de su izquierda.
—Tinto —repitió el de la derecha.
El primero alzó la cabeza para mirar a la camarera.
—Me parece oír que tinto.
Lenore se inclinó sobre la mesa y le susurró a Don, mientras indicaba con un gesto al tipo que acababa de hablar.
—Vaya. Debe tener sinestesia.
Don dejó escapar una risa encantado.
La misma camarera se volvió a atenderlos. Era alta y ancha de hombros, con la piel achocolatada y el pelo azul, de tan negro, hasta la cintura.
—¿Puedo ayudarlos…? ¡Oh, Lennie! ¡No me había dado cuenta de que eras tú, nena!
Lenore le sonrió tímidamente a Don.
—Trabajo aquí de camarera dos noches por semana.
El de repente se hizo una agradable imagen mental de Lenore vestida como la camarera, cuya plaquita decía que se llamaba «Gabby». Gabby se llevó una mano a la voluptuosa cadera, mirándolo apreciativamente.
—¿Quién es éste? —dijo, con seriedad fingida, como si el compañero de Lenore tuviera que pasar su escrutinio.
—Es mi amigo Don.
—Hola —dijo él—. Encantado de conocerte.
—Igualmente—respondió Gabby. Volvió su atención hacia Lenore—. ¿Nos veremos en el banco el sábado?