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Un avisador sonó en la cocina. Don le dio a Sarah una palmadita en las piernas para que le dejara levantarse. Ella lo hizo y él se marchó a la cocina. Se enjuagó las manos y abrió el horno, que soltó una vaharada de aire caliente.

—¿Y de las respuestas? —preguntó desde allí—. ¿Qué habéis decidido sobre eso?

—Espera, voy a lavarme las manos —respondió Sarah.

Don se puso las manoplas, sacó la fuente y la dejó sobre el horno.

—¿Dónde están las servilletas? —preguntó Emily.

—En esa alacena —respondió él, indicando con un movimiento de cabeza—. Igual que ayer. Y que anteayer.

—Stacie dijo que vio a mamá en la tele —dijo Emily.

—Eso es guai, ¿eh? —respondió Don, removiendo las verduras que rodeaban la carne.

—Sí.

Sarah apareció en la puerta.

—Huele bien.

—Gracias —dijo Don, y luego gritó—: ¡Carl! ¡La cena!

Tardaron unos minutos en estar todos sentados y servidos, y entonces él continuó preguntando:

—¿Así pues, qué vais a enviarles a los alienígenas?

—Vamos a hacer lo que pidieron. Vamos a crear una página web de la Universidad de Toronto y dejaremos que gente de todo el mundo responda a las preguntas que nos han hecho. Escogeremos al azar mil encuestas completas y las enviaremos.

Carl echó mano a los bollitos de pan de la cena.

—Eh —dijo Don—, vamos, Carl. No pases el brazo por encima de la mesa. Pídeselos a tu hermana: ella te los acercará.

Carl suspiró.

—¿Puedes pasarme el pan?

—Di por favor —dijo Emily.

—¡Papá!

Don estaba cansado.

—Emily, dale a tu hermano el pan.

Con el ceño fruncido, ella obedeció.

—¿Por qué crees que quieren mil conjuntos de respuestas? —continuó Don—. ¿Por qué no, ya sabes, enviar un esquema con un eje X, porcentaje de respuestas «A» y un eje Y porcentaje de respuestas «B», o algo así?

—Esto no es Todo queda en casa —dijo Sarah.

Don se echó a reír.

—En serio —añadió Sarah—. Sospecho que, porque si lo resumes todo, no se ven las aparentes contradicciones. Ya sabes, decir que un tanto por ciento X está contra el aborto y un tanto por ciento Y está a favor de la pena de muerte no te permite deducir el hecho de que a menudo la misma gente que está a favor de la vida está también a favor de la pena capital. O, ya puestos, los alienígenas podrían considerar mis propias creencias extrañamente contradictorias. Estar a favor de la capacidad de la mujer para elegir si aborta o no y estar en contra de la pena de muerte podría ser interpretado como que estás a favor de asesinar a niños inocentes pero en contra de matar a aquellos que podría decirse que se lo merecen. Yo nunca lo expresaría de esa forma, naturalmente, pero ese tipo de combinaciones son interesantes y supongo que no quieren perdérselas en un mar de datos.

—Parece un buen plan —dijo Don, mientras cortaba otro trozo de carne mechada para Carl—. Pero ¿qué hay de tus propias respuestas?

—¿Cómo?

—Tú descubriste que era una encuesta —respondió él—. Sin duda uno de los mil conjuntos de respuestas debería ser tuyo.

—Oh, no sé…

—Claro, mamá —dijo Carl—. Tienes que incluir tus propias respuestas. Estás en tu derecho.

—Bueno, ya veremos —contestó Sarah—. Emily, ¿quieres pasar los guisantes, por favor?

23

Después de almorzar, Lenore volvió a la universidad y Don se marchó a la galería de arte. Le había impresionado cómo jugaba la joven al Scrabble. Tenía un vocabulario magnífico y no tardaba mucho tiempo en mover. Aunque él le había ganado al final, ella había tenido la mejor mano y sido capaz de colocar una palabra en vertical para multiplicar por tres en la esquina inferior izquierda del tablero.

