—Oh, claro. Ve. ¿Qué vais a ver?
—El violinista en el tejado, en Leah Posluns.
Apenas a unas manzanas de su casa.
Don hizo una imitación bastante decente de Topol y cantó unas cuantas estrofas de Si yo fuera rico. Le gustaba cualquier canción que usara adecuadamente el subjuntivo.
—Que te lo pases maravillosamente —añadió entonces.
—Gracias, querido… y disfruta de tus alitas.
—Adiós.
—Adiós.
Justo cuando Don cerraba su datacom Lenore volvió a entrar en la habitación.
—Y bien, ¿cuál es el veredicto? —preguntó.
—Gracias —dijo—. Las alitas me parecen una idea magnífica.
Cuando Don y Lenore volvieron al Duque de York, los amigos de la chica ya habían aparecido. Estaban sentados en una habitacioncita de la izquierda de la planta baja, una zona que según decía ella se llamaba «el rinconcito».
—Hola a todos —saludó Lenore, acercando una silla y sentándose—. Os presento a mi amigo Don.
Él tomó asiento también. Habían juntado dos mesitas redondas.
Lenore señaló a un asiático delgado de unos veintitantos años.
—Don, te presento a Makoto. Y ella es Halina. —Bonita, pelo castaño—. Ésta es Phyllis. —Una rubia que de pie seguramente era bastante alta.
—Hola a todos —saludó Don—. Gracias por dejarme unirme a vosotros.
Un momento después se acercó Gabby, que todavía estaba de servicio. Don escuchó mientras ella recitaba la carta, y pidió una Old Sully's light, la única cerveza baja en hidratos de carbono de la lista.
Lenore se lanzó inmediatamente al tema de conversación del momento, algo sobre un conocido que se había peleado con su novia. Don se acomodó y trató de calibrar las personalidades de los presentes. Halina no hablaba, pero tenía un rostro expresivo que reaccionaba (de hecho lo hacía de manera exagerada) a lo que decían los demás: alzaba las cejas, se quedaba boquiabierta, sonreía, fruncía el ceño; era una serie de emoticones vivientes. Phyllis tenía lo que parecía un sentido del humor juvenil e inmaduro, y decía tacos constantemente. Makoto parecía triste de que Don estuviera allí: tal vez contaba con ser el único hombre entre tres mujeres hermosas.
Entonces se entretuvo escuchando la conversación un rato, riéndose con los chistes que pillaba y bebiendo cerveza. Sabía que podría haberse unido a la discusión, pero de lo que estaban hablando era muy trivial, y parecían sacar sus crisis vitales de cualquier proporción razonable: estar lejos de casa por primera vez, dinámicas sociales insignificantes, ese tipo de cosas. Makoto, Halina y Phyllis no tenían ni la menor idea de lo que era haber vivido la vida, criado hijos y tenido una carrera. Lenore sí que tenía cosas interesantes que decir, y Don prestaba atención cuando ella hablaba, pero en cuanto intervenían los otros descubrió que se ponía a escuchar a la pareja de mediana edad de la mesa de al lado, que mantenía una acalorada discusión sobre cómo pensaban que iba a derrotar el partido conservador a los liberales en las próximas elecciones, y…
—¿Visteis la semana pasada a Sarah Halifax en la tele? —les preguntó Makoto a los demás—. Un puñetero cadáver ambulante. Debe tener unos ciento diez años.
—Sólo tiene ochenta y siete —espetó Don.
—«Sólo» —repuso Makoto, como si repitiera una gracia para beneficio de aquellos que no la hubieran oído.
Lenore intervino.
—Makoto, Don es…
Don la interrumpió.
—Sólo digo que Sarah Halifax no es tan vieja.
—Sí, bueno, pero parece Gollum —añadió Makoto—. Y debe de estar completamente senil.
Halina asintió vigorosamente, pero no dijo nada.
—¿Por qué dices eso? -—preguntó Don, tratando de no alzar la voz.