La galería de arte de Ontario tenía la mayor colección del mundo de esculturas de Henry Moore, además de grandes colecciones de maestros antiguos europeos y del Grupo de los Siete canadiense, así como una exposición permanente de acuarelas de Helena van Vliet. Aunque Don lo había visto todo, disfrutó viéndolo de nuevo. Pero era la exposición itinerante de vidrio soplado de Robyn Herrington lo que le había traído allí aquel día, y se tomó su tiempo admirando cada pieza. Le gustaban las formas artísticas que requerían auténtica destreza manual; con demasiada frecuencia, las actuales artes digitales sustituían la paciencia que requiere el verdadero talento.

La galería era un atractivo turístico y tuvo que soportar algún que otro empujoncito… pero al menos ya no le dolía que la gente lo empujara; hasta hacía poco, sentía dolor durante horas después de chocar contra una pared u otra persona.

Decidió que su pieza favorita de Herrington era un pez amarillo de ojos azules saltones y grandes labios rosados; de algún modo, con vidrio fundido, la artista había sido capaz de imbuirle una gran personalidad.

Después de recorrerlo todo, salió camino de la universidad para recoger el montón de papeles. Era hora punta y el tráfico empezaba a colapsar las calles. Cuando llegó a la planta catorce de la torre McLennan eran las cinco menos cuarto, pero, como había prometido, Lenore todavía estaba allí.

—Hola, Don —dijo—. Estaba empezando a pensar que te habías caído en un agujero negro.

Él sonrió.

—Lo siento. He perdido la noción del tiempo.

—¿Qué tal la exposición?

—Magnífica.

—He guardado tus papeles en un par de bolsas, para que te sean más fáciles de transportar.

¿Quién dijo que los jóvenes son desconsiderados?

—Gracias.

—Lástima que sea tan tarde —dijo Lenore—. El metro estará hasta los topes, al menos durante los próximos noventa minutos. Ciudad Sardina.

—No había pensado en eso —contestó él. Hacía años que no iba al centro en hora punta. Una lata diminuta llena de gente agotada y exhausta no era una perspectiva muy agradable.

—Mira —añadió Lenore—. Estoy a punto de ir al Duque de York.

—¿Otra vez? —preguntó Don, incrédulo.

—Allí me hacen descuento. Y es martes por la noche… la noche de las alitas de pollo. Otros estudiantes y yo nos reunimos allí todas las semanas. ¿Por qué no vienes? Puedes pasar el rato con nosotros hasta que el tráfico se despeje un poco.

—Oh, no quiero molestar.

—No es ninguna molestia.

—Yo, hum…

—Piénsatelo. Voy a hacer un pis antes de salir.

Lenore salió de la oficina y Don se asomó a la ventanita. En la distancia, más allá del campus, vio las calles. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón corto y sacó su datacom.

—Llama a Sarah —le dijo, y un momento después oyó a su esposar contestar.

—¿Diga?

—Hola, cariño. ¿Cómo te encuentras?

—Bien. ¿Dónde estás?

—En tu antiguo puesto de trabajo. Acabo de recoger los papeles que querías.

—¿Qué tal la exposición en la galería de arte?

—Bien; me alegro de haberla visto. Pero, escucha, no quiero tener que tragarme la hora punta en el metro.

—No, no deberías.

—Y Lenore y unos cuantos estudiantes más van a ir a comer alitas de pollo, así…

—Y a mi esposo le encantan las alitas —dijo Sarah, y Don supo por su modo de decirlo que sonreía.

—¿Te importaría si…?

—No, en absoluto. Acaba de llamar Julie Fein. Tenían entradas para el teatro esta noche, pero Howie no se siente bien, y quería saber si se me apetecía ir. Estaba a punto de llamarte.