—No me malinterpretes —dijo Makoto—. Sé que ella descifró lo que significaba el primer mensaje. Pero en la tele dijeron que Cody McGavin cree que ese viejo carcamal también descifrará el nuevo mensaje. —Sacudió la cabeza con incredulidad.
—Hablando de mensajes —dijo Lenore, tratando de cambiar de tema—. El otro día recibí una llamada de Ranjit del CFH. Dice…
Pero Don no pudo evitarlo.
—La profesora Halifax entiende a los draconianos mejor que nadie.
Makoto hizo un gesto de desdén con la mano.
—Oh, puede que lo hiciera en sus tiempos, pero…
—Estos siguen siendo sus tiempos —dijo Don—. Recuerda que es Profesora Emérita… y sin ella no estaríamos comunicándonos en absoluto con los dracos.
—Sí, sí—dijo Makoto—. Pero si McGavin invirtiera su dinero en alguien que tuviera una oportunidad…
—Te refieres a ti —estalló Don.
—¿Por qué no? Mejor alguien nacido en este siglo, en este milenio, que un viejo fósil reseco.
Don miró su botella de cerveza medio vacía, tratando de recordar si era la segunda o la tercera.
—Estás siendo injusto —dijo, sin alzar la cabeza.
—Mira, Dan —dijo Makoto—, no es tu campo. No sabes de lo que estás hablando.
—Es Don —lo corrigió Lenore—, y tal vez debería decirte quién…
—Sé de lo que estoy hablando, —dijo Don—. He estado en Arecibo. He estado en el Alien.
Makoto parpadeó.
—Estás diciendo chorradas. No eres astrónomo.
«Maldición.»
—Olvídalo.
Se levantó y su silla dio un golpe fuerte contra la mesa de detrás. Lenore lo miró horrorizada. Seguramente pensaba que iba a darle un puñetazo a Makoto, y éste tenía en la cara la expresión típica de «atrévete». Pero Don simplemente dijo:
—Voy al cuarto de baño.
Y se abrió paso entre Halina y Phyllis camino de la escalera que conducía al sótano.
Tardó un rato en orinar, cosa que probablemente fue lo mejor: eso le permitió calmarse. Por el amor de Dios, ¿por qué no podía tener cerrada la boca? Y sabía qué estarían diciendo allá arriba en el condenado rinconcito:
—Mierda, Lenore, ese amigo tuyo es un…
Y Makoto usaría cualquiera que fuese el término que los chicos usaban para decir «quisquilloso» o «loco».
«Los chicos de hoy.» El urinario descargó la cisterna mientras se daba la vuelta y se acercaba al lavabo. Se lavó las manos, evitando mirar su reflejo en el espejo, y volvió a subir la escalera. Cuando se sentó, Lenore miró expectante a Makoto.
—Mira, tío, lo siento —dijo Makoto—. No sabía que era tu abuela.
—Sí—dijo Phyllis—. Lo sentimos.
Don no fue capaz de responder con palabras, así que simplemente asintió.
Siguieron conversando, aunque Don no dijo mucho, y comieron un montón de alitas de pollo; poder desgarrar con los dientes la carne del hueso le ayudó a calmarse. Finalmente, llegó la factura. Después de pagar su parte, Makoto dijo:
—Tengo que irme.
Miró a Don.
—Encantado de conocerte.
Don consiguió responder con calma.
—Lo mismo digo.
—Yo también debería irme —dijo Phyllis—. Tengo una reunión con mi supervisor a primera hora de la mañana. ¿Vienes, Halina?
—Sí —dijo ésta, la única palabra que Don le escuchó decir en toda la tarde.
Cuando se quedaron solos, miró a Lenore.
—Lo siento.
Pero ella alzó sus cejas de color cobre.
—¿Por qué? ¿Por defender a tu abuela que no estaba aquí delante para hacerlo por sí misma? Eres un buen hombre, Donald Halifax.
—Te he fastidiado la diversión. Lamento que tus amigos no me aprecien y…
—Oh, sí que lo hacen. Bueno, tal vez Makoto no. Pero mientras estabas en el cuarto de baño, Phyllis dijo que eras galante.